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El hombre y la gente en Madrid

martes 29 de marzo de 2011, 21:12h
El tomo décimo y último de las nuevas Obras completas de José Ortega y Gasset vio la luz el pasado mes de diciembre. Con tal motivo, nuestro periódico brindó a sus lectores un extracto del curso titulado El hombre y la gente, en su versión de 1949-50, dictada por el filósofo español en su ciudad y en la sede algo ambulante de su Instituto de Humanidades.

En lo sustancial, presenta aquí el filósofo lo mismo que en Buenos Aires diez años antes, es decir, los fundamentos de su sociología, empezando por delimitar cuál es el ámbito de la disciplina y qué se propone esclarecer.

Pero no es mi intención hablarles en mi columna de este importantísimo libro de Ortega, reelaborado y enriquecido a lo largo de toda su carrera, sino destacar, como hice a raíz de la aparición del tomo IX y la entrega argentina, lo que aporta de interesante e inédito la nueva edición.

Pues bien, los editores han tenido el acierto de incluir varios textos alternativos que, al final, fueron desechados por el filósofo para su exposición oral. Se trata de algunos comienzos de capítulo y el final de la última lección.

Uno de estos borradores, el de la lección IV, posee un atractivo inmenso ya que introduce un tema clásico de plena actualidad, por más que ahora, tiempos de florecimiento del lenguaje pedantuelo, cursiloide y orwelliano, se rehúya usar el nombre pertinente, el que emplea Ortega: oratoria.

Yo no sé si los expertos en esta materia, a la que ellos llaman “comunicar”, habrán leído lo que, con su habitual pericia expresiva, explica y analiza el filósofo en estas líneas.

Se trata, en realidad, de un excurso preparatorio para abordar el asunto central sobre el que versa la conferencia: La aparición del “Otro”.
Sin embargo, en los grandes creadores, hasta lo que anotan al desgaire o yendo de paso a otra cosa suele ser aprovechable, aun si luego, por razones circunstanciales, lo descartan.

Intentaré, por tanto, darles una idea aproximada de ello.

Afirma Ortega que el discurso ha de ser un drama cuya curva de tensión debe dirigir en todo momento el orador con la batuta de su cuerpo, ejercitando una suerte peculiar de danza. Y como la palabra fluyente es una función psíquica con sede corporal, el orador se verá irremisiblemente afectado por el estado fisonómico en que se halle en el preciso momento de ponerse a perorar.

En ocasiones, le faltarán las palabras; otras veces las encontrará en abundancia en su derredor, a requerimiento.

Ocurre, además, que todo hablar es, al mismo tiempo, gesticulación, movimiento muscular, emisión, pulso y respiración, faenas arriesgadas y un tanto azarosas, que confieren al acto público del orador un halo de peligro y un incremento del dramatismo constitutivo antedicho, máxime si dista un lapso de tiempo considerable entre la preparación del discurso y la fecha de su dictado. La audiencia cuenta con tales inseguridades y las tiene presentes en su fuero interno en tanto ingrediente configurador de la atmósfera auspiciadora del encuentro.

Retazo de vida, al cabo, no podría la comunicación asimétrica y prevista de esta índole estar libre de los vaivenes anejos a cualquier compromiso humano mediado por la responsabilidad.

A su vez, el ponente, si conoce el arte de la retórica, se las ingeniará para ser conciso y ágil en las partes técnicas necesarias para la transmisión de sus ideas y se demorará, en cambio, en el decir más emotivo y placentero para el oído atento de los participantes, lo que los griegos antiguos, recuerda el pensador, llamaban euléguein o hablar bien.

Son numerosos los testimonios de la impresión que causaba el discurso de Ortega cuando se dirigía al público desde una tribuna. Josep Pla, Azorín y Francisco Ayala nos han dejado sendos relatos de la experiencia inolvidable que supuso para ellos.

En esta ocasión, no obstante, el orador extraordinario que fue el filósofo optó por ponerse manos a la obra dejando a un lado, como tantas veces hacía con las notas acopiadas para sus trabajos, el apunte con preliminares certeros e iluminadores del laborioso plan de sus cursos y de la modulación y medida del ritmo expositivo.

Nosotros, por fortuna, sí tenemos la oportunidad de conocer la digresión silenciada.
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