Ben Laden y el Derecho
José Eugenio Soriano García
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josesorianoelimparciales/11/11/23
miércoles 04 de mayo de 2011, 13:48h
La muerte del mayor terrorista mundial, que tanto daño hizo a miles y miles de personas en todo el planeta y singularmente en Nueva York, Madrid y Londres, merece algún comentario desde la, siempre ingenua, perspectiva del Derecho.
La razón jurídica, paradójicamente, actúa no solo en el corto plazo sino, sobre todo, en el largo plazo. De ahí que, muchas veces, sea desconocida e incomprendida cuando se la ve de cerca, en el corto espacio de un acontecimiento donde el suceso concreto prima sobre cualquier otra visión. Y el Derecho, esto es, el conjunto completo de principios que hacen que una decisión, con algunas técnicas, realice en concreto un cometido tan superior a lo humano como es hacer Justicia, tiene exigencias siempre. Y cuando no se atienden, las sociedades que las quieren desconocer acaban pagando las consecuencias.
En el caso del Terror, desde luego, el arsenal de medidas, jurídicas también, tiene que ponerse a punto y prever las situaciones más difíciles e incómodas. Con el grave inconveniente de que esa previsión en no pocas ocasiones se hace, precisamente, en tiempos de calma y bonanza moral. Tiempos estos últimos en que se tiende mucho más a una visión comprensiva, generosa, progresista, en la que la recuperación del delincuente suele ser lo principal. Y sin embargo, cuando llegan los momentos duros, los momentos de los muertos, mutilados, heridos, por el terrorismo, entonces resulta que las urgentes necesidades de atender a lo que de verdad importa ( a saber, acabar con la plaga del Terror) carece de herramientas para hacer Justicia en términos reconocibles por los Derechos Humanos, suma y síntesis del pensamiento jurídico occidental de origen esencialmente cristiano en sus grandes rasgos y trazos.
En el caso del asalto y posterior muerte del terrorista Laden, desde luego habrá que esperar a conocer todos los detalles para emitir un dictamen apropiado en Derecho. De momento, provisionalmente, por lo que vamos conociendo, parece seguro que no existió posibilidad alguna de capturarlo, y tras neutralizarlo, detenerlo como enemigo de guerra y llevarlo a un Consejo de Guerra. Porque si hubiera existido esa opción, que no quepa duda que el Derecho la hubiera impuesto. Estas servidumbres, tan poco caras a políticos y al común del pueblo, sin embargo son absolutamente necesarias para nuestra propia supervivencia. Sin atender al procedimiento, a la forma, al cálculo jurídico, a la norma previa, entramos en la acción directa. Y la acción directa es el camino seguro para la pérdida de libertades. Véase así el ejemplo del fascismo, del nazismo y del estalinismo. En los tres supuestos, entre campos de concentración y Gulags, la historia es una simple integral y suma completa de horrores.
Aquí, en este caso, lo que salva por completo la liquidación física de este enemigo de la humanidad (y esto lo digo simplemente como ciudadano) es que es prácticamente seguro que no se ha querido entregar y someter a un juicio. Porque por mucho que el Pentágono nos hable de “combatientes irregulares” es inadmisible que los demás aceptemos esa calificación tan débil y oscura. Desde el Padre Francisco de Vitoria (De iure belli y De potestate civili,) a Francisco Suárez (Tractatus de legibus ac Deo legislatore) oda la Escuela de Salamanca de Derecho Internacional (hoy gozosamente muy revalorizada en Alemania y Estados Unidos) todo el inmenso esfuerzo por someter a razón la sinrazón de la guerra, camina en el sentido de ofrecer formas, procedimientos, argumentos y sobre todo, decisión motivada, imparcial, neutral, tras un completo derecho a la defensa.
El Pentágono y la CIA han de ofrecer toda clase de explicaciones. Ganarán la gran batalla, la de la legitimidad. Todos estamos con ellos sentimentalmente desde el terrible 11 de septiembre. Y queremos seguir unidos en nuestras emociones con ellos. Y para ello, tienen que recuperar su espléndida tradición jurídica, totalmente oscurecida por la estupidez y locura de Guantánamo con las extrañas Sentencias del Tribunal Supremo Norteamericano que claramente se está apartando de su mejor tradición.
Seguir la senda de Naciones Unidas, continuar con las decisiones impecables de la Unión Europea, y aplicar las Convenciones de Ginebra: ese es el camino. No el del populacho saltando de alegría en las calles de Norteamérica, al estilo vaquero, porque han liquidado a su enemigo.
El gran convencimiento de toda la razón que asiste (creo que sin duda alguna) a los grandes y admirables Estados Unidos de Norteamérica comienza ahora por aplicar su Derecho y el Derecho de Gentes. Que lo hagan, porque nos jugamos mucho en ganar esta durísima batalla contra el terror
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Catedrático de Derecho Administrativo
JOSÉ EUGENIO SORIANO GARCÍA. Catedrático de Derecho Administrativo. Ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia. Autor de libros jurídicos.
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