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Al hilo de un casamiento regio

miércoles 25 de junio de 2014, 17:32h
El inminente desposorio del príncipe Guillermo con miss Catherine Middleton ha remecido de nuevo a un y otro lado del canal de la Mancha la controversia en torno al papel representado por la monarquía inglesa en la historia contemporánea de la Gran Bretaña. En la disputa, la mayor parte de los comentaristas insulares y continentales incardinan el tema en el más vasto de la decadencia inexorable del Reino Unido a lo largo del último siglo, decadencia que ha tenido en la Corona de los Winsord un administrador reglado y eficaz a través de no pocos tractos y desafíos de gran envergadura. El reciente y un tanto inesperado éxito de la película El discurso del rey en torno a la admirable asunción, en días de fuertes turbulencias precursoras de devastadoras tormentas, de las responsabilidades de su cargo por parte de Jorge VI (1936-1952), ha añadido actualidad e interés a un tema envuelto también en la honda conciencia de irremediable postración que invade a pasos agigantados el sentir de las sociedades del Viejo Continente.

Muy otro, desde luego, era el estado de ánimo de nuestros bisabuelos al despuntar la centuria pasada, especialmente en Gran Bretaña y Alemania, naciones encargadas hoy, por su innegable superioridad sobre los restantes países europeos, de rectorar el tempo de dicha decadencia.

En enero de 1901, el entierro de la reina-emperatriz Victoria (1837-1901) se convirtió en el mayor despliegue de testas coronadas conocido en la historia. Ni antes ni después la realeza en toda su simbología y personificación tuvo una manifestación semejante. Treinta y cinco años más tarde, casi exactamente día por día, la inhumación de su nieto Jorge V (1910-36), que tanto la admiraba, no congregó ya, pese al espectacular progreso de las comunicaciones alcanzado entre ambas fechas, una cifra comparable de reyes y príncipes. El mayor cataclismo contemplado por las tierras del Viejo Continente desde la caída del Imperio Romano había tenido lugar en ese lapso de tiempo, quizá el protagonista de las convulsiones más profundas y numerosas que las de ningún otro periodo del pasado. El funeral por la Reina-Emperatriz fue, sin duda, el reconocimiento al soberano que tan dilatada y fecundamente gobernara Gran Bretaña, pero también implicó un homenaje a la Europa que, liderada por su pueblo, había impregnado a sus naciones de idéntica sensación de plenitud y desarrollo con la que la Roma clásica permeó a sus gentes en los primeros siglos de la era cristiana. La Navy había sustituido a las legiones como instrumento del poder inglés a nivel mundial; y bastara en no pocas ocasiones que dentro, pero sobre todo fuera del continente, “showed the Navy”, para dirimir sin sangre los pleitos más arduos y los contenciosos más enconados. Por mantener indiscutible y sin rival su poderío marítimo comenzó, según se sabe, el camino que condujo en línea recta al incendio devastador que entrañara, entre sus mudanzas más sobresalientes, el fin del dominio de los mares por la marina inglesa. Justamente poco antes de morir Jorge V, se firmará el tratado naval de las Cinco Potencias –Washington, 6-II-1922-, indisimulable expresión del lento ocaso de la antaño “Reina de los mares”.

Poco más tarde, el otro pilar esencial de la grandeza británica en el periodo de la Paz Armada –la posesión del sub-continente indio- se agrietaba a ojos vistas por la marea incontenible del Partido del Congreso, con desesperación de Winston Churchill, el más ardido paladín del destino imperial del hombre británico, y sus diehards. Más elocuentes aún del avance del declive que los cambios aludidos, fueron sin duda los advertidos en la psicología colectiva de la nación inglesa. Así, por ejemplo, no obstante la muy escasa popularidad del Príncipe de Gales en las postrimerías del reinado de su madre, el mandato de Eduardo VII (1901-10) no presenció eclipse alguno en la granítica adhesión del pueblo inglés a su Corona. Durante 1936, año en que tramitó espinosamente la renuncia al trono del flamante Eduardo VIII (enero-diciembre, 1936), que fuera también, como su abuelo, otro Príncipe de Gales no menos polémico a escala interna, los cimientos de la monarquía habían de resentirse de su traumático abandono, no obstante la feliz superación de la crisis, tramitada con superior maestría por el gobernante más genuinamente inglés del siglo XX: Stanley Baldwin.

