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participa en el festival de teatro clásico de mérida

Ernesto Caballero: “Antígona se rebela contra el relativismo”

domingo 17 de julio de 2011, 09:22h
El dramaturgo y director de escena Ernesto Caballero presenta en el Festival de Teatro Clásico de Mérida una versión de "Antígona", personaje que domina este año la cita emeritense. Y en el madrileño Teatro Marquina se representa con gran éxito su obra La fiesta de los jueces, basada en El cántaro roto, de Von Kleist
La protagonista este año del Festival de Teatro Clásico de Mérida es "Antígona". Usted ha realizado una de las tres versiones que allí se estrenan. ¿Por qué cree que Antígona inspira hoy tantas relecturas, superando incluso a los otros mitos griegos: Edipo, Fedra, Ayax…?
Ernesto Caballero: Sí. Parece que “Antígona” gana por goleada. Para mí fue un encargo del Festival de Mérida, aunque un encargo de los más gozosos. Me puse a trabajar en el texto y claro ¡son tantos niveles! Evidentemente, hay uno muy destacado, más allá de la gran pregunta de qué hacemos con nuestros muertos, cómo dialogamos con nuestros muertos: es la apelación al perdón, a la flexibilidad, a los riesgos a los que aboca la intransigencia. Esto le ofrece un enorme interés. Asimismo el conflicto entre eso que se llama las leyes de la sangre, la religión… frente a un ordenamiento civil, fruto de un pacto social, está muy vigente. Es una obra muy compleja, no es maniquea. Creonte, encarnación del poder, no es el malo de la película. Tiene sus razones. También hay otro aspecto en la obra que explica su vigencia. Somos tan pusilánimes, estamos acobardados: no defendemos nuestras convicciones. Aunque creo que ese es el anhelo de todos. Y eso lo personifica una niñita que se llama Antígona, que es capaz de enfrentarse a toda la maquinaría del poder, a todo el poder establecido, por una convicción. Y pienso que con eso nos identificamos. Hoy es la heroína por antonomasia. Porque Edipo quiere saber, pero ahora a lo mejor no estamos en el momento de querer saber, sino de querernos mantener. Tal vez Antígona sea la figura que se rebela contra el relativismo. Es implacable en sus pasos para defender unos principios. Por eso lanza un mensaje de esperanza y también por eso seguramente interese tanto.

Pero gran parte de las versiones de “Antígona” son políticas. ¿Es la relectura política el modo más eficaz de actualización de una obra clásica, o encierra un peligro de limitación?
E.C.: Bueno, depende del resultado. Yo creo que te enfrentas con un material y puedes decirte: quiero hacer un montaje casi arqueológico. Pero luego puedes ver tantas analogías que caes en la tentación de la transposición, y viceversa. Por ejemplo, yo, en principio, con “Sentido del deber”, quería hacer “El médico de su honra”, de Calderón, sin más. Pero poco a poco… llegó un momento en que me dije que para esto escribía la obra. Las grandes piezas tienen tantos niveles de significación, que, finalmente, si se conservan los grandes conflictos, las grandes pasiones humanas, si la anécdota no los entierra, es legítimo vestir a los personajes de lo que sea. Eso es muy anecdótico. El problema es cuando esa anécdota sepulta la grandeza de la temática, de los personajes, de los conflictos, y entonces lo único que quieres contar es esa pequeña anécdota y ahí es donde pierden muchísimo. Considero que con los grandes clásicos no se puede perder su hondura, su complejidad. A veces es mejor no meterse en camisa de once varas. Aunque todo depende del resultado. Yo soy cuidadoso con esto. Lo importante es que la grandeza de las emociones no se vea limitada por la anécdota. Da lo mismo que sean gánsteres de los años veinte o esquimales. Ves la película “Ran”, de Kurosawa, basada en “El rey Lear”, y te das cuenta de que ha mantenido esa grandeza, esa locura, esa frustración. Aunque llevando la historia y los personajes a Japón. Y dices: ¡bendito sea Kurosawa!

