crítica de cine
[i]El Castor[/i]: Jodie Foster arriesga con un despiadado retrato de la enfermedad mental
domingo 29 de mayo de 2011, 11:17h
Bien acogida en el Festival de Cannes, la cinta ha chocado, sin embargo, con un doloroso fracaso de taquilla traducido en una recaudación de poco más de 100.000 dólares en su estreno estadounidense. Seguramente, la forma tan directa y a la vez surrealista de enfrentar el tema lleva al espectador, en ciertos momentos, a sentir una clara incomodidad en su butaca del cine, mientras batalla por decidir si lo que está viendo merece una sonrisa o unas amargas lágrimas ante la patética situación en la que se coloca el protagonista. Mel Gibson es, en todo caso, lo mejor de la cinta y eso ya es un elemento a favor para acudir a la sala y reconciliarse con un actor a quien últimamente todo parecía salirle torcido en lo profesional y en lo personal.
Foster se vale de su amigo Gibson, a quien rescata de tanto disparate pasado, para construir una historia bastante surrealista a la que algunos han querido apellidar como comedia, pero que es en definitiva un dramón que, gracias a la increíble interpretación de Gibson, le encoje a uno el corazón. Cuando el espectador conoce al protagonista, Walter Black, enseguida se da cuenta de que el mismo se encuentra en su peor momento vital. Al hasta entonces próspero empresario de una fabrica de juguetes, su mujer acaba de echarle de casa con la esperanza de que ello le obligue a tomar conciencia de su inmensa depresión y tome la decisión de acudir a un especialista en busca de la ayuda que a todas luces necesita. Lo que nadie puede imaginar es que esa apremiante ayuda vaya a venir de un castor de peluche que Black encuentra tirado en un contenedor y que, desde ese momento, se convierte en el mejor terapeuta.
Difícil de explicar y también de ver sin que a uno le vengan a la mente miles de prejuicios. El caso es que Black vuelve a comunicarse con sus seres queridos y con los empleados de su empresa, pero no lo hace él directamente, sino el castor, que ha tomado las riendas que su ventrílocuo y paciente había perdido a causa de su grave enfermedad mental. Y juntos, el castor y él, no sólo recuperan lo que se había perdido, sino que hacen un equipo tan bueno que los éxitos se acumulan. Claro, la esposa tarda poco en hartarse de hablar con su marido dirigiéndose al bicho peludo y, mucho más, de hacer el amor sin que el peluche se digne en esperar a una distancia prudencial, por lo menos, en la mesilla. Tampoco el hijo mayor está de acuerdo con tan extraña terapia y se avergüenza de la situación, a la vez que trata de luchar contra sus propios demonios, la mayoría heredados de su particular progenitor.
Y de tanto avanzar en la patética historia en la que no sólo el hijo se avergüenza, también lo hace el espectador desde la oscuridad de su asiento, Black acaba poseído por tan curioso y diabólico muñeco y tendrá que enfrentarse ya sin más dilación a lo realmente urgente: tratar la enfermedad que le afecta y que está destruyendo su familia y su propia vida.