Durante el periodo más ebullente y creativo del novecientos a escala política e internacional, la década de los treinta, en la que el latente hundimiento de la hegemonía europea se materializó en alguna ocasión, aparecía a la mirada de muchos como si la gran esperanza de que la decadencia de Occidente, proclamada por múltiples agoreros, pudiera, sin embargo, sortearse y acceder a un nuevo estadio de pujanza. La elite británica y, en general, el pueblo inglés semejaron representar de buen grado tal papel, aunque el subconsciente colectivo traicionaría, a las veces, dicha actitud conforme avanzara el decenio y el retorno a un clima de guerra inundara el país. En medio de la fase más crítica de la Gran Depresión, Gran Bretaña había sido entre todas las naciones europeas la que, no obstante su industrialización, mejor preservara los fundamentos de su sistema productivo. Una feliz iniciativa política, la formación del “Gobierno Nacional” –tenazmente alentada por Jorge V- contribuyó en alta medida a ello, bien que acaso más simbólica que efectivamente. La sociedad británica, madurada en una cultura pactista daba un elevado ejemplo de solidez, dejando la jefatura del gabinete al líder laborista Ramsay MacDonnald, cuyo rango y carrera pública mostraban de modo insuperable el vigor de cooptación de la aristocrática clase gobernante. En las tesituras decisivas, los mecanismos de poder tradicionales funcionaban con corrección para la seguridad de los habitantes de un país, imbatible aún en la provechosa conjunción de nova et vetera.

Será, empero, la tensión habitualmente oculta entre un presente cada vez más movedizo, pese a la relativa calma de la superficie, y un futuro grávido de incertidumbre, la circunstancia que imprimirá en Gran Bretaña a la noción de decadencia una característica singular e, historiográficamente, en extremo atractiva. Con toda propiedad, un reputado estudioso de nuestros días denominó a la etapa de su gestación y desarrollo inicial como la era mórbida. Es decir, la fase en que un cuerpo social experimenta la llegada de gérmenes prestos a invadirlo que movilizan unas defensas depositarias de un pensamiento más voluntarista que efectivo. Desde la antigüedad, la historia revela otros episodios de igual tenor. Pero a la luz de las mujeres y hombres europeos del arranque del siglo XXI –en el que el triunfo inevitable del proceso globalizador sentencia el destino secundario del Viejo Continente –el ejemplo inglés reviste un innegable interés.

Pues, ciertamente, la idea de la decadencia de Occidente gozó de un particular cultivo en Gran Bretaña al despegar la década de los treinta, siendo su autor singularmente agasajado en sus medios intelectuales. El mismo año de la muerte del escritor alemán y un tanto en su ancha estela, un típico scholar alumbró el primero de los volúmenes de los doce de su más difundida obra: Un Estudio de la Historia. Más convincente y argumentada que la sostenida en el libro de Spengler, la tesis central de su controvertida interpretación descubría más de una señal de acomodarse a la senda por la que estaba comenzando a entrar la deriva del Imperio Británico. El vigor necesario para responder con éxito al gran envite de la contestación del mundo colonial contra el primero de sus dominadores, faltaba creciente e inexorablemente en un pueblo desvitalizado sin remedio. Los destellos de su inevitable ocaso eran ya visibles en algunos rasgos de las naciones europeas, peraltados en el Reino Unido. La baja demografía, la ruptura intergeneracional y otras manifestaciones de la enfermedad que postrara en el curso de la humanidad las civilizaciones registradas por la historia, obtenían curso irrefrenable en la colectividad británica. El impacto del llamativo pensamiento toynbiano en las esferas intelectuales y políticas de la Inglaterra de los pródromos de la segunda guerra mundial refrendó la oportunidad de una obra que testaba el estado de ánimo de los obscuros fondos del imaginario colectivo británico.

El gran desafío entrañado por la imparable expansión y afianzamiento de la idea comunista no ocupaba, en verdad, un espacio sino marginal en el inmenso fresco exhibido por la obra de Arnold Toynbee. Muy al contrario, en los círculos universitarios de Oxford y Cambridge se situaba a una altura y fuerza por entero desconocidas en los restantes países del continente, incluida Francia, en la que la recepción de la imagen de la Rusia soviética dictó, pese a su intensidad, de equipararse con ella. Las memorias del maître à penser por excelencia del último marxismo cultural, Eric Hobswan, son bien expresivas al respecto.

La última contienda mundial dibujó un tanto paradójicamente el escenario en que se sentenció el finis Britaniae como primera potencia. Pese al admirable heroísmo de sus gentes, su triunfo sólo fue posible por la ayuda norteamericana, sin que el pueblo inglés se llamara a engaño y concibiera utópicos sueños acerca de su futuro. En un quindecenio llevó a cabo un admirable proceso descolonizador, en el que la Corona volvió a erigirse en pieza fundamental. Al afrontar los desafíos del siglo XXI, las fuerzas más profundas del Reino Unido continúan contando con ella. Consciente o inconscientemente, quizá sea éste el sentimiento que movilice en las próximas horas a los británicos en torno a la joven pareja, sobre la que un día recaerá el grave y digno destino de cohesionarlos para proseguir la historia inglesa en un mundo por entero distinto al registrado en los anales de su historia.
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