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reflexiones volterianas

A propósito de Libia: ¡bienvenido a la realidad internacional, señor Zapatero!

martes 05 de abril de 2011, 08:29h
Hace más de dos siglos que Adam Smith nos advirtió que la única ley de la Historia es la de la Geografía. Por lo que toca a España, una parada en el mirador que domina el Estrecho, a mitad de camino entre Algeciras y Tarifa, ahorra muchas explicaciones: en días claros, la vista de la costa africana es perfecta, además de impresionante. Con frecuencia, uno entiende mucho mejor ciertas cosas cuando le entran por los sentidos más primarios. Recuerdo la exclamación de un gran historiador argentino, Ezequiel Gallo, amigo y maestro, ante el referido espectáculo: “pero cómo –exclamó- ¿están tan cerca?”. A mi me ocurrió algo parecido cuando visité los altos del Golán: que pude comprender mucho mejor los condicionantes de la política israelí.

Entre Lepanto y el levantamiento del último sitio de Viena (1682) y, sobre todo, a partir de la liberación de Grecia en 1821, hemos vivido más de dos siglos de inusual preponderancia occidental, fundamentada en un profundo desequilibrio técnico. La revolución en comunicaciones y transporte, con el telégrafo y la navegación de vapor, y algunos avances contundentes en el utillaje militar son la certificación de ese abismo tecnológico. “Nosotros tenemos la ametralladora y ellos no la tienen”, era el cínico y demoledor resumen de los colonialistas occidentales. Su expresión geopolítica fue lo que se ha dado en llamar “nuevo imperialismo” y su manifestación diplomática tuvo lugar en la Conferencia de Berlín de 1884-1885 en que las potencias europeas se “repartieron” África con tiralíneas en una especie de merienda de blancos, que terminó en un genocidio espantoso en algunos casos –como nos relatado magistralmente Vargas Llosa.

Ese “reparto” colocaba el Estrecho en el punto de mira de las potencias occidentales, sobre todo desde que la apertura del Canal de Suez convierte a la Península y sus Islas en un paso estratégico entre el Atlántico y el Índico, entre el Hemisferio Occidental y Asia. La crisis ocasionada por la presencia (1911) en Tánger del crucero alemán “Panther”, poco antes de la Gran Guerra, es una buena ilustración de ello. En este sentido, fue un milagro que toda la región –y España con ella- no se viera envuelta en las dos conflagraciones mundiales. Un milagro, explicable, en parte, por la presencia de España al otro lado del Estrecho como potencia secundaria y neutral. El penoso Protectorado del norte de Marruecos fue una tragedia para los que cayeron en el Barranco del Lobo o Annual. Pero no fue un capricho de políticos seniles, nostálgicos de tambor y trompeta. Tuvo su racionalidad estratégica, independientemente de los errores de ejecución y de los costos, a la postre inabordables, para el sistema político de la Restauración.

Ni la toma de Orán, en el siglo XVI, ni la constante preocupación por los piratas berberiscos fueron manías de Austrias y Borbones. Tampoco el proyecto “Pilgrim” de la Royal Navy (1940), ni la operación “Félix” (1940) e “Isabella” (1941) de la contraparte alemana, fueron producto de la casualidad o generados por la frivolidad. Capricho, suicida y sangriento, por cierto, más bien fue el de Hitler, confundiendo sus objetivos políticos con sus condicionamientos estratégicos, e invadiendo Rusia, en lugar de cerrar el Mediterráneo, como le pedían sus almirantes, temía la Royal Navy y calculaba la Armada española. Aún como teatro militar secundario, todavía hoy nos resuenan los nombres de los legendarios enfrentamientos de la II Guerra Mundial en Tripolitana, la Cirenaica y Túnez: El-Alamein, Tobruk, Bengasi… En todos estos casos, estaba en juego la misma razón que llevo a la Royal Navy a establecerse en Gibraltar, Malta, Chipre o Alejandría: la protección de la ruta mediterránea hacia la India y la defensa de lo que Churchill llamó “el bajo vientre de Europa”. La insistencia de la Fuerza Aérea americana, en el contexto aún de la batalla de las Ardenas, de que el acuerdo Carlton Hayes-Lequerica (1944) incluyera cláusulas secretas que le aseguraran facilidades en el Protectorado para su tránsito entre el Atlántico y el Mediterráneo Oriental, constituye un prólogo de lo que sería el Tratado de 1953 y la construcción de Rota. Base de donde partieron los aviones hacia Medio Oriente en la primera guerra de Irak. Y también en la segunda.

En historia, la tozuda repetición de situaciones similares con actores diferentes, pero en un mismo escenario, debe prevenirnos frente al capricho y alertarnos sobre la existencia de condicionamientos estratégicos estructurales. Por lo tanto, aspavientos sobre la reunión de las Azores, los justos. Y algo más contenidas también las ironías en relación a la impecable y aséptica intervención que, en el islote de Perejil, quiso dejar claro que ningún gobierno español, con la anuencia y apoyo americano, iba a tolerar amenazas en el Estrecho. Y claro estaba hasta que…llegó el señor Zapatero, sustituyendo una política de Estado basada en intereses, por otra política exterior fundada en encuestas.

