A Rajoy sólo le queda un problema: los suyos
José Antonio Sentís
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directorgeneralelimparciales/15/15/27
miércoles 06 de abril de 2011, 21:21h
La descomposición acelerada del PSOE, que es consecuencia de su fracaso político y no de sus ambiciones internas, aunque haya ambiciones para aprovechar el fracaso, ha puesto en bandeja a Rajoy la victoria en las próximas elecciones.
En este momento del partido parece que el adversario está noqueado, y a Rajoy sólo le queda un problema por resolver: el que tiene origen en algunas zonas de sus próximos ideológicos más arriscados.
Son precisamente los más críticos al ejercicio gubernamental (por decir algo) de Zapatero, los que ya no se preocupan por el PSOE, sino por si Rajoy está o no a la altura, si se muestra o no firme en las posiciones de la derecha, ya sean las mantenidas oficialmente por el PP o las enarboladas, con toda libertad, pero no necesariamente con toda utilidad, por los grupos civiles antisocialistas que han acompañado en el viaje a la oposición al Gobierno.
Hay un sector social, en efecto, que, como criticaba la forma de gobernar de Zapatero, su ideología y su práctica, entiende que esa misma crítica, y de esa misma forma, debe ser asumida por el Partido Popular y por Rajoy. Y, al no hacerlo éste de la forma que algunos le requerían, se perciben voces de descontento tremendamente airadas, ¡un año antes de la presunta victoria del PP!
Desconozco lo que piensa sobre esto Rajoy, pero no debería ser la última de sus preocupaciones. La presunción de su victoria ha excitado ya los ánimos de quienes quieren dictar su forma de gobernar, con el chantaje de dificultar su triunfo si no se compromete con las exigencias más radicales de la comunidad de la derecha.
Hay que decir, sin embargo, y en primer lugar, que el sector más vocinglero de la derecha no es el mayoritario, aunque sí el más llamativo. Y, en efecto, tiene poder, pues es capaz de producir una derrota del más cercano. Recordemos sin ir más lejos cómo las críticas acerbas a la número dos de las listas del PP de Baleares en 2007, por “procatalanista”, llevó a que ese partido se quedara a un escaño de la victoria por la abstención de votantes históricos del PP, y gobernara estos cuatro años, con el éxito que todos conocemos, el PSOE, sus aliaditos de izquierda, ecologistas y del partido de los corruptos en general, es decir Unión Mallorquina.
La derecha crítica con la blandura del PP, en este caso sobre los nacionalismos, tuvo lo que quería: gobernó la izquierda. También lo intentó ese interesante sector, que es tan de derechas que quiere que gane la izquierda, con Gallardón, aunque en ese caso, no lo consiguió.
Ahora, la cosa va con Rajoy. ¿Conseguirán sus críticos desde la derecha que no logre la victoria, o que si la logra, tenga que ponerse a los pies de los nacionalistas? Es posible. Basta con desmovilizar a un millón de votantes de la derecha, ésos que parecen pretender que Rajoy sea una mezcla del Cid Campeador y Don Pelayo, para que o pierda l PP, o gane por la mínima. Pese a que la alternativa es la continuación de la catástrofe socialista en España, sea cual sea su cabeza de cartel.
El panorama es como siempre en democracia. No hay mirlos blancos a quienes se pueda apoyar en todo, o suscribir todo lo que dicen. Ni en la izquierda, ni en la derecha. El voto no se produce por total abducción, o por veneración sagrada, sino por una cierta idea de proximidad ideológica y de esperanza en la gestión.
En el electorado de la derecha, sin embargo, hay un núcleo muy exigente y muy informado que le cuesta dar su brazo a torcer en todos y cada uno de sus principios. Y eso, frente a cualquier crítica por radicalismo, es muy loable, porque sostener las convicciones merece el elogio, y no la caricatura. Pero el éxito de esas convicciones tiene un riesgo próximo al martirologio. Pues la batalla por la ortodoxia política de los tuyos puede derivar en el éxito de los contrarios.
Rajoy ha decidido libremente una línea: molestar lo menos posible a las zonas centrales del electorado y esperar a que la catastrófica gestión socialista le pase al Gobierno su merecida factura. Con eso, tiene quince puntos de ventaja en las encuestas. ¿Podría haberlo hecho mejor? Es posible, y tendría treinta. ¿Podría haber seguido el ronzal de quienes le exigían que cada día fuera Lepanto? Es posible, y quizá se encaminara a la derrota.
La derecha española empezó a ser una alternativa al acoger todos los matices, finos o gruesos, de su espectro político, desde los más centrales a los más intransigentes. Pese a ello, no es fácil que llegue a la mayoría, pues en la sociedad española siempre persiste una prima a los partidos que se llaman progresistas y obreros, aunque lleven al retroceso y al paro.
Pero, si ya le cuesta a la derecha ganar, aún es más complicado hacerlo cuando una parte de ella se decide al suicidio.
En este debate estamos. Ahora que el PSOE tiene dificultades en sacar a pasear la figura del dóberman, y le cuesta emplear la palabra “fascista”, que no se le caía de la boca, viene la derecha a quejarse de que Rajoy es un rojo peligroso. Interesante análisis de este señor tan serio, registrador de la propiedad y aparentemente poco sospechoso de admiración por el Ché Guevara.
En todo caso, los más exigentes y los menos podrían hacer examen de conciencia y preguntarse si no estamos en España en un momento en el que una regeneración política que devuelva la confianza se ha convertido en necesidad perentoria. Aunque el cartel del cambio no tenga la cara de Kennedy, que así se presentó Zapatero, y así nos ha ido.
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Director general de EL IMPARCIAL.
JOSÉ A. SENTÍS es director Adjunto de EL IMPARCIAL
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