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COLUMNA SALOMÓNICA

Gratitud

lunes 28 de marzo de 2011, 08:39h
Voluntarios jubilados entraron la semana pasada en el infierno radiactivo de la central nuclear de Fukushima para unir sus fuerzas a las de los operarios que trataban de repararla. Pese al blindaje de los trajes especiales, nada comparable a los contratos millonarios de sus jefes, todos ellos han asumido un riesgo heroico. Ojalá salgan con bien. En su honor escribo hoy esta página apresurada sobre la gratitud.

Bajo esta virtud, pues de eso se trata en el fondo, encontramos siempre cierto sentimiento de deuda y la voluntad de corresponder a los beneficios recibidos. Ello puede deberse bien al deber, bien a la inclinación. En el primer caso es la razón la que entiende la necesidad de corresponder al prójimo. En el segundo, el corazón, o sea, el afecto que sentimos hacia la persona que nos favoreció. Ambas posibilidades resultan estimables, pues los seres humanos valoramos positivamente la gratitud, cualquiera que sea su forma.

El problema de la gratitud suele ser la medida, la proporcionalidad. A menudo ocurre que el que recibe se queja de recibir bastante menos de lo que ha dado y el que corresponde de devolver mucho más de lo que en su día recibió. ¿Quién tiene razón?

Durante la guerra de Crimea, dos enemigos, un ruso y un francés, quedaron tendidos muy cerca en el campo de batalla. Había caído ya la noche y hacía mucho frío. Ambos hombres hablaron entre sí, pero sin comprender lo que se decían. Debido a la fatiga y a las heridas, el ruso se desvaneció en medio de la conversación. A la mañana siguiente, cuando despertó, descubrió sobre su cuerpo el capote del galo, que estaba muerto. Al parecer, viendo que su hora llegaba, reunió fuerzas para despojarse de sus ropas y abrigar a su enemigo. ¿Dónde está la balanza que pueda pesar el valor de este gesto?

En la vida cotidiana, donde prima el cálculo, el problema de la gratitud es que hacemos cuentas con ella. Dar sin esperar la correspondiente retribución se considera necedad y devolver por encima de lo recibido, una equivocación. El hombre “grato”, en cambio, demostrando quizá ser muy poco práctico, no sólo toma la iniciativa a la hora de retribuir los servicios que le han prestado, sino que además los estima por encima de su verdadero valor.

No cabe duda de que el mundo sería bastante mejor de lo que es si fuéramos agradecidos, pero ser agradecidos no es fácil. Más que la buena voluntad, lo que suele fallarnos es la inteligencia. Un poco de ésta bastaría para comprender que las gracias engendran nuevas gracias y que lo necio es, precisamente, el no darlas. Voltaire decía, por ese motivo, que si le debiera un favor al diablo no vacilaría en hablar bien de sus cuernos.

Quizá nadie ha comprendido mejor los beneficios de la gratitud que el antiguo pueblo griego. Conscientes de que un mundo ingrato es un lugar inhóspito, en muchas de sus ciudades existía la costumbre de poner en la plaza una campana que podía ser tocada por cualquiera que se quejara de no recibir el trato que merecía. Se cuenta que en cierta ocasión, en una de ellas, un asno viejo, abandonado por su amo, la tocó por casualidad al intentar atrapar unas cuantas hojas que colgaban de la cuerda y con las que pretendía saciar el hambre que lo había dejado en los huesos. Los habitantes de la ciudad acudieron al oír el repique, se compadecieron del pobre animal e, informados del modo en que había desembocado en aquella lastimosa situación, castigaron con su desprecio al desagradecido que olvidó tan pronto los servicios prestados. Era sólo un asno viejo y enfermo, pero, a la hora de mostrarse agradecidos, ¿no creen ustedes que da igual?
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