Su trabajo como “hombre de teatro” se caracteriza por una casi perfecta integración y equilibrio entre la tradición y la actualidad más inmediata. ¿Con qué estrategias se aproxima a un género o un autor del pasado para traerlo al presente?
E.C.: Para mí la influencia de los clásicos ha sido natural. Me parece falsa la pretensión de que uno crea desde la nada. Recuerdo, yo era muy joven, que Buero Vallejo, nuestro Buero, me dijo que desconfiaba de los autores jóvenes a quienes no se les veían las influencias. Y es verdad. Yo desde mis primeros textos quise que se vieran clarísimamente las influencias. Pensaba que alguien que escribe necesita maestros, y yo fui a buscarlos en los clásicos. Me encontré con el teatro del barroco, que en un momento dado fue para mí un grandísimo descubrimiento por esa potencia teatral que encierran sus obras. Y quise traerlo a la vida inmediata. El teatro tiene que reposar en esos dos pilares ¿no? Tiene que dar cuenta de la realidad, porque si no estaríamos haciendo una especie de ejercicio de nostalgia. Por eso los clásicos son un patrimonio que tiene que estar constantemente vivificado, revivido. Sobre todo, en sociedades como la nuestra, que tenemos uno de los mayores patrimonios teatrales de la humanidad. Lo sabemos, pero deberíamos sentirnos más orgullosos. Contamos con una riqueza apabullante. Ayer mismo estuve viendo “El castigo sin venganza”, qué gran obra, qué gran tragedia barroca. Es sobrecogedora.

Sin embargo no sólo trabaja con nuestros clásicos. Es reciente su reelaboración de “El cántaro roto”, de Kleist, hasta convertirlo en “La fiesta de los jueces”, ahora en cartel.
E.C.: Efectivamente. En el espectáculo he intentado mostrar, por un lado, el gran autor que es Keist, y, al mismo tiempo, como decía antes, hacer un teatro de compromiso con la realidad, un diálogo directo con ella. Hablar desde la escena a la sociedad de cosas de su tiempo, y que son de su tiempo precisamente porque trascienden su capacidad expresiva. “El cántaro roto” es un texto que me persigue desde prácticamente la adolescencia. Su trama, en principio sencilla, es una maquinaría perfecta de indagación –a mí me influyó mucho por ejemplo en un texto como “Auto”-, con ese nivel simbólico y simbolista que está en esta obra, una comedia romántica, pero llena de claroscuros, con unas zonas oscuras y con alusiones casi a lo diabólico, enlazando con la línea simbolista de Valle-Inclán, por ejemplo. Es impresionante esa caricatura o esos rasgos deformadores, pero al mismo tiempo cargados de humanidad, que vuelven a recordarnos al padre del esperpento. Creo que todo esto hace que lo que aparentemente es una farsa costumbrista sea mucho más que eso. Hay una ironía, una deliberada ambigüedad, que no es indefinición. Frases, preguntas, que generan tensión, incertidumbre, plenas de productividad teatral. Todo eso está en esa obra, que para mí es un artefacto preciso. Todas las grandes comedias encierran dolor y esta lo tiene. La figura de Kleist es fascinante, y, claro, porque murió como murió y cuando murió, sino hubiera sido clarísimamente el autor del romanticismo.

¿En qué está trabajando ahora? ¿Cuáles son sus proyectos más inmediatos?
E. C.: Lo próximo es hacer la versión y dirigir un Calderón, con la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Que espero sea una sorpresa para muchos, ya que es una obra muy poco conocida. A mí me la descubrió Antonio Regalado hace veinte años, y se titula “En esta vida todo es verdad y todo mentira”. Es una pieza que no le va a la zaga a “La vida es sueño”. Es una obra sobrecogedora, complejísima, que me apasiona. Ahora estoy terminando la versión. Empiezo a ensayarlo en noviembre y se estrena en enero en el Teatro Pavón. Y al mismo tiempo, trabajo en una versión de “La loba”, de Lillian Hellman, que dirigirá Gerardo Vera, en el María Guerrero, del Centro Dramático Nacional. “La loba” dio origen a una célebre película, interpretada por Bette Davis. En este caso, el papel protagonista lo hará Nuria Espert.




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