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Disciplina

sábado 30 de abril de 2011, 15:54h
En el noveno canto de la Ilíada, Tersites, un hoplita de los que luchan en línea y no en combate singular, toma la palabra y, haciéndose eco del cansancio de la tropa, exhorta a los jefes aqueos a emprender una vergonzosa retirada. Odiseo, el astuto rey de Ítaca, no le permite continuar hablando, sino que se levanta indignado, lo reduce a golpes y le recuerda que su opinión carece de interés, pues es un hombre inferior, incapaz de disciplina.

Tersites, del que Homero dice que es patizambo, cojo de una pierna, de cabeza picuda y hombros encorvados y contraídos sobre el pecho, simboliza, en efecto, la voz anónima de la hueste, una masa imprescindible en la guerra, pero que se conduce en ella vilmente, animada no por el sentimiento del honor, sino por la servil obediencia. Si no fuera por los héroes que la contienen, la muchedumbre de los soldados se disiparía al instante como una humareda sin fuego.

El vocablo griego para decir disciplina era eutaxia, literalmente “buen orden”. Lo contrario es el desorden, entendido como un dejarse arrastrar por las pasiones o los sentidos. Plutarco ilustra su significado al recordar un suceso que protagonizó Esquilo. Cierto día estaba éste contemplando junto a un amigo una pelea de pancracio en la que el público gritaba horrorizado debido a los golpes que recibía uno de los púgiles. “¿Ves que cosa es la disciplina? –exclamó entonces. El golpeado calla, los espectadores gritan”.

Aunque en nuestra época existe cierta tendencia a concebir la disciplina como una imposición (disciplina tiene la misma raíz que discípulo) y a identificarla con la ciega obediencia, poner orden dentro de uno mismo no significa sólo asumir un orden previo. Piénsese en el músico de una orquesta. Por un lado debe estar preparado para hacer su parte, pero para que el conjunto funcione y el resultado sea satisfactorio, es preciso que subordine su criterio particular a los límites de la armonía, representados por la batuta del director.

Kant distinguió dos clases de disciplinas: una disciplina prudencial, fundada en la destreza para establecer un fin y hallar los medios de alcanzarlo; y una disciplina moral, de acuerdo con la cual adecuamos nuestra acción a las leyes éticas. La primera es la que nos empuja, por ejemplo, a levantarnos temprano para acudir puntualmente al trabajo. La segunda implica un cierto dominio interior, el poder de someter nuestra decisión al libre arbitrio, por ejemplo cumplir las promesas. Kant no albergaba ninguna duda sobre la superioridad de la moralidad sobre la sagacidad, que incluye las leyes positivas y los intereses mundanos, pero nosotros tenemos derecho a preguntarle: ¿es posible semejante dominio de uno mismo?, y lo que todavía resulta más decisivo, ¿vale la pena?

Antes de dar una respuesta debemos evitar algunas confusiones. El arte nos ha acostumbrado a las imágenes de santos que maceran su cuerpo y su alma a fuerza de correctivos. Aparentemente esto es inviable sin disciplina. Como será que la palabra “disciplina” designa también los artilugios empleados a tales efectos. Sin embargo, hay una diferencia notable entre el hombre disciplinado y el asceta: este no busca poner orden en el caos de las pasiones, busca suprimirlos. Su disciplina no es disciplina, sino mortificación.

El asceta es un hombre que teme la libertad. Se comprende porque la libertad es algo espantoso. Según Kant, lo espantoso de la libertad es su ilimitación. Todo cabe y, a la vez, nada es seguro. De ahí que quien posee libertad necesite poner orden en su interior, disciplinarse. Sin disciplina, la libertad se desbordaría por todas partes y no nos llevaría a nada.

Evidentemente, la anterior es una manera de ver las cosas, no la única. El que la disciplina constituya un movimiento de autorregulación, gracias al cual la libertad, que no tiene límites, se los pone, ha dado lugar también a la sospecha de que pudiera ser una operación debilitadora, propia de cierto tipo de hombres inferiores, que prefieren la seguridad al juego arriesgado de la vida. Es la tesis de Nietzsche, quien concibió la disciplina moral como una apariencia de fuerza que se opone a la verdadera fuerza con el propósito de arrancarla de su lugar natural, el deseo, y desplazarla al único punto donde se siente fuerte y segura, la conciencia, entendida como un poder inhibidor. La influencia de esta idea ha resultado profunda y devastadora, aunque no hemos llegado a ver sus consecuencias hasta que no hemos empezado a atisbar que el superhombre era, quién lo iba a decir, el hombre masa.

No obstante, incluso Nietzsche, el apóstol del devenir caótico, acaba elogiando al final la disciplina, pues aunque sea sólo durante un momento, antes de disiparse en el aire, el hombre puede trazar una bella figura. “El bailarín baila mejor encadenado”. Y es que la vida, por muy falta de sentido que esté, necesita, como los ríos, un cauce. Sin cauce el agua no corre; se derrama, se estanca o se pierde. Únicamente porque los ríos tienen cauce llegan a desbordarse y se desbordan.
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