www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

AL SUR DE TARIFA, AL NORTE DE ESPARTEL

El reguero de pólvora norteafricano cumple cien días

domingo 03 de abril de 2011, 10:32h
Han transcurrido tres meses desde que los síntomas de malestar social irrumpieron con vehemencia en la capital de Túnez. El factor desencadenante se llamó Mohamed Bouzizi, primer mártir del estancamiento que había empezado a asfixiar a las gentes de Túnez, ávidas de un cambio real desde hacía algunos años.

Ante las reiteradas manifestaciones de descontento cívico contra el régimen del presidente Ben Ali y sus clientelas habituales, el jefe de Estado huyó del escenario acompañado del clan familiar (los Trebelsi) y de algunos miembros “avispados” de la oligarquía tunecina. Fue así cómo la insurrección popular de origen, en Túnez, se convirtió en un par de suspiros en una rebelión a bordo que consiguió desmoronar la segunda edición de la República. Una república que se construyó, en su primera edición, a partir de 1956 con esperanza -y no sin tropiezos y errores- de la mano de Habib Bourghiba. Bourghiba fue, en rigor, todo un personaje para la galería de las figuras políticas descollantes del mundo árabe durante los decenios de lucha anticolonial. Decenios que constituyeron un período de definición de la identidad particular de todas y cada una de las naciones integrantes del mundo árabe, lingüística, religiosa y culturalmente vistas.

Fueron aquéllos, años de fervor nacional favorable a la “megal-idea” (o gran proyecto del griego Venizelos), que la arabidad dio en llamar “oumma”. O sea, patria grande de una arabidad rediviva que se extendía desde las cuencas de los ríos Tigres y Eúfrates hasta la costa atlántica del reino de Marruecos.

Túnez había sido, desde un principio, referente estimable de la primera oleada liberadora que prendió en el mundo árabe durante la Posguerra. Las tornas, sin embargo, cambiaron; y mucho. Encastillado progresivamente en el palacio de Cartago, al tiempo que subsumido en la vorágine del poder, el presidente Bourghiba se fue enfangando paulatinamente en la charca de las contradicciones irresolubles a lo largo de los últimos diez años de supervivencia autoritaria del Régimen -no exento de conquistas sociales, de género, y de equilibrio en el proceloso océano internacional de la Guerra Fría-. Fue entonces cuando la sedicente “revolución tranquila” que proclamó el candidato El-Abidine Ben Ali (1987) logró galvanizar la atmósfera política del país, aunque siempre desde arriba, como es costumbre entre los países árabes.

Treinta años más tarde, en un abrir y cerrar de ojos, el pueblo, los jóvenes, las clases sociales más aguerridas del país, han venido a dar al traste tanto con el presidencialismo tunecino, como con la farándula cleptocrática que venía haciendo aumentar la tasa de paro (14%) y el descontento reprimido en todo el país.

Ante el vacío de poder provisional que causó la huída de Ben Ali, hubo un tímido ensayo de continuismo, encarnado en Mohamed Ghannouchi, eminencia gris del régimen caído; pero fue en vano.

Es de rigor recordar que mientras las fuerzas armadas se mantuvieron equidistantes entre el sistema declinante y la rebelión cívica, se fueron abriendo en Túnez resquicios favorables a la posibilidad de una regeneración de la república. Fue así como se inició el itinerario tunecino hacia la transición a la democracia en la que se encuentra actualmente la nación, involucrada en ella de hoz y coz.

En los últimos quince días, un consenso tácito entre los intereses que se concitan en el panorama político-económico y social de Túnez, ha elevado a la figura de Béji Caid Essebsi, a categoría de “hombre apropiado para la situación histórica que atraviesa el país”, según Mohamed Ridha Kechrid, actual embajador de Túnez en España.

Durante los años de elaboración de mis “Diálogos ribereños (Conversaciones con miembros de las élites marroquí y tunecina)”, tuve la oportunidad de tratar ocasionalmente al Sr. Essebsi en su prestigioso bufete de abogados, no lejos de “Place Pasteur” en la capital de Túnez. Mi impresión personal fue buena.

Parece encarnar, este antiguo ministro de Bourghiba, la confluencia de varias herencias seculares, propias del caro país norteafricano al que se vienen refiriendo estas líneas de EL IMPARCIAL. Así, a la herencia otomana de Túnez, se sumaría la de raíz liberal-constitucional de los años de lucha contra el protectorado francés, y la procedente de la experiencia ardua que implica construir un estado moderno sobre los cimientos de una nación milenaria. En fin, habría que sumar la experiencia del desarrollo económico, con una renta “per cápita” que ha alcanzado en Túnez los 2.715 euros, por cima de otros países árabes como Marruecos, Siria, Egipto, Yemen y Mauritania.

Llegado el gran desafío que representa pilotar la nave de una sociedad que ha resultado precursora de la actual rebelión de los pueblos árabes contra los regímenes autoritarios que se ahincaron en el poder con el beneplácito occidental, y ante la inerme sumisión de las poblaciones árabes, esperemos que Béji Caid Essebsi -ciudadano octogenario que se distingue por su sólido y experimentado talante político-, logre hacer de Túnez un laboratorio humano en donde se fragüe la primera república democrática del mundo árabe en este sorpresivo siglo XXI. Que no ha hecho hasta ahora sino aprender a caminar.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios