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El Ejército aplasta cualquier intento de ruptura

La crisis en Siria amenaza el equilibrio geopolítico en la región

domingo 24 de abril de 2011, 14:03h
La promesa del Gobierno sirio de levantar el estado de emergencia no ha sido suficiente. Mientras la oposición reclama en medio de tumultos sangrientos el fin de la era de la dinastía Assad, el Ejército reprime cualquier intento de revuelta.
De producirse la caída del régimen sirio, todo el equilibrio geopolítico en la región medio-oriental se veria afectado. La promesa de levantar el estado de emergencia en vigor en el país desde hace medio siglo no ha satisfecho a la oposición que reclama en medio de tumultos sangrientos el fin de la era de la dinastía Assad. El Ejército y los servicios secretos, verdaderos detentores del poder, aplastan sin miramientos la revuelta popular.

Con más de 22 millones de habitantes, Siria juega un papel crucial en el mapa regional. La implosión del régimen, que podría producirse si al igual que en Libia continuan las defecciones de miembros de la nomenklatura, afectaría no solo al conflicto palestino-israelí, sino a los demás países, Iraq, Turquía, Líbano y Jordania principalmente.

El equilibrio interno en Siria, entre musulmanes (20 millones), cristianos (unos dos millones) y la pequeña comunidad judía de origen hispano sefardí residente en Damasco, se ha mantenido durante este medio siglo por la fuerza. El “estado de emergencia” en vigor le ha permitido al régimen del partido Baas prohibir cualquier tipo de manifestación política, religiosa, social y cultural. El regimen sirio ha sido de facto una dictadura de partido único al estilo soviético, su gran padrino durante decenios, disfrazada de punta de lanza de la lucha contra “el expansionismo israelí”, lo que le permitió contar con la ayuda financiera y religiosa de Arabia Saudita. La ficción del “bloque de la resistencia” que formaron en su tiempo Argelia, Libia, Yemen y Siria, les permitió a todos estos países mantener dictaduras implacables en nombre de “la lucha contra el imperialismo americano-sionista”.

De los 20 millones de musulmanes con que cuenta el país, la mayoría son sunitas (más de 15 millones) y apenas tienen representación en las estructuras del Estado. El poder, tanto el político como el militar lo tiene la minoría alauita a la que pertenece la familia Assad. Los alauitas profesan una creencia híbrida entre el cristianismo primitivo y el islam, como hacen también los drusos presentes en Siria y en Líbano. Sin embargo de manera general se considera a los alauitas como parte de la comunidad musulmana.

El apoyo que recibe el régimen de Bachar el Assad de su aliado iraní le permite por otra parte mantener bajo control a otra minoría importante musulmana, la de los chiitas que la componen además de los seguidores del chiismo imamita que simpatizan con la revolución de los Ayatolás iraníes, otras corrientes minoritarias dentro del cisma como los ismailitas y los duodecimanos.

La misma política de seducción que ejerce Damasco con Irán y que le permite tener bajo su control a los chiitas, la ejerce también con Occidente otorgando a la minoría cristiana ciertos privilegios. Desde el golpe de Estado que izó al poder el partido Baath en 1963, la comunidad cristiana dio un apoyo tácito al régimen. Católicos, ortodoxos griegos, melquitas, maronitas y otros cristianos bizantinos, sirven de colchón al régimen para mantener un férreo poder sobre la mayoría de la población. Los servicios secretos utilizan a menudo las rivalidades religiosas y tribales para silenciar las corrientes críticas al régimen.

La ingerencia siria en los paises de la región le permite igualmente mantener bajo control la situación interna. El apoyo del régimen de Damasco al partido islámico libanes Hezbollah le da pie para mantener su política intervencionista en Líbano, donde el Ejército sirio ha ocupado durante decenios la llanura de la Bekaa, que comprende el 40% del territorio nacional y donde al amparo de los blindados sirios se extendían los campos de adormideras. El tráfico de opio fue desde los años 70 una fuente de ingresos suplementaria para los generales sirios.

El derrumbe del régimen sirio tendría un efecto inmediato en Líbano. Además del apoyo financiero y militar al partido Hezbollah que practica el eje Teherán-Damasco, el régimen sirio sirve de sosteén al partido chiita Amal de Nabih Berri y al movimiento de Walid Joumblatt, el partido socialista progresista. Con su sostén a Joumblatt Damasco acalla ademés las voces críticas que puedan surgir entre los drusos sirios hermanados con sus correligionarios de la montaña libanesa.

Los acuerdos firmados hace un año entre Turquía, Líbano, Jordania y Siria, permiten a los cuatro países de la región no solo desarrollar las relaciones económicas y comerciales, sino que constituyen un conjunto regional con peso político y geoestratégico. La revuelta en Siria puede cuestionar el eje Ankara-Damasco-Beyrut-Amán. Lo que explica el silencio de estas capitales ante la brutal represión del Ejército de Bachar el Assad contra los manifestantes.

La hipotética implosión de Siria haría estallar en pedazos el puzzle religioso y étnico en una región del mundo en la que los odios raciales y tribales surgirían sin freno. Quizas es la razón por la que Europa observa las revueltas árabes en Oriente Medio, y no se atreve a intervenir.
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