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¿Discriminación en la escuela?

miércoles 13 de abril de 2011, 15:56h
¿Cómo? ¿Discriminación en la escuela pública? ¿Privilegios, segregación, creación de guetos en la enseñanza? Esta son algunas de las cosa que se oyen o leen estos días a raíz de la propuesta que el pasado 5 de abril Esperanza Aguirre comunicó a la opinión pública de crear un bachillerato de excelencia. Se habilitará un centro donde se impartirá docencia para aquellos alumnos cuya nota media es de notable alto (8 puntos sobre 10). Los detalles son ya bien conocidos, de modo que no hace falta entretenerse en ellos. La cuestión principal, en la que deseo echar mi cuarto a espadas, es sobre la pregunta escandalizada, atónita, que días atrás menudeaba por determinadas columnas o tertulias: ¿discriminación de los alumnos mejores, concesión de privilegios? A lo que hay que contestar que sí, que al parecer se va a crear, por fin, un centro en el que los alumnos que vayan a estudiar allí van a tener el privilegio de estudiar más, de tener menos tiempo libre, de que los evalúen con criterios más exigentes, que tendrán que esforzarse más, en definitiva, sufrir más… Porque no nos hagamos ilusiones (logseras): aprender es un afán que cuesta. La inteligencia y el conocimiento, salvo contadísimas excepciones, se desarrollan combatiendo la pereza, la rutina, el desinterés y la dispersión. ¡Y cuesta tanto trabajo! Si no, que se lo cuenten a los miles de fracasos escolares que cada año, como pájaros agoreros, nos vuelven a traer en sus picos los números del informe Pisa.

Y por lo demás, no es precisamente una novedad que vaya ahora a introducirse la discriminación en la escuela. ¿Es que no está bien vista y es casi un puntal de la pedagogía que inspiran nuestras leyes educativas, donde la integración y la discriminación positiva, la igualdad en suma (en realidad igualitarismo) preside todas las decisiones curriculares? Si hay algo sagrado por lo que juran los pedagogos es por la “adaptación curricular”: discriminar el nivel de exigencia académica, y por tanto el criterio de evaluación, para que el alumno más desfavorecido pueda llegar a promocionar. Y no digo que esté mal. Todo lo contrario. Me limito a señalar que eso es discriminar respecto del alumno que va normal o bien. Por tanto, la medida propuesta por Esperanza Aguirre no trae más novedad que, ¡ay!, haber cambiado de signo la discriminación: ahora se va a “discriminar” a favor de los mejores. De ahí los gritos.

¿Pero de qué “mejores” hablamos? ¿De los más guapos, de los más ricos, de los más cristianos, de los más madrileños, si quiera de los más “inteligentes”? NO. De los que sacan mejores notas… sean indígenas o inmigrantes, ricos o pobres, cristianos o budistas, voten lo que voten, ellos o sus padres. Si estos lo deciden y sus hijos cumplen el requisito de la nota podrán probar ese bachillerato. Si tuvieran razón los críticos de la medida y fuera objetivamente perversa y discriminatoria, esta fracasará: no habrá solicitudes. Pero, ¿y si pasa al revés? ¿Y si el ciudadano medio cree que deben crearse con sus impuestos puestos escolares no sólo para los mediocres sino también para los excelentes?

Las críticas que ha recibido la propuesta son altamente ideológicas y se basan casi todas en la presunción de que supone un ataque al sagrado principio de la igualdad. Pero no sólo de igualdad vive el hombre. Hay otros valores igualmente “sagrados”, como esa misma igualdad interpretada como igualdad de oportunidades que se puede invocar fácilmente en apoyo de la medida de crear un bachiller de excelencia. También está la especie, por demás curiosa, de que las aulas son lugares para convivir, antes que lugares que para estudiar y aprender. ¿Resulta que los pobres muchachos que sacan buenas notas no van a poder convivir entre ellos, que no va a haber diferencias de carácter, de clase social, de país, de gustos, de orígenes entre sí, de modo que se enriquezcan en el trato mutuo? Y, bueno, eso de que a la escuela no se va a prender… Ya me contarán… En el fondo creo que las críticas ocultan un cierto miedo a que la medida sea un éxito.

Por lo demás se trata de una propuesta prudente, casi tímida con la que está cayendo. Sólo un comienzo. Pero es la primera vez desde que se implantó la Logse –matizada insuficientemente por las otras dos leyes orgánicas— que se propone algo para combatir frontalmente su espíritu. Contra la igualdad mal entendida, ¡Viva la diferencia!
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