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Más Europa

martes 03 de mayo de 2011, 12:38h
Hace casi un siglo que Oswald Spengler publicó La decadencia de Occidente. José Ortega y Gasset se preguntaba pocos años después en el último capítulo de La rebelión de las masas que quién mandaba en el Mundo y afirmaba que Europa había dejado de hacerlo. La Primera Guerra Mundial había trastocado los valores y los poderes vigentes; los europeos empezaron a preguntarse cuál sería su papel en el nuevo orden mundial. La derrota del Imperio Ruso en la guerra con Japón a principios de siglo, la necesaria intervención de Estados Unidos al final de la Gran Guerra, el hecho de que los catorce puntos del presidente norteamericano Wilson fuesen el referente de la paz de Versalles y, también, que Estados Unidos pasase a ser el prestamista de los países europeos cambiaron el juego de fuerzas de la política internacional. Sin olvidar que tras la revolución de Octubre de 1917 la frontera europea del Este se había corrido varios miles de quilómetros al Oeste.

Hoy he escuchado a Antonio Garrigues Walker, desde su bien conocido europeísmo, hablar de la decadencia de Europa. Si tenemos en cuenta estos antecedentes, habría que decir, por tanto, que es una decadencia secular. ¿Por qué? Porque el proyecto de Unión Europea quedó truncado entre las dos guerras mundiales cuando podría haber sido un muro de contención contra los totalitarismos. Porque cuando se recuperó, después de la Segunda Guerra Mundial, se hizo sobre la base de acuerdos económicos y se postergó la unión política. Porque el impulso de ésta ha sido, aunque realmente asombroso, insuficiente y se ha preferido profundizar, durante el último medio siglo, en la unión económica.

A la luz de la historia de nuestro último medio siglo quizá sea exagerado hablar de decadencia de Europa. Es evidente que durante este periodo Europa ha necesitado de la protección militar de Estados Unidos y han surgido nuevas potencias económicas que compiten con los países europeos, pero también es el siglo en que mejor se ha vivido en el Viejo Continente y cuando más se han reducido las desigualdades sociales.

No creo que la Unión Europea esté en cuestión, pero algunos hechos de estos últimos meses obligan a repensar el futuro europeo. Por un lado, la crisis económica ha mostrado cuán precaria era la moneda única y la unión sin acuerdos políticos que la sostengan. Se ha trabajo bien en estos meses y se ha conseguido frenar una debacle que arrastrase al euro y con él a las economías de todos los países europeos, pero el resurgimiento del discurso nacionalista pone en cuestión las políticas aprobadas y que se siga ahondando en la línea de una política económica común en aspectos tan cruciales como la deuda o la fiscalidad. No es posible que un pequeño partido finlandés (o español, o checo, o francés) pueda condicionar toda la política económica europea. Tampoco uno grande. Sólo un verdadero gobierno de Europa podrá diluir estos intereses nacionalistas y actuar en pro del bien común.

La Unión Europea nunca ha tenido una verdadera política internacional, pero la posición que el Gobierno alemán ha adoptado frente a la guerra de Libia es un síntoma del resurgimiento del nacionalismo contra los intereses de Europa. Para una vez que Europa, con Francia y Gran Bretaña a la cabeza, tomaba la iniciativa internacional en un tema importante que afecta a nuestros vecinos del sur, no lo olvidemos, Alemania no ha querido estar ahí. Los alemanes parecen haberse echado de encima el enorme peso de su culpabilidad en la Segunda Guerra Mundial y en los abominables crímenes del nazismo y ya no se avergüenzan de mantener un discurso nacionalista, que se expresa por el momento fundamentalmente en términos económicos. Desde luego, Alemania no está condenada a repetir su historia y sería absurdo plantear el tema en términos de los caracteres esenciales de los pueblos. El resto de los países europeos se han aprovechado durante muchos años del complejo de culpa alemán, pero Alemania no está dispuesta a seguir siendo el principal pagano de la Unión. Los políticos alemanes deberían saber reconducir ese sentimiento nacional hacia un sentimiento europeísta y decidirse a liderar la Unión. Una política internacional común, apoyada sobre una política de seguridad común, es sin duda un pilar clave para Europa.

La Unión Europea debe saber analizar bien el mundo globalizado en que vivimos y ser capaz de responder prontamente a los riesgos económicos y sociales que surgen si quiere de verdad ser competitivo y aprovechar todas sus potencialidades; no puede ser un gran mastodonte burocrático, anquilosado, incapaz de afrontar las grandes cuestiones del presente: desde la inmigración a la construcción de una sociedad del conocimiento, desde las nuevas fuentes de energía menos contaminantes a una industria capaz de competir en valor añadido...

Y todo esto sin renunciar al gran potencial que es su cultura y su historia. En este sentido es asombrosa la falta de iniciativas de la Unión que tengan un verdadero calado en la sociedad. Por ejemplo, debería implantarse en el bachillerato de todos los países europeos una asignatura sobre historia y cultura europea, con un programa común consensuado por una comisión de gentes del mayor prestigio intelectual, porque es vergonzoso que los alumnos de cualquier región europea sepan mucho del menor poetastro local y nada, o casi nada, de los grandes nombres de la literatura y del arte europeos. Al mismo tiempo, aprovechando el gran tirón que tienen las exposiciones entre el público, deberían organizarse varias exposiciones artísticas que hiciesen un recorrido por la historia europea resaltando lo que nos une, sin obviar lo mucho que nos ha separado a los pueblos de Europa. Estas exposiciones irían de un país a otro y en ellas quedarían reflejados no sólo nuestra historia política sino también el arte y los valores europeos.

Javier Zamora Bonilla

Profesor de Historia del Pensamiento Político

JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.

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