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¿Disminuye la violencia en nuestra sociedad?

Rafael Núñez Florencio
viernes 15 de abril de 2011, 19:15h
Comprendo que el título que antecede a esta reflexión, incluso en su cauta formulación interrogatoria, se arriesga a ser recibido con extrañeza -en el mejor de los casos-, aún más probablemente con sorna y hasta puede que con una pizca de irritación, en la estela del impaciente arrebato que suele suscitar una opinión a trasmano: ¿me trata usted de tomar el pelo? Vaya por delante que no, que no trato de tomar el pelo a nadie. Y vaya también por adelantado el reconocimiento de lo obvio, tributo inevitable antes de acometer mayores empeños: sí, reconozcamos que todos tenemos la percepción de que la violencia se enseñorea de nuestro mundo, estremece nuestra sociedad y condiciona nuestras vidas. Violencia de toda índole y gradación, ejercida por todos -incluso ancianos y niños- sobre todos, incluyendo naturalmente a los más inocentes e indefensos. Si ampliamos la mirada al conjunto del globo, es difícil deslindar la mera constatación de una propensión fatalista: por citar lo más obvio, la guerra -las guerras, no una sino siempre muchas- siguen siendo recurso habitual más que último recurso y, con otros medios más sofisticados, no dejan de ser en esencia lo de siempre, brutalidad descarnada, destrucción sin medida y muerte a destajo. Sería no obstante engañoso polarizar la argumentación en la barbarie más aplastante. No hace falta además porque, sin necesidad de que exista un enfrentamiento bélico reconocido como tal, la violencia institucionalizada o encubierta, política, étnica, religiosa, cultural, tribal, doméstica o hasta simplemente lúdica constituye el sustento cotidiano de los seres humanos sin distinción de estatus, credo, raza o nacionalidad.

Volvamos entonces al principio: ¿qué sentido tiene, pues, un planteamiento, aunque sea en forma de pregunta, que parece encaminado a cuestionar provocadoramente la evidencia? Me voy a curar en salud o, aún mejor dicho, voy a parapetarme tras las primeras frases de un ensayo del profesor Robert Muchembled, cuya obra Una historia de la violencia confieso ya que es el motivo que ha desencadenado la reflexión que deseo compartir con los lectores. Dice el investigador francés: “Desde el siglo XIII hasta el siglo XXI, la violencia física y la brutalidad de las relaciones humanas siguen una trayectoria descendente en toda Europa occidental. La curva de los homicidios registrados en los archivos judiciales así lo atestigua”. Y al pasar página, el lector puede encontrarse una reafirmación en clave más genérica o filosófica: “Si se excluyen las guerras, que son tributarias de otro tipo de análisis, el hombre es cada vez menos un lobo para el hombre en dicho espacio, por lo menos hasta el último tercio del siglo XX”. Y ahora la perspectiva histórico-cultural, que no hace sino consolidar la anterior interpretación atendiendo a la plasmación de una serie de valores: “La principal ruptura se sitúa hacia 1650, cuando se instaura en toda la Europa traumatizada por interminables guerras una intensa devaluación de la visión de la sangre”. Desde entonces, continúa Muchembled, se modifican los comportamientos brutales “a través de un sistema de normas y reglas de educación que desprestigia los enfrentamientos armados, los códigos de venganza personal, la rudeza de las relaciones jerárquicas y la dureza de las relaciones entre los sexos o entre generaciones”.

