Las enseñanzas de las guerras americanas en tierras del Islam
viernes 06 de mayo de 2011, 17:08h
El inminente reajuste que ha anunciado Barack Obama en el dispositivo militar y de seguridad estadounidense es cuestión de días. En principio, en el esquema facilitado a los medios, Leon Panetta pasará de la dirección de la CIA a llevar las riendas del Pentágono. El general Petraeus, hombre fuerte de Estados Unidos en conducir la ofensiva bautizada como “contrainsurgencia” en Iraq primero, y en Afganistán actualmente, ocupará la dirección de la CIA. Lo que, en apariencia, puede interpretarse como un mero relevo clásico en períodos de final de legislatura o mandato político, es medida, sin embargo, que está infusa de connotación bélica debido a la creciente implicación americana en el frente árabe-musulmán y afgano-paquistaní.
Sería pecar de ingenuidad no reconocer que, por su parte, el frente aliado en Afganistán sigue sin imponer con claridad el triunfo de la estrategia contrainsurgente -de la que David Petraeus ha sido un olímpico defensor desde su nombramiento como general en jefe en el incierto escenario afgano-paquistaní-. Tanto el saliente secretario de Defensa, Robert M. Gates, como varias voces relevantes en este capítulo -entre ellas, las procedentes de los analistas especializados en las guerras americanas en el ámbito árabe-musulmán-, advirtieron a tiempo sobre los peligros inherentes al despliegue de la contrainsurgencia en Afganistán; y, en segundo lugar, subrayaron sus dudas sobre el acierto militar, los costes financieros, y las salpicaduras contraproducentes de la operación de zona aérea controlada sobre Libia, llegado el caso de que la iniciativa estratégica de los aliados no se tradujera en el establecimiento de un rápido vuelco favorable a los focos rebeldes que se oponen en el centro-este de aquél país a Gaddafi y a sus incondicionales. En efecto, la “No-fly zone” no se ha traducido en una operación aérea que haya despejado, de una vez por todas, la incógnita libia que pende ahora del resultado de un nuevo frente de guerra para Estados Unidos en el ámbito árabe-musulmán. A dirimir, esta vez, en el desértico norte de África y no en el Asia profunda. Supuestamente, fuerzas de la OTAN y contingentes franco-británicos asumen en Libia, desde hace semanas, la inclinación estadounidense hacia el desvanecimiento militar en el embrollo de aquel país norteafricano.
Si la presidencia americana se viera obligada, con el respaldo del Consejo de Seguridad (lo que no parece probable por ahora), a intervenir también en el punto neurálgico centrado entre Siria-Líbano-Israel-Egipto, se entendería, del todo, el comentario de Hillary Clinton acerca de la mala pinta que están adquiriendo las revueltas árabes -no ya en el norte de África, sino, además, en Bahrein y Siria-.
Consecuentemente, la metáfora de Jonathan Swift al describir la visión de un insólito gigante atrapado de la coronilla a los pies por una falange de enanos, vuelve a ser iluminadora de la observación de partida que se hacía: las guerras americanas con el mundo árabe e islámico, en el transcurso de los últimos diez años, han costado mucho al tesoro y, también, a la imagen del país metropolitano. Con Clinton, se intentó reducir en cientos de billones de dólares el presupuesto de Defensa; con Bush se infló de nuevo este presupuesto. Ahora Obama intenta refrenar el gasto en Defensa, cuando justamente se decuplican los puntos de conflictividad geopolítica en el área del Islam. Su intento de reducir, no sólo los costes militares en “Dar al-Islam”, sino de potenciar la dimensión política, diplomática, cultural y de cooperación bajo el alón protector de la secretaría para Asuntos Exteriores, está encontrando en medios ranciamente republicanos una impugnación feroz, dentro y fuera de las Cámaras. De una parte, los compartimentos estancos entre tareas y objetivos militares en el exterior y paralela filtración en los servicios secretos del país (árabe) a rescatar, constituyen una aleatoria permeación que Estados Unidos ha practicado con el mundo árabe desde el arranque de los años 90, no siempre con éxito. De otra parte, el componente misional del protestantismo americano posee una capacidad ocasional, aunque nunca extinguida, de reclutar votos para la causa de una nación llamada a contener -cuando no, a aniquilar- al antagonista de turno. Recuérdese que no solo un Paul Wolfowitz era del criterio de intervenir en Iraq para “galvanizar” a toda la región mesopotámica, sino que una Samantha Power, consejera de la presidencia demócrata, ha picado en el anzuelo al proclamar el imperativo de intervenir (¿cuerpo a cuerpo?) en Libia. Éste es otro ejemplo más de que ciertas creencias colectivas ignoran frecuentemente las líneas divisorias que hemos querido observar entre las clases sociales y los partidos políticos.
Sobre el mapa, todas las enrevesadas complicaciones que pueden tejer los factores en juego en el escenario árabe-islámico, parecen evaporarse como por ensalmo, cuando un consejero emérito del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales en Washington, refiriéndose al mundo norteafricano y medioriental ha propuesto que “en países en los que han caído los autócratas (Egipto y Túnez), hemos de ayudar para configurar nuevos entornos políticos y sociales; en Estados que no son democráticos, aunque sí aliados (caso de las monarquías árabes), hemos de acelerar la reforma interior…, y en el caso de Estados represivos (como Irán, Libia y Siria), hemos de desafiar la legitimidad de los regímenes autocráticos y apoyar sin recato a disidentes y demócratas”.
Mapas simplificadores como el anterior pueden servir de diminuta línea de actuación, pero no más. Cuando hay materia gris suficiente, potenciada ésta por la práctica del principio de la prueba y el error, las consignas de despacho son superadas con rapidez; aunque, cuando éstas caen en manos de mentes estrechas y se aplican al pie de la letra, pueden causar daños incalculables a propios y ajenos. El imperio se encuentra inmerso en un mar enfurecido que es identificable como mar de las zozobras árabe-islámicas. A esta atormentada singladura se debe también que Obama haya decidido barajar dos naipes fundamentales en una política de defensa flexible, como son el servicio de inteligencia y las misiones bélicas. Se trata de una enseñanza que deriva de las guerras americanas en Iraq y Afganistán. Las semanas y meses venideros nos revelarán el número de náufragos habidos en un año esperanzador para el replanteamiento político y social que reclama a voz en grito el Mediterráneo.
|
Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
|
|