Políticos y banqueros de cabecera
José Antonio Ruiz
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
viernes 08 de julio de 2011, 22:20h
Aves de corral. Cine negro made in Spain: Atraco a las tres. José María Forqué, 1962, con José Luis López Vázquez en el papel de Fernando Galindo, cajero de banco, ladrón de su propia sucursal, cien años de perdón.
Líbreme Dios de la tentación de erigirme en defensor de causas perdidas como la de los banqueros, algunos de los cuales han desbancado a Macbeth como icono de la ambición, al conde Drácula como “chupasangres”, a Bonnie & Clyde como personajes legendarios; y a Los Dalton como aficionados de medio pelo a esta cosa del choriceo.
Pero tiene bemoles la ofensiva populista de este PSOE proleta de los descamisados en su intento de convertir en chivos expiatorios a los aprendices de usureros, teniendo en cuenta la incoherencia que supone la campaña del tiro al plato a la que estamos asistiendo, siendo como son los partidos políticos, empezando por el PSC, los mayores beneficiados por memorables condonaciones de sus deudas. ¡La caixa, o la vida!
Claro que (dicho sea con todo respeto), si hasta San Pedro tiene su Banco, o sea, el Istituto per le Opere di Religione, más conocido como Banco Vaticano, el mismo que estuvo a un padrenuestro de la excomunión por su implicación en el escándalo del Banco Ambrosiano ¿Por qué no iban a tener los partidos políticos su banco de cabecera?
El tufo demagógico chamusca hasta las cejas después de escuchar a Alfredo, el de El Milagro de P. Tinto, el «viejo roquero» (Maruja Torres, piropo dixit), y al tal Valeriano, el representante de enciclopedias casposas por fascículos que tirando de rima sostuvo con la mano la pancarta de la huelga general, y que ahora se ha propuesto suplantar, en plan chusquero, con su bigotito extemporáneo de Errol Flynn, la memoria de Robin Hood, el forajido que se erigió en paladín de los pobres y oprimidos.
¡Olé! los cojones del secretario general de UGT, Cándido Méndez, que por una vez en su vida ha estado, como diría Arenas, «cumbre», al exclamar, en un arranque tabernario, que este circo que se ha montado a cuenta de la propuesta del ex sindicalista liberado, partidario de establecer impuestos especiales a los directivos de la banca, es una «soplapollez».
Ahora bien, una cosa no quita a la otra. Que los gerifaltes (también llamados halcones) de JP Morgan, Goldman Sachs, Morgan Stanley, Deutsche Bank, Lloyds, Bankia y el resto de la tropa, tengan un salario indecente, será todo lo legal que sea, pero no deja de ser una provocación para quienes «no tenemos un puto duro», a lacrimógeno decir, a micrófono cerrado, de Esperanza Aguirre. Suele suceder, como el título del libro de Stiglitz, Cuando el capitalismo pierde la cabeza.
A unos y a otros, celebridades todos, les hubiera sido de mucha utilidad leer la entrevista que le hizo The Times (12.IV.89) al profesor Charles Handy: «Siempre digo a los ejecutivos que deberían ir a ver El rey Lear, porque ellos también estarán algún día por ahí fuera, errando por el páramo, y sin un coche puesto a su disposición por la empresa».
Sobre parecido planteamiento construyó su homilía, allá por el año 2003, el gobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, el mismo que tuvo que renunciar al puestazo al trascender que se lo montó con una prostituta de alto standing (la expresión se las trae), y que ahora, dicho sea al paso, se ha quedado sin su programa de entrevistas en la CNN: «Todo aquél que consiga un trabajo en una firma de auditoría, un banco de inversión o un consejo de administración debería leer La Hoguerra de las Vanidades. Como cuenta Michael Backman en su libro Asian Eclipse, el buen gobierno corporativo, como la virginidad, está bajo la amenaza constante de la tentación.
