Regeneración social y refundación del socialismo
viernes 17 de junio de 2011, 16:09h
Regeneración, dicen unos. Refundación, añaden otros. Revolución democrática, quieren los más jóvenes. España revisa su actualidad política y vuelve la mirada hacia atrás convirtiéndose en estatua ciega de sí misma incapaz de asumir el pasado y transformarlo en impulso de presente y futuro. La denominada Transición fue posible gracias al fondo de confianza generada por años de sufrido trabajo dentro, fuera de casa, y a la sonrisa de Europa por las costas españolas en época veraniega. La acumulación de agua en los embalses permitió riqueza energética y agrícola. Los productos de la huerta fueron carta de presentación en la entonces denominada Comunidad Económica Europea (Tratado de Roma del 25 de marzo de 1957), a la que España se adhiere el 12 de junio de 1985, ¡casi treinta años después de creado tal organismo! La sociedad estrenó garbo y los nuevos ricos adquirieron modales. Se extendió la educación a sectores antes apartados de la cultura oficial. El hierro, el paño, la fruta y verduras, carne y pescado, propiciaban, con la historia, ministros al rostro remozado de un régimen que había inventado la democracia orgánica para lavarse el sudor de décadas y estirar las arrugas por cierto tiempo.
Este preámbulo tendió la alfombra -no nos engañemos- a la entrada de España en la Unión Europea con gran alborozo aquí dentro y cierto crédito político en Alemania, Francia, Inglaterra, Italia, algunos países nórdicos y Estados Unidos. Alemania apostó firme por el giro social español ayudando en las primeras campañas electorales al candidato popular del socialismo. Transcurridos algunos años, pocos, quien más se había significado en este empeño, el canciller Willy Brandt, terminó mirando hacia otra parte cuando de socialismo español se trataba, incluido el líder antes mencionado. Por aquí pasaron los más significados representantes de la política, economía, ciencia y cultura. Los miles de millones de euros que Europa invirtió en España hicieron la fortuna de muchos políticos, empresarios, banqueros y algunos advenedizos de una cultura raspada y recubierta con barniz de libre cambio. Las escuelas, institutos y universidades surgieron como hongos en pueblos, ciudades, capitales. Y donde había o aún no había albercas, brotaron piscinas, parques, áreas de reposo y recreo. Las carreteras se ampliaron y vimos autovías, autopistas, raíles de alta velocidad hacia el mar y su brisa salina. Se abarataron el vuelo en avión y las vacaciones.
Corría el dinero en contratas, subcontratas, créditos, hipotecas, derivados múltiples del mercado y las finanzas. Las campañas electorales salpicaron avenidas y muros con sofisticados carteles de fotogrametría. Los políticos, con corbata en los escaños y facundos en el estrado. Las corporaciones se fueron entreverando por inercia o englobadas en nuevos destinos. Se reestructuró el escalafón de sectores, niveles, oficios, cuerpos de seguridad del Estado. Se rebajó la exigencia de acceso a niveles y puestos de la función pública favoreciendo pruebas adecuadas mediante el sistema de interinaje. Los maestros pasaron a los institutos. Estos se escolarizaron. Se quebró la imbricación entre Instituto y Universidad, cuyas aulas se abrieron masivamente a una enseñanza ya menguada y sus tarimas vieron muchas veces en las cátedras más el fruto del esfuerzo democrático que la valía académica. Unos y otros, y por aquel orden, fueron ocupando los nuevos cargos sindicales y políticos en ayuntamientos, diputaciones, organizaciones de partido, parlamentos, bancos, cajas de ahorro, periódicos, revistas, medios audiovisuales. Se democratizó también, y como corresponde, el enchufe, a veces con técnicas refinadas. Estrenamos una nueva clase social, la política y su entorno burocrático. Los representantes libremente elegidos enfundaban el cuerpo con el título del cargo. En los medios diplomáticos y emigrantes de París -lo oí más de una vez- se decía en los años ochenta que a algunos dignatarios les quedaba ancho o largo el traje.
