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Rafa Nadal y el sentido de la victoria

lunes 06 de junio de 2011, 12:00h
Una vez más, Rafael Nadal nos ha regalado a todos los españoles, a todos los buenos españoles que nos sentimos como tales sin complejos, una gran satisfacción al ganar Roland Garros en París. Y la victoria es algo que llena, que produce moral, bienestar, dicha y una gran alegría.

Lo ha hecho, basándose en unos criterios totalmente alejados de los que el Gobierno – y no sabemos si la oposición también – está imponiendo en España; criterios que son los colectivistas, los negatorios del esfuerzo individual, los liquidadores de la excelencia, los propios de la más completa mediocridad, en fin, los propios de quienes ofrecen a los demás todo a cambio de no hacer nada, de no esforzarse, de no competir.

Y sin embargo, Nadal basa su éxito en la competición. Esto es, en competir y hacerlo de forma transparente. Lo cual está en las antípodas de lo que los políticos, casi todos mediocres, han hecho con la sociedad española. Lo que han hecho, lo comprobamos a diario, es pedir que nadie se esfuerce, que siempre alguien – no se sabe quién - ya realizará esa tarea por ti o la pagará. Son los mediocres políticos los que reniegan de la calidad y de la excelencia, sabedores ellos con intuición profunda que si se empieza a exigir excelencia y calidad, quedarían en ridículo de inmediato. Son estos políticos los que recomiendan y acaban imponiendo, a toda costa, que toda decisión tiene que tener el consenso de los demás, sin permitir jamás el disenso, la llama individual que sea capaz de negarse a comulgar con ruedas de molino y a tragar sapos como ración cotidiana.

Nadal es un homenaje al esfuerzo, al sacrificio y al trabajo. Nunca nadie le regala nada, siempre se la juega, tiene que llegar a lo más alto a costa de una enorme abnegación, de arrojo y atrevimiento, de jugársela siempre.

Ciertamente no se puede ser siempre Nadal en todas las situaciones que la vida nos va poniendo. Pero sí cabe intentarlo y quizás no llegar a lo más alto del podio, pero pelear y hacerlo con las propias armas, que no han de ser otras que la honradez, el esfuerzo bien hecho, el trabajo cotidiano. A veces llegará la gloria, otras el fracaso, pero siempre subiendo de nuevo a trabajar y constituirse en un centro de gravedad permanente de las cosas bien hechas. Y hacer todo esto con la mayor calidad posible. Exactamente en las antípodas de casi todo lo público, tal como lo está definiendo el poder.

Ciertamente llegar a ser Nadal no lo puede ser cualquiera, a diferencia de ser Presidente del Gobierno que, efectivamente, lo puede ser cualquiera y de hecho es un cualquiera quien lo es. Alguien sin otros méritos que los que les quieran dar – y luego quitar – el colectivo de amigos, favorecidos y compañeros. Pero nada de brillar con luz propia, ser líder, ser alguien. Sino todo lo contrario, ser un cualquiera siempre que esté bien visto por un colectivo que le apoye. Colectivo por definición también mediocre, ya que si no, no sería tal, sino que serían individualidades que tendrían personalidad propia e ideas propias. No. Cualquiera puede ser Presidente del Gobierno y sin embargo, ser un líder es algo reservado a quienes crean, exactamente, en lo contrario de quienes procuran auparse en la política.

Para ser político no se exige nada. No hay que ser nada. Y de hecho no son nada.

Por supuesto que no se trata de pedir unos méritos académicos. Pero sí liderazgo moral, ético, psicológico, ideológico, en fin, político. Pero no tenemos políticos que no sean pura medianía, aprovechados en su mayoría, y que han logrado que en nuestro país, nadie arrime el hombro salvo quien quiera cumplir con la muy antieconómica “tarea del héroe”. Esto es, de alguien que quiera asumir el solo la carga de todos los demás (lo cual en países regidos por la mediocridad, como el nuestro, no es tarea muy recomendable, porque se reirán de él y si pueden lo derribarán).

Nadal ha triunfado, pero notemos que principalmente fuera de aquí. Quizás esta sea una lección a aprender: hay que irse. Irse de aquí, el que pueda. Porque aquí no se gana nada si las reglas con las que se juegan son la transparencia y la competencia. Aquí todo es oscuro y monopólico. Todo es un favor o favorcito que te tiene que hacer el poder, a quien se lo debes todo. Y lo que se exige y te piden es que no hagas nada, que no pienses, que ni mucho menos actúes; se te exige que sigas siempre la corriente, cuidadito con no ser políticamente correcto, ¡no te eches enemigos!, siendo enemigo cualquier mediocre que no acepte que critiques el sistema en que tan ricamente ellos prosperan y germinan.

Hay que largarse. Ser Nadal exige jugar con otras reglas. Exige, insisto, querer competir, arriesgarse, usar armas limpias, no deber nada a nadie, ser uno mismo, tener personalidad. En fin, exactamente lo contrario que aquí nos imponen día a día.

Feliz nos ha hecho Nadal, como infeliz nos hace el político casi siempre. Y nadie va a reaccionar, ni los “indignados”, que cada vez más se descubren que si lo están es porque a ellos no les dan subvenciones, prebendas, casas y favores (que todo llegará).

Seamos optimistas: eduquemos, si podemos económicamente, a nuestros hijos fuera. Y si no podemos – la mayoría no podrá – conformémonos con seguir la corriente, procurar que nos caiga alguna gamba o jamón de vez en cuando humillándonos un poquito todos los días ante la mayor parte de ineptos, entremos en algún sindicato que nos libere de trabajar o, dediquémonos directamente a la política, esto es, a obedecer sin rechistar poniendo la mano todos los días para ver si nos cae algo. O, como alternativa, busquemos nuestras propias masonerías, nuestros círculos cerrados, donde, al menos ahí, poder educar, hablar, pensar, sin miedo, sin temor, buscando de alguna forma, una escapatoria lejos de toda esta inmensa medianía en la que solamente con el favor político y administrativo, con su consecuente corrupción, se puede conseguir algo e impedir que ningún otro lo consiga.

Y ¿Qué hacemos con la gente como Nadal? Pues admirarla desde lejos y… poco más.

José Eugenio Soriano García

Catedrático de Derecho Administrativo

JOSÉ EUGENIO SORIANO GARCÍA. Catedrático de Derecho Administrativo. Ex Vocal del Tribunal de Defensa de la Competencia. Autor de libros jurídicos.

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