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Calatrava-Barceló

jueves 07 de julio de 2011, 21:51h
Uno de los acontecimientos de la historia moderna que mas me sorprenden e impresionan, es la formación de los Estados Unidos y sus reglas de juego, su Constitución.

Admira la clarividencia de los redactores de este documento que ha regido los destinos de esa pujante nación, manteniéndose vivo y actual después de mas de doscientos años.

De acuerdo con esas normas el juego político se desarrolla allí con un vigor admirable.

Hemos visto, recientemente, como el pueblo participa en el agotador sistema electoral, buscando y seleccionando a los mejores para regir los destinos de su nación.

Se analizan implacablemente los valores de los candidatos que se postulan y los adversarios se investigan hasta la crueldad para exhibir, públicamente, los defectos y carencias del otro.

Pero, una vez acabado el proceso y elegido el que el pueblo soberano considera el mejor, se pone bálsamo en las heridas, se olvidan los agravios y se prosigue la búsqueda de los mejores, para puestos subalternos, estén donde estén, en la empresa privada, en las instituciones, en el partido adversario, incluso, como estamos viendo, hasta al adversario mismo se incorpora al proyecto propio. Envidiable.

Envidiable, sobre todo visto desde España, donde, no se sabe desde cuando, cada una de sus mitades se dedica, incesantemente y sin ningún escrúpulo ni objetividad a atacar, descalificar, desmoralizar y si es posible anular o destruir el pensamiento y las obras de la otra mitad.

Restar y dividir en vez de sumar y multiplicar. Esta perversión se lleva a todos los órdenes de la vida, incluso al cultural y artístico que es el que yo quiero, ahora, considerar.

Se exalta a los artistas de ideología afín o de aproximación interesada y se niega el talento más evidente a los que, por las mismas razones, se localizan en la otra mitad.

¿Hay cosa mas absurda que esta? ¿Se puede llegar mas lejos en el sectarismo, la estupidez y la afición a lo gregario?

Ejemplos no faltan, ni antiguos ni actuales, ni muertos ni vivos, pero pongamos dos, cada uno de una España, así se les sitúa, que están, ahora, en carne viva.

La cúpula que Miquel Barceló ha decorado en el edificio de Las Naciones Unidas de Ginebra, está haciendo llenar pantanos de tinta.

Una cosa es la financiación, de cuya eventual irregularidad es lógico que se pidan cuentas, así como de su aprovechamiento propagandístico y otra, la furiosa actitud de ciertos voceros de una de esas dichosas dos Españas que, disparando al bulto, intentan arrasar, también, infantil, injusta, ciega e irresponsablemente, el sólido prestigio artístico y personal de Barceló.

Un artista, gran trabajador, infatigable en su afán de continua búsqueda y renovación, austero y nada dado al autobombo y la propaganda, con una envidiable trayectoria y un reconocimiento universal, cotizado y con una obra presente en los grandes museos y colecciones..
Uno de esos españoles de los que es difícil no sentirse orgulloso, sea cual sea el grado de aceptación personal de su obra y que, cualquier nación desearía tenerlo como propio.

A este gran artista se le ha tachado de todo en lo personal, hasta de ruin por cobrar por su trabajo y lo que, aun es peor, se ha descalificado y ridiculizado su obra, sin verla, claro. De “gotelé extremo” se la ha, cruelmente, calificado, nada menos y lo que aun es peor se ha tratado de menospreciar su brillante trayectoria.

Penoso comportamiento que da vergüenza ajena.

Vamos, ahora, con Calatrava, para mi gusto, el artista español, vivo, más importante. Será muy difícil que surja otro de su nivel en este siglo No solo es un gran arquitecto, sino que su actividad como escultor, todavía no bien reconocida, es de similar nivel.
Sus obras, tan personales, tan coherentes, tan iguales y tan distintas, son tan bellas y tan líricas, que no se cansa uno, nunca, de mirarlas y encontrar en ellas, siempre, algo nuevo. Como el mismo nos dice, “la arquitectura debe aportar una dimensión poética a las ciudades. Los edificios tienen alma”.

Es un gran privilegio para cualquier ciudad poseer una obra suya y cualquier esfuerzo económico merece la pena pues contribuye, decisivamente a su embellecimiento, modernización, desarrollo urbanístico más exigente y hasta invita a cambiar el rumbo y horizontes de la ciudad y sus habitantes. Es el caso de Bilbao y el Guggenheim de Ghery.

Valencia, aprovechando la oportunidad única que ofrece el antiguo cauce del Turia, ha tenido el coraje de situar, no una, sino un rosario de obras del gran arquitecto que honra así y es honrado por su patria chica.

Los promotores de tan magno proyecto, que será considerado, en el futuro, como un milagro, deberían tener, ya y para siempre, el reconocimiento de los valencianos y de todos los españoles.

Pues no es así, ni mucho menos; a Calatrava, localizado en una de las dichosas dos Españas, se le ataca desde la otra, tratando de minusvalorar su obra y allí donde pueden, sometiéndole a un trato altanero y prepotente, como es el caso del alcalde de Bilbao, al que nadie recordará dentro de diez años, mientras la memoria de Calatrava se conservara durante siglos.

A los valientes promotores se les acusa, desde las posiciones de la otra España, de frivolidad y megalomanía, obviando la apabullante evidencia de la relación causa efecto de las obras de Calatrava sobre la transformación, desarrollo, modernización, auge económico y prestigio de Valencia.

Aunque solo sea considerado bajo este punto de vista, la rentabilidad de las obras de Calatrava para Valencia, es de ciento por uno.
Para terminar; me desagrada tener que hacer la desesperante y vergonzosa consideración, para nuestra convivencia, de que la España atacada por la otra en el caso Barceló, es la que ataca a la segunda en el caso Calatrava y con las mismas sinrazones y “energumentos”.

Todavía me queda otra consideración aun más vergonzosa. Es descorazonador, que en los dos casos, se haya utilizado por las dos Españas, como moneda de curso legal, la burda y pedestre demagogia de denunciar que los recursos empleados en ambos proyectos, se han detraído, cruelmente, de su aplicación para el pan, las vacunas, la educación, la asistencia sanitaria a los niños, etc…

¿Cómo se puede pensar, todavía, así? ¿Cómo, si se piensa así, no se avergüenza uno de expresarlo? ¿Cómo si se expresa así no es descalificado, terapéuticamente, por los propios correligionarios?

¿Cuando acabará este absurdo y castrante enfrentamiento, de una vez por todas?

El año que viene si Dios quiere.
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