En defensa de Grecia
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 01 de julio de 2011, 20:47h
Apolo Cumano lleva llorando cuatro días continuos. Y es que el mismo pueblo que salvó a Europa de la barbarie asiática e hizo posible en su árido suelo el nacimiento de la rosa de la Democracia y la libertad política, está siendo en estos mismos momentos estrangulado y asolado sin piedad por la barbarie germánica, que exige que le devuelvan un mezquino munusculario a base de subir el IVA del pueblo griego hasta lo inconcebible, hasta las alcabalas del viejo Imperio Romano. Europa avanza hacia el IV Reich sin la necesidad de las columnas de blindados de Guderian o Manstein. Pero si Grecia aguanta ahora el ataque bárbaro de la horda germánica despiadada, pilotada por Ángela Merkel, volverá a salvar a Europa como antaño hicieron ante Darío y Jerjes los griegos Milcíades y Temístocles.
Como en todas las guerras, antes de la devastación y la conquista, se denigran previamente los habitantes del pueblo a abatir: son vagos, genéticamente corruptos, tramposos, facinerosos, irresponsables, no pagan impuestos, son contrabandistas, son malhechores, ya no son los griegos antiguos, sino que están cruzados con razas inferiores. De suerte que cuando llega la aniquilación y esquilmo de la economía griega todo el mundo va a entender la alta responsabilidad europea de Alemania. Para bien de la Europa seria y trabajadora, es decir, Centroeuropa, Alemania impondrá grilletes a los habitantes de los pueblos mediterráneos y les garantizará el pan negro cotidiano. La soberanía de los pueblos desaparecerá, asintiendo o diciendo amén los aterrados Parlamentos Nacionales a todas las medidas egresadas de la oficina económica del IV Reich. La civilización germánica, la gran cultura alemana, aplastará, por fin, ese pueblo de medio turcos y medio eslavos del Bajo Danubio que tiene “un Gobierno de cachondeo”. Y luego vendrán los iberos, claro. Y el IV Reich seguirá adquiriendo derechos con acciones abominables. Que es de locos, siendo pequeños, asociarse a los grandes, ya nos lo decían las fábulas de esclavo griego Esopo. En cualquier asociación económica compuesta por países grandes, medianos y pequeños, los pequeños estarán siempre al servicio de los grandes, si no se coaligan previamente con los medianos. Así lo entendió Aznar cuando se coaligó con Polonia y otros pueblos eslavos ( como la Eslovaquia de Radiçova ) que se incorporaba a la UE. Si no es así, eslavos, latinos y mediterráneos seremos los “hipomeyones” del IV Reich, objetivo que ya tenían en la mente quienes pilotaron el III Reich.
Antes del nacimiento del Mercado Común, Charles De Gaulle, se oponía a Jean Monet y a Robert Schumann, porque entendía que antes de levantar la futura Europa “total”, había que hacer una asociación de pueblos latinos capitaneados por Francia que neutralizase el peligro reiterativo de los pueblos germánicos. “No conviene a nadie que Alemania vuelva a tener la posibilidad de hacer daño” ( Memorias de la Esperanza. La Renovación ). Creímos erróneamente los liberales europeos que Nicolás Sarcozy resucitaría el gran legado de nobleza francesa del General De Gaulle, siguiendo el espíritu nacional representado en Juana de Arco. Nos equivocamos. No tiene la talla. Y eso que sólo Francia, una vez más, puede salvar la libertad de Europa.
Los griegos no deben caer en el inmovilismo social y el marasmo moral. En vez de que Grecia renuncie a sí misma, disipándose en taimadas nubes supranacionales de la humedad bancaria alemana, abandonado su destino a la hegemonía germánica, dejando a los teutones toda la política exterior y la economía, esto es, la entera soberanía, debe hacer valer sus personalidad milenaria entre sus vecinos mediterráneos, levantándose patrióticamente contra un gobierno que acepta ser un protectorado de Alemania, renunciando a toda soberanía griega sobre su futuro y su destino. Grecia debe volver a estar presente en los más nobles pensamientos, las actividades culturales y las esperanzas del universo. Grecia debe ser guiada hacia lo alto. Lo exige su pasado. El glorioso pasado griego que no lo ha tenido ningún otro pueblo – y menos que ninguno, la bárbara Alemania – debe reunir los corazones y las mentes de todos los griegos, debe suscitar en todos un esfuerzo nacional que les sitúe en donde les corresponde por derecho propio, y restaure el crédito político de Grecia.
Todo demócrata europeo debe ser hoy un Lord Byron. ¡Viva Grecia! ¡Viva la sagrada tierra de Pericles!
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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