Como puede colegirse de lo que acabo de resumir, el ensayo del profesor francés se orienta en la línea de un recorrido interpretativo de las diversas actitudes ante la violencia en nuestra civilización desde el medievo (siglo XIII) hasta la actualidad, un poco en la onda que en su día consagró Norbert Elias al tratar la “civilización de las costumbres”. Como esto no es ni pretende ser una reseña, no voy a tratar de las virtudes y defectos de la obra en cuestión. Me basta para mis propósitos apuntar que tras analizar las fiestas sangrientas y los juegos brutales que estuvieron en boga siglos atrás, después de estudiar el duelo y las violencias populares, entre otras expresiones cruentas, Muchembled retoma en las conclusiones el mismo hilo argumentativo que ya he expuesto para ratificar la tesis sobre el declive de la violencia. Valgan como muestra de su posicionamiento estas significativas líneas: “La Europa occidental, que controla rigurosamente la posesión de armas de fuego, registra de media un homicidio por cien mil habitantes, cien veces menos que hace siete siglos, seis veces menos que hoy día en Estados Unidos, nación afectada sin embargo desde hace varias décadas también por una baja notable”.

Es verdad que el planteamiento del libro contiene serias limitaciones conceptuales y estructurales. No me refiero ahora a las conclusiones propiamente dichas ni a la postura en general del autor, sino a las propias coordenadas en que se enmarca su trabajo. Así, una perspectiva fuertemente eurocéntrica -todo lo más, vagamente occidental, en cuanto al ámbito y la mentalidad- deja fuera de su análisis culturas y civilizaciones que no coinciden con nuestros patrones. No es un reparo menor para un ensayo de esas características, sobre todo teniendo en cuenta cómo es -desde hace ya un tiempo no despreciable- el mundo en el que vivimos. En segundo lugar, su negativa a incluir las contiendas bélicas es entendible pero igualmente es innegable que ello distorsiona la valoración de la violencia en un continente que ha sufrido de pleno las dos más espantosas guerras que ha conocido la humanidad. De ahí el tercer reparo, quizás el principal, que no es otro que su concepción fuertemente restrictiva de la violencia, reducida prácticamente al homicidio, el asesinato o la agresión física en general. De este modo, Muchembled no sólo deja fuera otros tipos y manifestaciones violentas -desde la opresión psicológica a las vejaciones y otras formas más sutiles e insidiosas- sino que se priva de incluir esas otras expresiones de la violencia que, aunque añejas, percibimos como novedosas por los nuevos cauces o nuevas formas que adoptan: los llamados mobbing -acoso laboral o acoso moral en el ámbito de trabajo- o bullying -maltrato psicológico o físico en la escuela-, la pederastia o abuso de menores que halla en internet unas posibilidades insospechadas, o incluso la vieja violencia doméstica o conyugal que hoy se presenta como “violencia de género”.

Con todo, la hipótesis -auque ciertamente es algo más que eso- no es desdeñable: ¿tenemos una percepción distorsionada de la violencia derivada de la propia función de los medios de comunicación que hoy dominan nuestra vida? Si, como dice el viejo principio, las buenas noticias no son noticia, ¿no condiciona el aluvión informativo -siempre, por definición, de “noticias malas”- nuestra estimación de la realidad? Siguiendo este razonamiento, nuestra valoración del mundo se haría siempre desde la excepcionalidad. Más aún, como señala el mismo Muchembled, al tiempo que disminuye la violencia en los comportamientos sociales efectivos y en los códigos de conducta de todas las clases sociales aumenta una representación de la violencia en el arte y la imaginación, una recreación que desempeña obviamente una función catártica. ¿Será entonces que la exaltación de la violencia en los videojuegos, el cine y la televisión, lejos de fomentar como dice un sector de la psicología los comportamientos agresivos, desempeña una función contenedora de los mismos en las relaciones sociales? No me atrevo a afirmar tal cosa de un modo tajante pero reconozcan que merece la pena considerar esa posibilidad porque de ser así supondría que nuestro esfuerzo debería dirigirse a la universalización del repudio a la violencia que se ha instalado en el corazón de nuestra sociedad. Déjenme terminar con una frase del autor que podría constituir la base empírica de esa propuesta: “Un hecho inaudito desde hace siglos es que la inmensa mayoría de los jóvenes europeos de la segunda mitad del siglo XX no ha matado ni herido jamás a un ser humano”.
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