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reseña

Salvador Balil Forgas: Juan Belmonte, en la soledad de dos atardeceres

domingo 24 de abril de 2011, 15:52h
Salvador Balil Forgas: Juan Belmonte, en la soledad de dos atardeceres. Vida y tauromaquia de un revolucionario del toreo. Prólogo de Andrés Amorós. Almuzara. Jaén, 2010. 432 páginas. 25,95 €
Fue en la misma Maestranza de Sevilla que hoy, domingo de Resurrección, abrirá sus puertas para dar comienzo a una nueva temporada taurina donde, hace ya setenta y cinco años, el diestro Juan Belmonte dibujaba por última vez su famosa media verónica, en la tarde de su despedida, a la hora repetida de sus mayores triunfos: la del crepúsculo, cuando sombras y luces se entremezclan. La hora elegida, asimismo, por Salvador Balil para, con certera sensibilidad, fijar el recuerdo del más trascendental torero de la historia, en una nueva obra dedicada a su figura: Juan Belmonte, en la soledad de dos atardeceres. En ella, el ocaso de una tarde abrileña en la que Belmonte, igualmente en su declinar vital, pondría fin voluntario a su existencia, se dilatará para dar paso a la memoria de los instantes más decisivos de la trayectoria del genial espada protagonista, junto a Joselito el Gallo, de la denominada “Edad de Oro” de la tauromaquia.

Sin duda, la personalidad excepcional de Belmonte –la más grande que haya exhibido torero alguno en el ruedo– atrajo desde un principio el interés de aficionados, escritores e intelectuales. Imposible no recordar la obra de Manuel Chaves Nogales, Juan Belmonte, matador de toros, probablemente la mejor biografía novelada del mundo taurino, publicada en 1935, el año de la retirada definitiva del diestro trianero. Lejos de seguir un camino ya emprendido, que solo añadiría el final de la historia, el libro de Balil ofrece, además de la vida del espada, de la circunstancia –sus escenarios, su época– y la etopeya –el estudio de su carácter, de sus rasgos morales y psicológicos–, el análisis de su tauromaquia y la valoración histórica de la misma que Chaves no, porque no era aficionado y únicamente le interesaba la vertiente humana, irrepetible, del gran ídolo.

A través de ilustres ejemplos y reveladoras fotografías, el lector encontrará en esta obra todo un tratado técnico de conceptos en los que se fundamenta la gran revolución belmontina iniciadora del toreo moderno –originarios, según el autor, de la escuela rondeña–: el temple, la quietud de pies y el juego de brazos, el dominio de la embestida cargando la suerte al citar, el remate de los pases y su ligazón, la naturalidad… y un sentimiento que solo puede brotar de una energía espiritual interior –en eso se distingue el artista del matarife– y que hizo de Belmonte “el depositario de una verdad revelada” que cambió la concepción de la lidia vigente hasta entonces. Los documentos, las citas y las anécdotas se alternan esparcidas en el libro, para mayor originalidad, con una serie de conversaciones imaginarias que mantiene Belmonte con personajes, fundamentalmente toreros, de todas las épocas y que iluminan, en un espejo múltiple, facetas diversas de su figura.

El libro de Balil empieza y concluye desde el final, desde el suicidio. La felicidad es –nadie lo duda– un estado de ánimo dependiente de nosotros mismos más que de los hechos externos. El carácter de Belmonte, contradictorio, tenía mucho de fatalista. Más que el aplauso, más que el logro de todos los sueños, vale para el buen torero torear, frente al animal –frente a la muerte– y en medio de una admirada multitud. Faltándole ese regocijo interior, de sentirse en plenitud, para afrontar el ocaso definitivo de la vida a Juan Belmonte, quizá, le hacía falta un rasgo mucho más heroico que para torear.

Por José Miguel G. Soriano
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