Pronto se dejó sentir de manera palpable, y sonante, el efecto de esta remoción. Había ojeadores de tierras venidas a menos con el forro de la zamarra dispuesto en pequeños bolsillos llenos de billetes aún tersos al tacto. Y en la puja por el precio, se abría la prenda, sin dudarlo, de par en par exhibiendo una banca ambulante. La propiedad fue cambiando de dueño y poco a poco en buena parte del suelo nacional. Había un pretexto claro: adaptar la economía y la producción a la nueva realidad europea. Hubo sectores de transportes que se alzaron con la vara de medir terrenos, sopesar cosechas y repartirlas por los países comunitarios. A veces, se perdían por el camino y nunca más se supo de ellas. La banca hacía el agosto y ayudaba con sus equipos técnicos a redactar un futuro sin precedentes. Parecíamos algo. Una maravilla.
Pronto se fue viendo el vacío formal de esta Transición. Aparecieron los agujeros, los pozos sin fondo. Se incrementó la semántica que había servido, en parte, para justificar los cambios. Con el cuento del franquismo, del que casi todos habían participado de una u otra manera, se anuló la disciplina en las aulas. Los temas de estudio y oposiciones reducían su extensión y exigencia de conocimientos. Se vació el contenido de muchos valores. Se ocuparon puestos de significado prestigio con escasa formación metodológica. Nada valía si al pasado reciente miraba. Los gestos ya lánguidos, pero aún calientes, de ciertas actitudes dictatoriales eran buen pretexto para este ejercicio de zapa contra cualquier criterio que pudiera significar una justificación del pasado ya histórico o viniera de instancias asociadas al poder reprobado. Y esta crítica fue mordiendo la conciencia de muchos demócratas por no haberse significado de modo más explícito y eficiente en aquellos años, reconocidos, de inédita bonanza.
Quien analice los apaños y tejemanejes políticos, jurídicos, burocráticos, económicos, académicos, mediáticos, sociales, de la Transición, verá que aquel vacío formal es la ausencia presente de contenido orgánico. Hubo una revolución administrativa política y socialmente interesada. Al entreverar la urgencia de intereses y oportunidades, no se cuidaron las formas y modos del reparto monetario de la transacción y con dinero internacional prestado. Algunas familias, empresas y consorcios colocaban a familiares y afines en los dos partidos y sindicatos más notables para jugar cómodamente a doble banda. La inscripción en asociaciones progresistas era un índice de crédito y aval de promoción pública. El cruce de siglas y credo fue notable, en conjunción de tiempos. Hasta la Iglesia se vio afectada por la ola del cambio burocrático y, en la base, sociopolítico. Y hoy no sabe qué hacer con el rescoldo de aquella crítica que se vuelve contraria y niega los fundamentos de que se servía.
El desfondamiento semántico de entonces es la cáscara vacía de hoy. Sobre la democracia revierten los cachos no bien engullidos de aquella mordedura. El fondo de improvisación crítica minusvaloró esta pérdida de crédito social que convierte a la democracia española en careta de una dictadura vergonzante asimilada por las nuevas familias del poder burocrático. Todos los líderes terminaron sus mandatos con problemas y escándalos sociales: golpe de Estado, terrorismo, huelgas, corrupción, impotencia de continuidad y creación sistemática. Faltan ideas. No asoma el futuro. A cambio, se ofrece pedagogía ingenua, demagógica. Se suple la formación con las siglas. Y una vez más, se juega con las personas y se adapta el ejercicio del poder a las instancias de partido, sindicato y afinidades electivas. El lenguaje pierde potencia convertido en mercado. Y la culpa del daño va a cuenta de la crisis monetaria internacional cuando aquí ya olía el tufo por todas partes. La recesión global llovía sobre mojado, pues hubo connivencia monetaria y burocrática con los mercados gigantes del acoso y derribo.
