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Beatificación de Juan Pablo II

lunes 02 de mayo de 2011, 09:34h
Apenas seis años después de su muerte, Juan Pablo II se convertía ayer en el décimo Sumo Pontífice beato. Cientos de miles de personas coparon ayer la ciudad de Roma para ser testigos de un acontecimiento que, más allá de cuestiones religiosas, ha adquirido repercusión mundial. La beatificación de Karol Wojtyla –una de las más rápidas de la historia de la Iglesia- se ha basado en el supuesto milagro operado en la monja francesa Marie Simon Pierre, que tras rezar continuamente al fallecido Papa, se curó del Párkinson –la misma enfermedad que tuvo Juan Pablo II- que sufría desde 2001. Además de por su celeridad, el proceso de beatificación también es histórico porque será la primera vez en los últimos diez siglos que un Papa, Benedicto VI en este caso, proclame beato a su antecesor.

Independientemente de lo que Juan Pablo II ha representado para los fieles de la Iglesia Católica, es innegable que su pontificado –el tercero más largo de la historia- tuvo una enorme repercusión y trascendencia planetaria. Nuestra independencia y neutralidad laicas no nos impide reconocer la enorme importancia que la Iglesia aún tiene en todos los ámbitos y el papel que puede desempeñar gracias a su influencia en las actitudes de millones de personas en el mundo. El Papa Wojtyla fue una figura contradictoria y discutida pero que a nadie dejó indiferente. En más de un sentido, Juan Pablo II supo hacer un buen uso de su innegable capacidad pública, dotes de persuasión e influencia. En este sentido –y desde el punto de vista de las libertades democráticas- hay casi unanimidad en reconocer el rol fundamental que desempeñó en la caída del totalitarismo comunista. El antecesor de Benedicto XVI siempre se posicionó claramente en contra de los regímenes autoritarios de cualquier clase y frente a la violencia terrorista, independientemente de su signo. Incluso se atrevió a pedir perdón por los terribles pecados cometidos en nombre de la Iglesia durante sus más de 2.000 años de Historia, dando una lección de humildad y coherencia digna de aplauso. Wojtyla también impulsó la faceta más social de la Iglesia, acercándola a los marginados y más desfavorecidos, atreviéndose incluso a criticar lo que él consideraba como un capitalismo salvaje que socaba los principios más elementales de la solidaridad. Conocido como el Papa viajero, Juan Pablo II recorrió el mundo hasta el final de sus días, a pesar de su enfermedad, convirtiéndose en el ejemplo vivo de la superación de las limitaciones.

Reconocer las luces del papado de uno de los pontífices más populares de la historia, no es óbice, sin embargo, para señalar algunos de las sombras de su mandato. La ambigua posición de la Iglesia respecto a los abusos sexuales a menores cometidos por curas y sacerdotes es una terrible cuenta pendiente que Juan Pablo II no quiso o no pudo enfrentar. También ha sido muy controvertida la cerrada postura adoptada por el pontífice polaco en cuestiones clave como el uso de anticonceptivos, las relaciones sexuales o la homosexualidad. En este y en otros sentidos, entre los que cabe señalar su impulso al Opus Dei, Legionarios de Cristo y otras congregaciones tenidas por lo más integrista de la Iglesia Católica, el pontificado de Juan Pablo II ha sido interpretado a veces como una contrarreforma del Concilio Vaticano promovido en su día por Juan XXIII.
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