Feria del Libro: poderosa llamada de las letras
miércoles 08 de junio de 2011, 21:27h
Seguramente, nadie está tan conscientemente loco como para decidir un día, de buenas a primeras, que va a dedicar todas sus energías a juntar palabras, siguiendo una armónica coreografía y una estudiada sonoridad, con el único objetivo de relatar unos hechos que nunca han ocurrido ni previsiblemente ocurrirán. Sobre todo, cuando, salvo contadas excepciones, se sabe que la mayoría de los novelistas tienen que buscarse otra ocupación que les permita seguir viviendo en el mundo real cuando regresan del de ficción. Porque por mucho que un novelista se pase los días y las noches viviendo en la fantasía que después traslada al papel, al final siempre tiene que regresar y ya ni los escritores más sonámbulos le vemos la gracia a eso de la bohemia parisina. No queremos ni imaginar que tendríamos que escribir nuestras historias cobijados en una fría y húmeda buhardilla, a base de teclear con las puntas de los dedos congelados, que se abren paso entre la cuarteada lana de unos viejos guantes. La bohemia, ya ni para los poetas. Un sufrimiento como el de Rodolfo en La Boheme, que tiene que quemar folio a folio su manuscrito para entrar en calor, ya sólo vale para la conmovedora ópera de Puccini y, además, siempre y cuando un vanguardista director de escena se deje de melancólicas escenografías que evoquen un París nevado y sitúe la acción en las coloristas nebulosas del espacio sideral.
Por supuesto, cada escritor es un mundo y las razones o los anhelos de cada uno pueden estar tremendamente lejos de las que mueven e incitan a muchos otros. Una vez que uno ha aceptado el inconsciente reto de poner en palabras lo que bulle en su imaginación, lo mejor es rendirse y disfrutar con ello. Siempre pienso que, en realidad, el novelista inventa la historia para contársela a él mismo, en una especie de desdoblamiento de la personalidad, que espero que no sea demasiado peligroso, patológicamente hablando. Es como si uno dijese “hoy me voy a contar un cuento”. Sí, ya sé que estarán pensando que la gracia de una historia es precisamente que te sorprenda con lo que acaece, con los nuevos tipos que conoces y, por supuesto, con un estupendo e impredecible desenlace, y que cómo demonios va a conseguir hacer eso uno que ya conoce la historia de antemano. No, no es un juego de palabras ni una sarta estúpida de preguntas y respuestas típica de la serie Enredo. En mi caso, les aseguro que es la verdad. Según voy escribiendo la novela, me sorprendo. Está en mi cabeza o, por lo menos, eso quiero pensar, pero la trama se va desvelando a medida que avanzan los números de páginas escritas que aparecen en la parte inferior izquierda del ordenador.
Ya les decía, cada escritor es un universo distinto, no sé si al estilo de esos multiuniversos o universos paralelos que se suponen en cosmología, astronomía o ciencia cuántica. Según esas teorías, uno sería, por ejemplo, escritor de ciencia ficción en el universo 1 y de novela romántica en el 2. O bien, un escritor de éxito en el universo A y un auténtico desconocido autor frustrado, en el paralelo, es decir, en el B. Y todo, al mismo tiempo. Pero, aún así, y como hay otros mundos pero están en este, que dijo Paul Éluard, hay una cosa que me atrevo a señalar como anhelo común en la gran mayoría de los novelistas españoles: acudir a firmar ejemplares en la madrileña Feria del Libro. Y en un mundo cada vez más “marketingizado”, si no cuentas con la correspondiente foto posando con tus lectores en una caseta del Paseo de Coches de El Retiro, no eres nadie y tu novela sólo es un best seller en el universo paralelo.
Imagino que quienes ya han conseguido su cuota de mercado y han empezado a vivir la experiencia ferial como una obligación laboral, que poco aporta ya a su bolsillo y a su ego, discreparán, pero los demás aún visualizamos con ilusión infantil ese momento especial en que el lector te transmite lo mucho que ha disfrutado con tu relato, teniendo como escenario la tradicional feria en la que siempre llueve. Porque esta sí que es ya otra tradición y de nada ha servido que los organizadores hayan ido retrasando la fecha para montar las casetas desde la primera que se celebró en abril de 1933. Seguro que si un año deciden celebrarla a finales de julio, también llueve. Habría que empezar a considerarla seriamente como eficaz instrumento a la hora de combatir los temidos periodos de sequía. Es lo que tienen en común los fenómenos atmosféricos y la llamada de las letras, no existen armas para impedir que sucedan.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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