crítica
Javier Marías: Los enamoramientos
domingo 12 de junio de 2011, 00:19h
Javier Marías: Los enamoramientos. Alfaguara. Madrid, 2011. 408 páginas. 19,50 €. E-Book: Formato: e-Pub con ADOBE DRM. Lectura: Sí. Impresión/Copia: No. 12,99 €
Díaz-Varela es el personaje clave de Los enamoramientos (Alfaguara), última novela –hasta el momento– de Javier Marías. Amigo de toda la vida de Miguel Deverne, casado este felizmente con Luisa Alday, se ve envuelto en los enamoramientos, y las reflexiones que se hacen sobre ellos, de María Dolz, narradora omnisciente y omnímoda de la obra. La historia, que transcurre tan solo entre la calle Príncipe de Vergara y la avenida de la Castellana de Madrid, entre sus cafeterías de aroma a cruasán y las plácidas áreas de las inmediaciones de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales, contiene un abanico inconmensurable de situaciones.
Marías combina con maestría lo duro que es perder a un ser querido con la costumbre de esa falta, que aplaca la desgracia a pesar de haberle llorado y saber que nunca más se podrá estar junto a él. Deverne muere vilmente a manos de un perturbado que la emprende a cuchillazos hasta sacarle la última gota de sangre. La noticia del crimen bien retrata la realidad: impacta y tan pronto como impacta desaparece de la prensa, porque hasta en estas noticias impregnan el consumismo y la moda, pasajeros cuando lo que interesa es saber sin más que algo sucedió. Luisa, mujer de mucha cultura, profesora de Filología Inglesa en la Universidad, comienza de este modo su repentino calvario, retratado con un acertado caudal de descripciones de momentos de soledad y angustia que se experimentan en la ausencia de quien se ama tanto.
El matrimonio era bien avenido, se bastaba a sí mismo y no encontraba problemas en la cotidianidad. Los esposos mostraban en público, con naturalidad, cómo se querían; no fingían, porque estaban satisfechos, siempre actuaban de buenas maneras, o al menos en las ocasiones que la narradora coincidía con ellos en la cafetería cada mañana, quien solo tenía palabras de elogio para ellos: tanto era así que afirmaba sentirse agraciada al verlos desayunar, y cuando no tenía esa suerte, los días se le hacían muy sufridos. De él decía que era ejemplar en sus formas, sabio y elegante, clásico, porque no llamaba la atención con extravagancias. De la mujer, que era educada, que también vestía bien, incluso con ropa informal, y por supuesto feliz. A Miguel Deverne le gustaba disfrutar, como pocos saben hacerlo, con los detalles más insignificantes que convierten la vida en una aventura apasionante; y Luisa, que nunca se despegaba de él, era en este sentido lo mejor que le había pasado, casi más que los dos hijos que tenían en común.
La novela nos va dando cuenta de las diferentes posibilidades que puede saborear una persona en función de cómo se vayan presentando los acontecimientos. Luisa tiene una conciencia distinta, que seguiría siendo la misma si viviera su marido, de la que tenía cuando Miguel aún no había fallecido. Y es que es la conciencia un aspecto capital en esta obra, hasta tal punto que actúa como un eje filosófico del relato. Marías sitúa este tema de la conciencia en el grado más alto cuando profundiza sobre la conciencia de la muerte, asunto representativo de la filosofía. Si bien Marías no se considera un filósofo, no obstante, entra de lleno en la configuración de una filosofía de la conciencia; si bien no es un filósofo, sí, en cambio, un sabedor de la conciencia que expone sus conclusiones en términos literarios.
Así, hondas reflexiones acerca de la muerte se hace Miguel Deverne cuando conversa con su amigo Javier: lo que puede ser el mundo si estuviera muerto. Se erige, como el “ser para la muerte” de Sartre, la más pura conciencia del existir frente a la nada que es la muerte, y también ante los casos de obsesiones y tormentos que están detrás de una enfermedad irremediable o el suicidio. Palpitantes apuntes ofrece Marías sobre la idiosincrasia de la conciencia, cargados de minuciosidad y descripción rica en matices que, como ocurre en las películas de Hitchcock, lleva a que las intervenciones de los personajes sean demasiado largas para tiempos tan caracterizados por la irreflexión y los eslóganes cortos e impactantes, aunque sin perder un ápice del sentido de la realidad, sobre todo cuando la intriga y la cábala alcanzan su punto culminante; y a pesar de dotar a los niños de un estado de conciencia exagerado.
Ese elemento de la conciencia aborda el trato entre personas. Por un lado, aparecen gentes con las que nunca hemos pensado que íbamos a coincidir y pasamos a verlas con frecuencia; por otro, están con nosotros las que queremos tener siempre y, sin embargo, se alejan y desaparecen, o mueren sin que estuviéramos de acuerdo en dejarlas ir. Y entre estas relaciones sociales aterriza la idea del amor romántico, del que uno está dispuesto a iniciar un camino de ansiedades e inquietudes, o incluso a matar por una mujer. Aquí Marías presenta el amor como una enfermedad propia de los que, ante el objetivo de poseer al ser amado, son capaces de enajenarse, de negar la realidad y la verdad, de forjarse una ficción y vivir en ella, en suma de cumplir con los patrones culturales, sociales y psicológicos del amor romántico que exigen la sobreactuación y el sufrimiento de los amantes frente a los obstáculos.
Deverne fue asesinado por un loco que estaba enamorado de su mujer, el cual pone fin a la felicidad de una pareja que bien suponía la antítesis del amor romántico, pues vivía en el horizonte despejado de un amor en calma, el que no atiende a los miedos de la agitación romántica, ni dispone protocolos, ni complementa con adornos y artificios, ni se recrea en las apariencias y los rencores, ni teme los impedimentos que surgen en el día a día. En el fondo, esta novela es un cántico a vivir el presente y a no dar demasiada importancia a las cosas, a mirar adelante y disfrutar. “Hay que matar bien a los muertos”, decía Ortega y Gasset; y Luisa Alday entierra el recuerdo de la muerte de su marido y decide pasar sus días de la forma que no tenía prevista. ¡Qué caprichosa es la vida!
Por Enrique Cabrero Blasco