La retórica mención de Gibraltar
viernes 01 de abril de 2011, 01:45h
Durante la cena de gala ofrecida al príncipe Carlos de Inglaterra hace dos noches, Don Felipe no dejó escapar la ocasión de tocar un tema tan delicado como el de Gibraltar. El heredero de la Corona española, en un tono tan cordial como franco, hizo hincapié en la necesidad de abordar soluciones para un contencioso que parece ya enquistado en el tiempo; aspecto éste sobre el que también se pronunció ayer José Luis Rodríguez Zapatero. Lo hizo, eso sí, a rebufo -una vez más- de Casa Real, verdaderos embajadores de España y puntales más de una vez de una política exterior discutible y discutida.
Con independencia de una retórica repetida y quizá innecesaria, es un hecho comúnmente aceptado que ni Inglaterra va a devolver Gibraltar ni España va abandonar la batalla por recuperar el Peñón. Lo cual no es óbice para que aquellos que, por mor de su cargo, han de ser actores principales de la escena internacional, sigan unas mínimas reglas de compromiso a la hora de poner de manifiesto determinadas realidades. Es la diferencia entre las inteligentes palabras del discurso de Don Felipe y la torpeza perpetrada por el ya ex ministro español Miguel Angel Moratinos quien, con su vista a Gibraltar en 2009 -recordada estos días por algunos iluminados- legitimó una irregularidad jurídica vigente desde los tiempos del tratado de Utrech, en 1713.
Con todo, hay sobradas razones para tener el asunto de Gibraltar sobre la mesa. Razones más de índole práctica que de soberanía strictu sensu, tales como las actividades de contrabando y blanqueo de capitales, o el incalificable comportamiento de algunos buques en aguas gibraltareñas, contaminando impunemente el lecho marino. Es en eso en lo que hay que avanzar y mostrar una firmeza de la que el Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero nunca ha hecho gala. Considerando también los ingentes intereses, sobre todo comerciales, que atañen sobremanera a ingleses y españoles. Eso es lo realmente importante. Y, en este sentido, sería práctico que las autoridades británicas metieran en la cabeza de los “llanitos” algún sentido de la proporción.