El declive de Occidente: ¿pero dónde está mi dinero?
lunes 18 de julio de 2011, 20:57h
Las agencias de calificación son los nuevos cuerpos de élite de los ejércitos del mundo. Actúan de vigía en la cofa que anuncia dónde está el leviatán, el gran cetáceo que surca los mares, la presa, el país. Hasta ahora, las tres agencias más importantes han sido Moody’s, Fitch y Standard & Poor’s, tres agencias norteamericanas. Sus criterios para determinar la calificación de una economía se han basado básicamente en tres puntos: la solvencia del gobierno, las previsiones de crecimiento económico y el deficit fiscal. Han repartido A’s, sobresalientes en el sistema educativo anglosajón, sin reparo. De la A pasaron a la doble A y de ahí a la triple A. Las A’ s se repetían y cualquier país podía aspirar a ser calificado como AAA, nombre, por otro lado, de la organización norteamericana que te recoge el coche cuando se te estropea en la autopista. Yo tuve la AAA cuando vivía en los USA, por lo que me sentía muy seguro a la hora de quedarme tirado: enseguida vendrían en mi ayuda.
Europa se ha quejado del trato que las agencias de calificación han dado y dan a sus países. España se queja de la clasificación de activos de bancos y cajas como activos de alto riesgo, no tanto porque no lo sean, sino porque ¿qué banco no los tiene en este momento? También se ha quejado de que no acepten las provisiones anticíclicas, partidas creadas por el Banco de España para intentar capear las crisis. Los que no tienen o perdieron la AAA se quejan de la inflación de notas, algo sobre lo que también se andan quejando en Harvard estos años. Cualquier saca una A. Pero, claro, luego viene la vida real que te pone donde estás.
La vida real es, en este caso, una humilde agencia de calificación china, la Dadong Global Credit Rating. Digo humilde porque no la conoce casi nadie y no forma parte del triunvirato. El noviembre pasado, tras varios avisos, la Dadong Global Credit Rating bajó la calificación a los EE.UU. de AAA a algo así como notable. En julio, lo ha incluido en los países de riesgo. Para hacerlo, se ha basado en la solvencia cada vez menor de su gobierno, en el casi nulo crecimiento económico y en el tamaño del deficit, musculoso en su crecimiento geométrico. China avisa. El 14 de julio, Ben Bernanke, presidente de la reserva federal de EE.UU. levanta las alarmas. Ese mismo día, Moody’s también lo hace. De fondo, Obama lucha por llegar a un consenso sobre el único asunto que por ahora puede salvar a su país de lo que Bernanke llama como “una terrible calamidad financiera”, elevando el techo de los 14’29 billones de dólares (14’29 trillones de los EE.UU) de la deuda americana, y dejando que crezca más. Con eso asegura pagos cercanos; pero enturbia el futuro. Los republicanos se niegan por el momento. No quieren dar esa arma a Obama, y quizá teman heredar algún día las arcas del país con una nota con unos números rojos de los que nadie se puede hacer responsable ya. Eso sin contar la caída que sufriría un dolar que está en sus momentos más bajos con respecto al euro.
Es de esperar que Dadong Global Credit Rating vaya ganado protagonismo. Por un lado, a China le interesa advertir a los EE.UU. de lo que hace mal (es el único en condiciones de hacerlo), de sus peligros, pero por otro, si los castiga demasiado y el dolar sufre una fuerte devaluación, China perdería mucho al haber hecho grandes inversiones en esa moneda. El dilema financiero crece y va abarcando a todo Occidente.
Occidente se va quedando sin cash. Tiene muchas tarjetas de crédito, pero el crédito no deja de ser crédito, y el plástico, plástico. Los gobiernos (salvo la ahorradora y por eso gruñona Alemania) han gastado lo que no tenían porque el crédito se lo permitía. Y ahora compran a China, que va haciendo caja, una caja que se antoja inmmensa. ¿Cómo salir de esto?: saliendo del crédito. El problema es que el sistema occidental se basa en crédito interbancario, hipotecario y personal, mientras que los orientales, con el modelo a imagen del “zaibatsu” japonés, tienden a que cada compañía tenga su propio banco y se autofinancie. ¿Han preguntado cómo se lo montan los empresarios chinos en España? Ninguno pide créditos. Eso lo dejan para otros inmigrantes y para españoles. Se autofinancian, siendo ese auto tan amplio como permite la familia, el clan.. o lo que sea.
Yo no sé ustedes, pero yo ya no voy a mi chino a comprar leche, galletas o patatas fritas. Voy a que me den lecciones de economía.