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EL HIJO DE DIOS VIVO SANGRA DE NUEVO

viernes 22 de abril de 2011, 12:25h
Si la Cruz tiene un madero vertical que es, para los católicos, el de la verdad irrenunciable de los principios dogmáticos, también tiene otro madero horizontal, el de los brazos abiertos, símbolo de la liberalidad y de la generosa comprensión. En el olvido de este doble mensaje radica, tal vez, la causa principal de esa crisis que hace crujir las vértebras religiosas del mundo actual desde el hemisferio oriental hasta el occidental. Juan Pablo II insistía en la Veritatis splendor, su gran encíclica doctrinal, en la necesidad de salvar la verdad del torrente de peligroso confusionismo que se hace temor y temblor en los medios de comunicación. Benedicto XVI ha hecho de esta idea la columna vertebral de su pontificado. El Vaticano ha extendido sus generosos brazos invitando a todos los hombres y a todas las Iglesias a la comprensión, a la colaboración, a la generosidad. Es cierto, quizá, que aquellos que consideran la verdad más importante que la acción, y la justicia más fundamental que la fuerza, llevan todas las de perder. Por lo menos a corto plazo. Porque a la larga, sin verdad y sin justicia no hay estabilidad posible. El problema, además, no es del tiempo actual, aunque hoy se haya agudizado. En todas las épocas los hombres han sacrificado al interés la verdad y la justicia. Pero aunque se las niegue, la verdad y la justicia siguen existiendo. Y de pronto surge una conciencia honesta capaz de defenderlas contra todo, contra todos. Es el momento en que el espacio vence al tiempo. Es la derrota de Pilatos.
Como escribió Kazantzakis, Cristo ha sido otra vez crucificado por el mundo moderno. Sangra de nuevo el Hijo de Dios vivo. Semíramis ya no reina en la tierra. Convertida en dulce paloma, voló para siempre a los cielos. Y sobre el orden de Melquisedec pesa la amenaza de la destrucción total.
Para aliviar la situación, algunos progresistas tratan de trasvasar al odre cristiano el vino del hedonismo y el consumismo. Esfuerzo vano e, incluso, contraproducente. Los Evangelios no son complemento del Talmud, El Corán, el Avesta o El Capital. La verdad cristiana, la de la Cruz, la de los principios religiosos y los brazos abiertos de la comprensión, se basta a sí misma. Esa es la lección de la Semana Santa, de la pasión y muerte de Cristo; la enseñanza de este Viernes Santo en que se recuerda la agonía del Huerto de los Olivos, del Getsemaní oscuro y doliente: “Triste está mi alma hasta la muerte”. Y la expiración en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, para albriciar tres días después el mensaje definitivo de la Resurrección y la vida.
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