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La eterna actualidad de Oscar Wilde

sábado 14 de mayo de 2011, 17:26h
Más de un siglo después, El retrato de Dorian Gray (1891) vuelve a la primera plana de los medios de comunicación: la editorial estadounidense Harvard University Press ha anunciado la publicación sin censurar de la novela íntegra, tal y como Wilde la concibió para darla a la imprenta por entregas en la revista Lippincott’s Monthly Magazine, en 1890. El escándalo llevó a que sus editores, Ward, Lock and Company cortaran los fragmentos más escabrosos, especialmente aquellos relativos a los sentimientos que uno de los personajes, el pintor Basil Hallward, autor del cuadro que da título y trama a la novela, tiene hacia el hedonista, fáustico y desafortunado Dorian Gray: “Es bastante cierto, le he consagrado a usted un sentimiento más intenso de lo que un hombre debería sentir por un amigo. De alguna manera, nunca he amado a una mujer”.

La noticia coincidía con el lanzamiento de una reciente edición de los Cuentos de Oscar Wilde, que ha traducido de forma exquisita y magistral Eduardo Gallardo Ruiz para la editorial Pigmalión. La juventud truncada y la entrega estatuaria de “El prícipe feliz”, la crítica social de jóvenes frívolos y antojadizos de “El ruiseñor y la rosa”, la historia de redención de “El gigante egoísta” –que hacía llorar al propio Wilde–, la exploración sobre la vanidad de “El cohete extraordinario”, el mito del exilio infantil y el regreso de “El joven rey” y “El niño estrella”, la dialéctica entre el amor y el conocimiento en “El pescador y su alma”… etc. Estos cuentos imperecederos, que parecen pertenecer más al acervo popular que a la pluma particular de un genio, aparecieron por vez primera en The Happy Prince and Other Stories (1888), después de que familiares y amigos del autor de Salomé le pidieran que los recogiera y los diera a la imprenta, ya que Wilde, formidable raconteur, los contaba a los escolares de Cambridge, a sus hijos Vyvyan y Cyril, y a su círculo íntimo. Lamentablemente, muchos se perdieron porque el autor irlandés no consideró que debían estar todos en letras de molde, sino que era mejor que vivieran su vida en las bocas de los niños… y de los mayores.

Los padres de Oscar eran coleccionistas de folclore irlandés. Su afición por los cuentos de hadas le vino dada por un ambiente familiar en el que la tradición alimentó la educación a través de lo maravilloso, algo que hoy en día se ha perdido prácticamente en los hogares. La revista Athanaeum llegó incluso a comparar los cuentos de Wilde con los de Hans Christian Andersen; sin embargo, poco hacía presagiar que aquel hombre que había triunfado en las tablas de Londres con El abanico de Lady Windemere, Un marido ideal o La importancia de llamarse Ernesto se vería envuelto en un proceso por ofensas que terminó con él, como prometió el torvo marqués de Queensbury –responsable de la acusación–, entre rejas. En 1984, tras una serie de incómodos y lamentables procesos que hoy en día son el oprobio de la jurisprudencia británica y que ha documentado Montgomery Hyde, fue sentenciado a dos años de prisión bajo la prueba incriminatoria de sus estrechas relaciones con el joven lord Alfred Douglas, “Bosie”, y varios de sus escritos de ficción, estableciéndose así un insólito precedente: que la literatura sirviera al fiscal para incriminar la conducta ética de un autor.

Ayudado por la generosidad de sus amigos y tras salir de prisión, Oscar Wilde se exilió en Francia. En el país galo escribió bajo seudónimo su poema más famoso, La balada de la cárcel de Reading, y murió sin volver a su patria en 1900. Las cartas que escribió a “Bosie” desde la prisión se publicaron póstumamente bajo el título De profundis. Poco a poco el reconocimiento del legado de Wilde fue restituido por la crítica; W. H. Auden llegó a decir que La importancia de llamarse Ernesto era “la única ópera verbal escrita en inglés”. Lo cierto es que tras esa máscara de frivolidad y dandismo, en el corazón de Wilde alentaba un alma sincera y vulnerable, un espíritu de niño que jamás creció y que se ilusionó con la literatura. La palabra vestía el pensamiento de Wilde de las mejores galas del lenguaje y aún hoy sigue siendo un referente de ingenio. Su pensamiento está aún pendiente de un estudio pormenorizado que sea lo suficientemente valiente copmo para extraer el oro de la filosofía que yace sepultado bajo el tópico. El retrato de Dorian Gray plantea la existencia de lord Henry Wotton, el inductor de Dorian, un reflejo del superhombre de Nietzsche llevado a sus últimas consecuencias y realizado en la persona de su joven amigo. Sus cuentos abren el debate sobre el mal, la sabiduría, la amistad, la lealtad y el amor.

Porque en el cuento de hadas los niños comparten la participación mística del aprendizaje a través de la ficción; al igual que sucede en el relato que escuchan los aborígenes, los niños no separan su vida real de la representación: todo es de la misma naturaleza. Tan importante es el mundo de la fantasía, que su evolución hacia la edad adulta parte de su primera experiencia y la conciencia se forja y emerge de ese subconsciente de la niñez. El mundo exterior del niño no es muy diferente del interior, del de los sueños. Para Freud los mitos y los cuentos de hadas no difieren fundamentalmente de los sueños y hablan el mismo lenguaje simbólico. Oscar Wilde, como escritor de cuento de hadas, tuvo que hacer ese viaje de inmersión al patrimonio cultural de su niñez… y apenas le costó esfuerzo. Sabía contar historias de misterio y fantasmagóricas como El crimen de lord Arthur Saville o El fantasma de Canterville, pero en ellas latía siempre ese infante dispuesto a creer toda suerte de elementos sobrenaturales.

La oportunidad que la editorial Pigmalión y la impecable traducción de Eduardo Gallardo brindan a los lectores es la de retrotraernos a la infancia, sin ser notados por nuestras familias y amigos ni por nuestros compañeros de trabajo. De puntillas y con la luz de la mesilla hasta acabar de un tirón este maravilloso libro, sigamos a la golondrina en su generoso viaje por los hogares más humildes de la ciudad, antes de que la cubran las nieves del invierno… a los pies de la estatua ciega y destartalada, pero orgullosa y sacrificial, del Príncipe feliz. Y no nos importe si, sobre las páginas, advertimos que hemos dejado escapar alguna lágrima, porque eso significa que el niño que fuimos alguna vez, hace mucho tiempo, todavía está con nosotros.
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