¡Vaya racha llevamos! Desde los tiempos de Molière no se recordaba una proliferación tal de avaros, reencarnados ahora en una singular especie mutante, los CEO’s, que, lejos de conformarse con un contrato blindado con un sin-número de ceros a la derecha, a menudo acaban emulando a Alí Babá, al tomar la bandolera determinación de abandonar por unas horas el nido de águilas culebreras, como la mafia calabresa, para ir directamente a por la bolsa de los doblones.
Ni una década hace que la última camada de chorizos de cuello blanco (elegantemente re-denominados “delincuentes corporativos” en la Ley de Responsabilidad Empresarial y Ética Corporativa que tan pomposamente presentó Elite Force Aviator, o sea, el guerrero sumerio George Bush), se fueron, los muy corruptos, con el rating entre las piernas, después de que quedara al descubierto que habían metido la mano en la caja registradora, una vez perpetrada toda suerte de manejos, chanchullos y trampas. Hay que retrotraerse muy atrás en el tiempo para encontrar tantos saqueadores como los vándalos tan bien descritos por Voltaire.
Pero debe ser que el ser humano es un individuo de difícil escarmiento, pues no parece que hayamos extraído conclusiones edificantes de aquel comportamiento espurio (del latín “spurius”, bastardo, degenerado) de muchos gestores que en un suspiro pasaron, de “venerables” ejecutivos objeto de admiración y deseo, a bandidos malvados en busca y captura, después de haber hecho de todo y nada bueno, maquillando las cuentas, contabilizando gastos como inversiones, inflando los ingresos y escondiendo los pasivos, o sea, la galopante falta de liquidez de los chiringuitos, para prolongar la agonía.
Conocidas son las críticas despiadadas de Cynthia Israel, accionista de Burton Group, S.A., el día que tuvo conocimiento del plan para ayudar al presidente Ralph Halpern a comprar una mansión en Hampstead: «Haces que, a tu lado, Al Capone parezca un ratero de tres al cuarto».
«Si las acusaciones resultan ser ciertas, tendrán que despedirse de sus pelotas», como auguró hace ya muchos años, en otro contexto bien distinto Kenny Mullins, un minero del carbón, refiriéndose a Arthur Scargill, presidente de la National Unión of Mineworkers, acerca de una posible malversación de fondos donados al mencionado sindicato minero británico durante la huelga minera de 1984-85.
Sobrado de razón anduvo el semanario The Economist cuando en el número especial conmemorativo de su 160 aniversario, titulado «Capitalismo y democracia», sentenció que los más acérrimos enemigos del capitalismo son los propios capitalistas, para mayor ofensa de Adam Smith, Benjamín Franklin o Max Weber.
Comparado con la que se lió entonces, lo que acontece aquí en España, sin dejar de ser grave, se me antoja calderilla, más allá del secreto a voces del paraíso fiscal bebeuviano de Jersey, de los fondos marinos de las islas Caimán, o de la obscenidad que supuso el capítulo de las jubilaciones multimillonarias de Ángel Corcóstegui y José María Amusátegui, ambos dos «biempagaos», a quienes con sumo gusto hubiera dedicado su inolvidable copla el inolvidado Angelillo.
Si Alfredo fuera consecuente, encomendaría su cruzada contra los banqueros al ex presidente de Caja Castilla-La Mancha, el nunca suficientemente ponderado Juan Pedro Hernández Moltó, sujeto al que jamás se le conoció interés alguno por leer ni el Informe Winter, ni el Código Olivencia ni el Informe Aldama; el mismo que, siendo diputado del PSOE, inquirió a Mariano Rubio con el famoso ¡Míreme usted a los ojos! (…) Hay que tenerla como el cemento.
Claro que en caso de duda, también podría recurrir a Narciso Serra, el pianista fulero que después de tocar el violón como ministro de la Guerra con Felipe fichó como presidente por Caixa Catalunya.
Aves de corral. Si algo tienen en común partidos políticos y bancos es su afición por la letra pequeña. Será que nos siguen tomando por gilipollas.
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Periodista
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jantonruytelefonicanet/9/9/20
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