Ahora pedimos regeneración de la sociedad y refundación del socialismo. Confiar la primera solo a un posible cambio de partido en el Gobierno, sería ingenuidad social, política, económica y, más grave aún, intelectual. Creer, por otra parte, que una refundación completa del partido socialista, basada en un giro de programa, estrategia y modo organizativo, como propuso Ignacio Sotelo poco después de las elecciones de mayo, supondría la refundación del socialismo, requiere una fe social profunda de nuevo cuño. Y no se aprecia por ninguna parte esta revelación espontánea. Cambiado el fondo histórico de las relaciones socioeconómicas y estructurales; ineficiente y banalizado el concepto socialdemócrata de trabajo; entreveradas las variables de tiempo, más veloz que nunca, y espacio, polimorfo -deslocación empresarial y laboral-, con la movilidad de capitales y aceleración embrionaria de redes interconectadas; mutado el concepto mismo de “capital” humano y económico; obsoleto el discurso uniforme de lucha de clases y sustituido por subgrupos de género y color medioambiental; generadas nuevas esferas sociales, como el sector lúdico y deportivo, millonario…; habida cuenta de todo esto y otros índices de sobra conocidos, el recurso a la memoria histórica como espejo de futuro a través de una reconversión forzada del pasado, y a destiempo -¡menudos anales!-, parece más bien refugio imaginativo de carencia ideológica y falta de técnica analítica de la circunstancia. Sin duda, vacío de imaginación para inventar el futuro del presente, siempre necesario en la vida humana. Diríamos que se esboza lo que en psiquiatría se entiende por un “padre” sustitutivo, cuya muerte proyecta fantasmas e induce a reformar el paso del tiempo conforme a deseo propio y no a la lógica, si la hay, de los acontecimientos. La muerte del “padre” incluye muchas veces la necesidad de su fantasma, disimuladamente vivo. La dialéctica requiere metafísica. Y esta contraposición lleva la misma tesis dentro.
Así ha de entenderse la obsesión enferma por mantener la figura de Franco con variados recursos de nemotecnia en el debate actual que nos urge. La semántica al principio evocada recubre el vacío de valores con la sombra recurrente de la dictadura como resquicio de escape y exculpación de malas gestiones, oportunismo político, en casos, bastantes, corrupción desvergonzada. El recuerdo de Franco resulta coartada dialéctica que justifique la incorporación de sectores terroristas y sectarios en el organigrama democrático. De este modo, el significado de esos adjetivos terribles va cambiando y las nuevas funciones crearán la ocasión propicia para nombrar con otras palabras aquellos actos delictivos. Pura estrategia de cálculo político, duela como sangre quien se sienta víctima, humillado, moral y humanamente agredido.
Sin personas, sin fundamentos objetivos de justicia, conocimiento, educación, cultura, convivencia, no hay democracia que resista. Los sindicatos y partidos políticos ya han cubierto la cuota de empleo posible para socios y adeptos. Aquella profusión transicional de los primeros años de democracia, se agotó. Ya no hay sitio, o no lo hay suficiente. Quienes pretendan vivir de la opción política con el recurso simple de la estrategia y maña interna de grupo, no encuentran alternativa. Por otra parte, los sectores financieros han reducido los márgenes técnicos de confianza, pues ahora compiten en mercados cuyas exigencias ya no dependen tampoco en exclusiva del partido que gobierna o se opone. Aparece entonces un remanente o suspensión social de público que se siente excluido como resto democrático sin perspectiva clara y definida. No se sienten representados por las urnas. Acosan a quienes han sido elegidos y proponen formas poco fiables de conducta política. Y para ello recurren precisamente a los medios que el sistema denostado les procura. Entre ellos, la anuencia subrepticia de un nuevo “padre” putativo y el convencimiento de que todos podemos subir al estrado del poder con representación individualizada. He aquí un espejismo falaz derivado de la teoría comunicativa de Habermas y de la confusión de la pantalla líquida de los medios técnicos con la asamblea pública. El Ordenador Universal, totalitario. Cada individuo, un voto, es decir, un clic, y permanente. La nueva conciencia social exige una representación ya no orgánica, pero sí hipertextualizada. Y el sistema informático desplaza y fragmenta el número e imagen del trabajador clásico sustituyéndolo por otro de rostro oculto. Lo dice el sociólogo socialista antes citado y lo repite el antiguo presidente de igual sigla política, asesor del futuro comunitario de Europa: ya no hay garantía de trabajo acorde con una especialidad concreta ni de por vida. El concepto de trabajador futuro, ya actual, implica la inclusión del desempleo en fases de su vida y una formación polivalente. Entiéndase: su actividad debe adaptarse al Ordenador citado según la pantalla tecleada.
Mientras tanto, el ruido del ambiente ensordece el resultado de las urnas, el éxito de unos y, aprovechando la coyuntura, el fracaso político de otros. Chapeau, mon vieux.
Prueba evidente de que el sistema democrático español aún arrasta espectros psicológicos de un pasado insuficientemente deglutido y de un presente sin perspectiva. Demasiada huella. Rastro excesivo. Sobradas poses. Parpadeos. Orfandad peligrosamente suicida.
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Filósofo, Catedrático de Lingüística y escritor.
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