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El museo portátil de Francisco de Quevedo

David Felipe Arranz
martes 28 de junio de 2011, 22:05h
Cuenta el abad don Pablo Antonio de Tarsia en 1663 que Quevedo “se adelantó a lo más recóndito de las noticias literarias y agudezas de la pluma” y que “fue tan incesable su estudio que no sólo no desperdició momento de tiempo: antes lo quitaba a las ocupaciones precisas y necesarias para emplearlo en leer libros y en hacerlos. Sazonaba su comida, de ordinario muy parca, con aplicación larga y costosa; para cuyo efecto tenía un estante con dos tornos, a modo de atril, y en cada uno cabían cuatro libros que ponía abiertos, y sin más dificultad que menear el torno, se acercaba el libro que quería, alimentando a un tiempo el entendimiento y el cuerpo”. Desde luego que no hay manjar más sabroso que el conocimiento de la verdad (aunque eso a muchos les moleste hoy en día sobremanera) y nada más reconfortante que gastar liberalmente las horas con graves autores, esos a los que llamamos los clásicos.

Además, Quevedo tenía una mesa larga que, según continúa relatando Tarsia “cogía el ancho de la cama, con cuatro ruedas en los pies para llegársela con facilidad, despertando la noche para estudiar, y en ella muchos libros prevenidos, y pedernal y yesca para encender la luz, pues solía tan a deshora comenzar su tarea que, por no aventurar los ratos de la noche muy acomodados para el estudio, no aguardaba a que un criado le trajese recado de estudiar”. Tampoco mientras se desplazaba en coche por las calles abandonaba Quevedo la lectura ni la escritura, pues “andando por las calles en su coche, acostumbraba llevar consigo papel y tinta para apuntar lo que podía ofrecerle su continuada aplicación, que solía traerle en el interior tan elevado que, encontrando a algún amigo, no reparaba a lo exterior de los cumplimientos y cortesías”.

Sin embargo, causa todavía más asombro la existencia de lo que Tarsia llama el museo portátil del autor de El Buscón: “en todos los viajes que se le ofrecieron llevaba un museo portátil de más de cien tomos de libros de letra menuda que cabían todos en unas bisaças, procurando en el camino y en las paradas lograr el tiempo con la lectura de los más curiosos y apacibles. Fue tan aficionado a libros que apenas salía alguno, cuando le compraba; y de los que se imprimían en España, le tributaban sus autores con un tomo”. El valioso testimonio del biógrafo sirve para que el estudioso de la recepción del texto en el Siglo de Oro extraiga algunas conclusiones sobre cómo leía un genio de las letras del barroco: “leíalos don Francisco no de paso, sino marginándolos, con apuntar lo más notable y con añadir, donde le parecía, su censura. Juntó número de libros tan considerable, que pasaba de cinco mil cuerpos, aunque después de su muerte ni aun aparecieron dos mil, por no haberle asistido persona de su confianza”.

La muerte le sobrevino al pensador madrileño el 14 de septiembre de 1645 en Villanueva de los Infantes y su enorme biblioteca fue a parar primero a la del duque de Medinaceli –su gran amigo–, en Madrid, y de allí a la iglesia y monasterio de San Martín, donde se mantuvo íntegra en su mayor parte hasta 1776. Lo cierto es que cuando Quevedo muere, una parte de sus libros se encontraba en casa de amigos o de agentes de negocios suyos, pero la mayoría estaban en su vivienda de la Torre de Juan Abad. Este volumen ingente de libros fue atesorándolo desde los tiempos de la Universidad de Alcalá de Henares, de Valladolid, de la Corte madrileña, de Sicilia, de Nápoles, de su cruel mazmorra en San Marcos de León –sí, a Quevedo el valido Olivares le echó el muerto–… Muy joven, con veinticuatro años, le escribe la siguiente carta a Justo Lipsio: “En cuanto a mi España, ¿cómo podré referirme a ella sin dolor? Vosotros sois presa de la guerra; nosotros, del ocio y la ignorancia. En vuestras tierras los soldados y nuestro oro se consumen; aquí nos consumimos nosotros. Faltan quienes nos den razones, sobran los que mienten”. Era el 24 de noviembre de 1604 y Quevedo podría haberla rubricado hoy en referencia a la casta política que ha llevado a la juventud española a tomar las plazas de las principales capitales del país: a eso se le llama clarividencia y perenne actualidad.

Quevedo, hombre del Diablo, hombre de Dios –como lo llamó René Bouvier– fue ante todo un personaje extraordinariamente culto, que combinó a la par acción y reflexión; Quevedo fue el polemista más audaz de la España del siglo XVII y, por qué no decirlo también, el más valiente. Eran aquellos hombres de otra pasta, hombres que defendían orgullosos su misión de escritor y de libelista. Fue Quevedo un precedente del cuarto poder ejercido por el periodismo más libre, el que desliza bajo el plato de Felipe IV la denuncia social y mordiente y lo pone como un trapo sin importarle las consecuencias. A tanto no se atrevieron nuestros primeros periodistas –Luis Cabrera de Córdoba, José Pellicer de Ossau y Tovar y Jerónimo de Barrionuevo, que olieron el poste y mantuvieron una posición infinitamente menos beligerante–: “De modorras y letargos de príncipes adormecidos adolecieron muchas repúblicas y monarquías”, escribe Quevedo en Política de Dios, gobierno de Cristo y tiranía de Satanás.

Y de reyes letárgicos y gobernantes modorros sabemos en España un rato largo, pero no nos importa quedarnos a la cuarta pregunta y mirar cómo va menguando nuestro poder adquisitivo, porque ya nos conocemos todos muy bien, que… “¡a mí, plin!”. Tal vez a nuestros dirigentes les hubiera venido bien un museo portátil como el que tenía don Francisco, que no saben de la misa la media y hacen gala de ello. “Misa digo, y me parece / que tengo mala conciencia, / que aunque siempre estudio, nunca / sé de la misa la media.”
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