El peligro amarillo
sábado 07 de mayo de 2011, 14:00h
La gente de mi generación creció con la sospecha de que los chinos son resbaladizos, retorcidos y peligrosos. Pocos habíamos visto nunca en persona a un chino, así que el prejuicio probablemente guardaba relación con las películas de Fu Man Chú, un malo malísimo de largas uñas y bigotes dalinianos que hipnotizaba a la gente o utilizaba sus poderes, mezcla de magia tibetana y tecnología occidental, para conseguir perversos objetivos. El padre de la criatura, un escritor llamado Sax Rhomer, había explotado décadas atrás la idea, sugerida por Jack London, de que la prolífica raza amarilla llegaría a convertirse en una marabunta incontenible cuando un líder carismático lograra guiarla. Fu Man Chú era ese líder. Aunque se trataba de un rufián que asociaba al conocimiento profundo de las debilidades occidentales la milenaria sabiduría de su pueblo y un espíritu depravado, las películas inspiradas en él no tuvieron el éxito de las novelas, escritas en la época de las grandes campañas oficiales contra la inmigración china y la aparición de guetos estilo Chinatown. Esos guetos habían existido antes –el barrio de Parián de Manila, por ejemplo, donde se confinaba a los chinos que trabajan en las Filipinas españolas-, pero se multiplicaron entonces y habituaron a los emigrantes chinos a vivir en una especie de limbo social que todavía perdura.
Mucho peor era de todos modos la situación de los chinos de la propia China, entonces dirigida por el pomposo Mao, padre de la revolución cultural. Celebrado por los intelectuales comprometidos como impulsor de una reforma educativa, una política de homogeneización lingüística y una revisión de la historia, el resto sospechaba con razón que el tipo se conducía con su gente igual que el caballo de Atila con la hierba de la estepa. Cuando sus fechorías se dieron a conocer, China había medio roto relaciones con Rusia y pactado con Albania, puerto franco por el que debía entrar a Europa el opio con que Mao proyectaba debilitar a las nuevas generaciones capitalistas a fin de imponer en el futuro la cerril disciplina de sus compatriotas. Jamás nadie demostró que esta leyenda tuviera el menor fundamento, pero no hay duda de que el objetivo fue alcanzado.
Hoy China produce menos miedo que preocupación. Bonaparte estaba en lo cierto al decir que el día que China despertara, el mundo temblaría. Ese día ha llegado. La crisis, que algunos expertos atribuyen a las perturbaciones producidas por su irrupción en el mercado global, es la prueba. Que uno de los principales agentes de la economía del momento sea un Estado comunista da que pensar. Los chinos no simplemente han entendido las ventajas del libre comercio sobre la economía planificada, sino las ventajas de combinar ambas cosas a la vez. Gracias a ello han podido comprar la colosal deuda americana (decisión estratégica con la que rompieron las previsiones de la teoría permitiendo que un país con un gran déficit público mantuviera durante un período de tiempo prolongado unos tipos de interés bajísimos y una cotización también muy baja de su moneda) y favorecer así unas exportaciones sumamente competitivas sustentadas en la falta de derechos de que goza el trabajador en la dictadura del proletariado. La suma de esos factores, desencadenantes de la regresión de 2008, ha dado a China ventajas indisputables y es la causa de que se haya convertido ahora en una potencia financiera de primer orden. El especulador de los especuladores no es ningún infame magnate norteamericano, como creen los predicadores, sino el politburó de un Estado comunista que se conoce a sí mismo con un vocablo que significa “todo lo que hay bajo el Sol”. Hillary Clinton dejó muy claro cuál es la situación cuando, ante la pregunta de un periodista que quería saber por qué Estados Unidos no presionaba al régimen chino para que velara por los derechos humanos, contestó: “no es fácil presionar al banquero de uno”. Poco se puede hacer, desde luego, pero la posibilidad de que un país que aúna lo peor del comunismo –la aniquilación de la personalidad- y lo peor del capitalismo –la confusión del beneficio con el bien- controle un día la economía mundial, pone los pelos de punta.