Cómo salir de un territorio ocupado
viernes 17 de junio de 2011, 15:58h
Si el lector de esta columna hace memoria, el presidente Obama anunció, hace aproximadamente un año, que en julio de 2011 se iniciaría en Afganistán la retirada gradual de las tropas americanas allí estantes. Éstas serían substituidas por contingentes militares y otras fuerzas de seguridad autóctonos. Se supone que deliberadamente adiestrados para repeler el acoso primaveral de la insurgencia talibán.
El pre-aviso presidencial generó diferentes opiniones en su momento. Robert M. Gates, desde su reducto en Defensa, propuso una retirada de tropas a “cuenta gotas”, mientras que Leon Panetta -el hombre clave de la CIA en Washington (destinado a partir del 1 de julio a orquestar la “desescalada” americana de Kabul)- fue del criterio de que la reducción del peso militar de Estados Unidos en Afganistán había de empezar siendo algo “notorio”, que se evidenciara.
Por su parte, Anders Rasmussen, secretario general de la OTAN, viene velando con sumo cuidado los pasos del aparato defensivo-ofensivo de que Occidente se dotó en 1949 para garantizar la seguridad del hemisferio norte. Se supone, pues, que las fuerzas de la OTAN continuarán “vigilando” el estado de la situación interna en Afganistán luego de culminada la evacuación militar americana en menos de dos años. Sin embargo, la alocución de despedida que, por su parte, ha pronunciado Gates en Bruselas, ha repercutido no sólo en los países-miembros más conspicuos de la Alianza Atlántica, como son Gran Bretaña, Francia e Italia, sino también en toda la Unión Europea. No se olvide que el presunto club de las potencias conservadoras dedica cada vez menos recursos a defensa nacional desde la extinción del imperio soviético. Entre todas ellas sólo alcanzan a sumar una aportación que no excede del 30 % del total del presupuesto de la Alianza. Al secretario de Estado saliente no parece complacerle que se escatime tanto en Europa a la hora de asegurarse la defensa propia.
Por su cuenta, Kissinger ha vuelto a emerger en los círculos opináticos de Estados Unidos en relación con el asunto de “cómo irse de Afganistán”. (Irse de un escenario de guerra es siempre, para toda potencia imperial, un rompecabezas no menos trascendental que afincarse en un teatro de acción bélica para llevar a fin la estrategia prevista antes de que suene la pólvora. Un repaso fugaz a la Historia no hará sino corroborar con largueza esta acotación).
Según el ex-secretario de Estado de los presidentes Nixon y Ford, Estados Unidos se trasladó al Asia central para castigar a los insurrectos de Afganistán por proteger a la “maldita” organización internacional de turno, Al-Qaeda. Corría el año 2002.
Una vez reducida considerablemente la insurgencia y adiestradas las fuerzas del orden interior -que se suponen ser obedientes a Hamid Karzai y al gobierno en Kabul-, América declararía el cese del fuego para aprestarse a la observancia del orden nuevo en las provincias afganas. El guión posee un parecido de familia nada sorprendente con el que se redactó para aplicado en Iraq.
Una conferencia de alto nivel con los vecinos de Afganistán -algo más que vecinos territoriales, caso de Paquistán, de las bolsas de población musulmana de la Rusia actual y las de confesión religiosa similar situadas en el noroeste de China, así como en Irán, el otro maldito de esta historia-, vendría a cristalizar en un “statu quo” ¿defensivo?, sostenible en aquel frente oriental.
El final de la guerra en Afganistán sería -siempre según Kissinger- un punto y aparte. A partir de ese momento, a caballo entre 2011-2014, Estados Unidos habrá de concentrarse en elaborar una “mid-east policy” en consonancia con las revueltas árabes, premonitorias todas ellas de un resurgimiento digno de los pueblos que las están protagonizando desde el arranque de este año.
Sobre el papel, el transparente bosquejo de Kissinger tiene todos los visos de convencimiento con que su autor ha ungido las líneas maestras de su inserción geopolítica.
Los cálculos cívico-militares americanos, empero, no siempre coinciden con otras realidades concretas, detectables en la Zona. Como es, por ejemplo, el hostigamiento que los talibanes han reiniciado contra las tropas y las bases extranjeras establecidas en provincias como Laghman, Herat, o Helmand; o la desaparición selectiva de víctimas, como ha sido el asesinato del renombrado general Daoud Daoud, una de las claves de bóveda del proceso de construcción del principio de ley y orden para el norte del país de marras.
Para algunos consumados expertos en esta historia, no se trataría sino de episodios que proclaman la situación desesperada de la insurgencia afgana, la agonía de su ocaso. No falta, empero, quien opina que se trata de un intento claro de reiniciación de la ofensiva talibán, no desprovista del todo de capacidad de insurgencia tanto contra los invasores, como contra los nativos que han acatado pautas “extranjeras”.
|
Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
|
|