En nuestros días, del desembarco de Alhucemas y el Protectorado, del Sahara español y de la conquista de Ifni durante la República, no queda ya ni el recuerdo. Poblaciones otrora sometidas, o fácilmente neutralizables hasta ayer, son hoy pueblos independientes y en marcha que, desde hace ya más de una década, tienen cierta relación con el riesgo islamista violento y totalitario que nos atacó en Lockerbie, en Nueva York, en Atocha y en Londres. Pero pueblos que hoy parecen haber entrado en una dinámica apasionante de libertad y democracia, en la que debemos poner tantas esperanzas –y apoyos- como cautelas y precauciones. Una prudencia que en absoluto debe interpretarse como producto de prejuicios estereotipados. Más bien se trata de graves reservas inducidas por una mirada comparativa respecto a procesos similares en el seno de nuestro propio contexto occidental. Porque la entrada en la modernidad de estas religiones monoteístas no ha sido precisamente fácil y suave. Empezando por nuestra propia cultura judeo-cristiana. Admitamos que el seiscientos inglés fue un siglo cruento de revoluciones y guerras civiles y la Revolución Francesa, que comenzó por una declaración entusiasta en favor de Les Droits de l’Homme, se ensangrentó con la guillotina, para terminar en una autocracia belicista y expansiva. En España, al igual que en demasiados países europeos –como recientemente nos ha recordado el profesor Payne- nuestro primer ensayo democrático, en el primer tercio del siglo XX, se hundió, en un conflicto civil sangriento, explicación, que no justificación, de una prolongada dictadura retributiva y sórdida.

Prestemos, pues, nuestro apoyo y alimentemos esperanzas de que otros lo harán mejor que lo hicimos nosotros. Pero no nos dejemos arrastrar por un exceso irreflexivo e imprudente de confianza. Porque, en efecto, el cambio demográfico y social, económico y político de la cuenca sur del Mediterráneo está siendo intenso y trepidante. Sin embargo, nuestro imperativo estratégico ahí está, inamovible por su propia condición geográfica. En este sentido, la revolución libertaria de los países árabes ha vuelto a centrar nuestra posición en el extremo Occidente, como un inmenso portaviones entre dos continentes, entre dos océanos y en la ruta a Oriente de Marco Polo, perforada y acortada por Lesseps hace cosa de siglo y medio. Otra vez somos centrales. En efecto, en toda esa inmensa región, desde el Atlántico al Índico, seremos relevantes como paso y comunicación, si nuestras esperanzas para el norte de África, de libertad y democracia en un estado de derecho, llegan a buen puerto. Pero lo seremos en todo caso como frontera, si esa transición se torna difícil y bronca. Seamos, pues, conscientes de que en Afganistán, todavía; en Libia, hoy; en Irak, ayer: en todos esos escenarios defendemos nuestras libertades, nuestros valores, nuestros intereses y quien sabe si nuestro territorio.

El señor Zapatero ha hecho fama como mago de la política virtual, para terminar siempre dándose de bruces con la realidad factual, cuya mueca es cada vez más agria cuanto más se la desprecia. Una política virtual que le ha pasado factura con la ordenación territorial, al ignorar la naturaleza insaciable del nacionalismo. Le ha ocurrido otro tanto con la realidad económica, negando una crisis, cuyo tratamiento a destiempo no hace sino que el inevitable ajuste resulte aún más traumático. Ahora le ha llegado el turno a la realidad internacional. Dentro de esa política de sondeo y encuesta, orientada por la realidad virtual, hay que enmarcar el desplante a la bandera americana, la brusquedad en la retirada de Irak, las declaraciones públicas de que otros hicieran lo propio y, en general, una política declaradamente pro-demócrata y anti-republicana que rompía con el principio “bi-partisan” en la relación a los EE.UU. Todos ellos, gestos tan populares en la galería de opinión como onerosos para los intereses del Estado. Bien es verdad –y debemos congratularnos por ello- que el Presidente aportó también desde aquellos erráticos comienzos tres características relevantes e interesantes, de las cuales el Partido Popular debería extraer algunas lecciones y tomar buena nota; a saber: que no se puede hacer política exterior -que por algo antes se llamaba de Estado- contra la opinión, ni tampoco sin el concurso de la oposición, y que para movilizar tropas se requiere la autorización parlamentaria, un requisito que está en el ADN del régimen liberal en Inglaterra desde el siglo XVII y del democrático en los EE.UU, desde sus orígenes.

Confiemos que la guerra de Libia le ayude a comprender ahora a nuestro Presidente lo más elemental de nuestro predicamento natural: que nuestra posición geoestratégica, siendo central para los EE.UU. y nuestros aliados occidentales, para nosotros resulta vital, que no es lo mismo. Una relación, pues, de intereses complementarios. Pero desiguales. Conviene no olvidarlo para no perder en el error algo más que el sentido común. En el control y la estabilidad del Estrecho –y, por ende, de toda la inmensa región que le afecta- la confianza, el concurso y el apoyo de los EE. UU., con independencia del inquilino de la Casa Blanca, nos es vital. Por eso, con esta guerra de Libia, parece posible que, por fin, el Presidente haya terminado por comprender que, en una región tan crítica para nosotros, es menos malo equivocarse con los americanos que acertar contra ellos. Si así fuera, aprobaremos a nuestro jovial estudiante, aunque sea en la repesca del 2011, y… ¡bienvenido a la realidad internacional, señor Zapatero!
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