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Tribuna

Severiano Ballesteros

viernes 13 de mayo de 2011, 09:23h
Tenía que elegir esta semana: o hablaba de Seve o de los magistrados del tribunal constitucional. Y he elegido. Y creo que bien. Porque centrarse en alguien excelente, es algo que necesitamos, casi como alimento, en un país que se va quebrando poco a poco por obra de resentidos y mediocres estómagos agradecidos, preocupados por lograr como sea mantenerse en el machito o lograr favores del poder. Olvidémonos de ellos por un ratito: así lo pasaremos aceptablemente bien.

Severiano Ballesteros representa el triunfo de la calidad y por tanto ingresó en una élite que, en su caso, llegó a ser de nivel mundial. La base de su triunfo está en las antípodas de los merengados del poder, ya que fue su esfuerzo, sacrificio y trabajo lo que le llevó a tales cotas. Partiendo, desde luego, de sus características excepcionales, lo que remarca que el individualismo es absolutamente básico cuando de personas hablamos. Digo personas, no rebaño.

Cada persona, puede, en su ámbito, mejorar, ser siempre excelente, sea bombero, carpintero o primer ministro. Pero se necesitan condiciones adecuadas para que despierte el ánimo y se produzca el milagro de conseguir que las personas tengan personalidad. Y esas condiciones son, desde luego, la transparencia en las relaciones públicas, la competencia para permitir la lucha, el esfuerzo para sobrevenir a los obstáculos, el sacrificio para obtener lo mejor en las peores condiciones, el trabajo, para ganar arrestos día a día, en fin, la creencia final de que el individuo puede llegar a lo que más quiera contando con sí mismo.

En la historia de cada individuo, de cada persona, la suerte, la fortuna, el azar, juegan un papel, desde luego. Y hay múltiples elementos de la pura suerte que no se pueden obviar y que jugarán pasadas, buenas o malas, absolutamente imprevisibles e incontrolables.

También estar preparados para las sorpresas, malas y buenas, como en el famoso “Si…” de Rudyard Kipling tratándolas como iguales impostores. Porque eso es lo que son, elementos y fragmentos súbitos de la pura casualidad que se estampan contra nosotros. Y por eso mismo, con alguna coraza basada en el coraje, hay que saber hacer frente tanto a la mala fortuna como a un atracón de, aparente, buena suerte.

Es evidente que esa mala suerte, en muchos casos, puede ser paliada socialmente en sociedades civilizadas. Así, si las carreteras o los hospitales son muy malos, tendré muchas más papeletas para pasarlo mal, enfermar o morir que si por el contrario son excelentes. Con ello, claramente, hay progresos sociales que permiten mejorar individualmente e incluso aquí las Administraciones Públicas pueden desde luego ayudar a superar la adversidad si sus técnicos actúan correctamente y con eficacia. Pero esto es todo lo que la colectividad puede ofrecer. El resto es el puro individuo.

Por tanto obviado este elemento casual del azar o fortuna, el resto, en medida no desdeñable, sí depende de nosotros. Y aquí es donde la cultura del esfuerzo y del éxito, actúan. Su base, que no es otra que la creencia y la estima por nosotros mismos, supone desde luego bastante de lucha. Nada de vida fácil, cómoda y regalada. No. La lucha por la propia personalidad es por lograr una joya de la mejor orfebrería humana y, como todas las gemas, es algo precioso y que hay que tallar con delicadeza, habilidad y destreza personal. Y eso supone esfuerzo, querer ser excelente, no fundirse en la masa, no aceptar irreflexivamente lo que dicen y hacen los que mandan, capacidad de resistencia, de resiliencia, de pensar por uno mismo y actuar, aunque esa actuación conlleve algún riesgo y algún inconveniente, en fin, de no dejarse en la masa social lo que tiene uno de único y al final de divino.

Y Seve tuvo todo eso a raudales. Quizás como ha dicho su tío – narran los periódicos – no tuvo demasiada suerte. Pero quizás también su suerte, en su corta vida, fue ser él mismo. Por eso queremos su figura, le seguimos llevando en nuestro corazón y deseamos que nuestros hijos tengan una gota de su personalidad (que pasaría, naturalmente, porque el adverbio posesivo “su” fuera exclusivo de ellos, sin imitar a nadie, ni siquiera al propio Seve, quien rechazaría ser estatua a plagiar).

Eso es lo que el mejor golfista del mundo (Tiger Woods dixit) nos deja. Y por eso, pensamos, que ha sido una inmensa fortuna tenerlo a nuestro lado.

Ojalá este país, hoy tan mediocre y vulgar, tan grosero en sus generaciones de “jóvenes sin juventud” cambie para que mañana haya algún o muchos nuevos Seves que repartan alegría, optimismo, orgullo. En fin, exactamente lo contrario, pongamos por caso, que lo que reparten los magistrados del tribunal constitucional.

Siempre llevaremos a Seve, muchos de nosotros, en nuestros corazones.
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