ENTRE ADOQUINES
¿Quién demonios se ha llevado mi queso?
viernes 22 de julio de 2011, 08:28h
Igual que en la fabula best seller que el psicólogo estadounidense Spencer Johnson publicó en 1998 titulada “¿Quién se ha llevado mi queso?”, en España continuamos preguntándonos de quién es la culpa de que ahora nos encontremos al borde del abismo económico y con una tasa de desempleo que raya la catástrofe. Se mira al Gobierno, con razón. Por supuesto a los bancos, a las economías igualmente perjudicadas de otros países, a los mercados y, por fin, a los especuladores que desde la sombra juegan con los más débiles para hacerse ellos mucho más poderosos. Está bien buscar culpables. Es, además, necesario, y mucho mejor que esconder la cabeza o mirar para otro lado. Nunca faltan noticias o simples sucesos cotidianos para que quien aún no ha sufrido de pleno en su piel los efectos de la crisis, pueda seguir transitando por los días sin querer pensar en que todo lo construido se pueda ir a pique por algo tan etéreo y fantasmal como las oscilaciones de los mercados que desconfían del perro flaco.
Pero mientras identificamos a esos culpables, de quienes, en realidad, somos todos un poco cómplices por creernos que las vacas de repente habían empezado a nacer siempre así de hermosas y los duros se nos daban alegremente a cambio de tres pesetas, parece de sentido común o de simple supervivencia que dejemos de mirar frenéticos a todos los rincones para señalar con el dedo a los responsables del desaguisado y empecemos a ser mucho más prácticos. Que mientras los tribunales se ocupan, como sería deseable, de investigar malas artes e imponer las correspondientes sanciones, paremos de una vez el carro de las vanas acusaciones y veamos entre todos la forma de frenar nuestros pasos antes de llegar al temible “point of no return”, es decir, al mismísimo borde del precipicio, esos últimos centímetros de tierra nada firme que sólo sirven para ser plenamente conscientes de que nos la pegamos.
Es terrible que en estos dos últimos años se hayan destruido de forma constante puestos de trabajo, mientras que crecía, también de forma constante, el número de funcionarios, o que cada día tengamos que conocer nuevos casos de políticos de todo signo que han utilizado el sagrado mandato del pueblo para enriquecerse y dejar a la familia y a los amigos colocados. Todos estamos de acuerdo, pero una vez identificados los malhechores, en lo que deberíamos concentrarnos es en exigir un acuerdo comprometido y serio, ajeno a demagogias políticas de cualquier signo, que sirva para garantizar la ejecución de los recortes imprescindibles para salir del objetivo al que apuntan los especuladores del dinero. Claro que es tremendamente injusto que ahora se tengan que recortar sueldos o pensiones, que tengamos que pagar por acudir a la sanidad pública o posponer la ansiada jubilación, pero, igual que le pasa a Kif, uno de los personajes del cuento de Johnson, si no empezamos ya a mirar hacia delante y nos dedicamos únicamente a protestar, con razón pero sin resultado, cada día seremos más débiles y llegará un punto en el que la salida del laberinto quedará definitivamente sellada.
En los últimos días, sesudos economistas franceses y alemanes analizan para el público de sus países lo que supondría el crac de una economía del tamaño de la de España para la castigada zona euro, y la mayoría coincide en que el impacto de un posible rescate de nuestro país resulta claramente inasumible. España se convertiría entonces en algo así como el Lehman Brothers de los bancos, la entidad que hubo que “dejar caer” para que la crisis financiera no arrastrara a las demás en su desplome. Por ello, culpables aparte, quizás sería mucho más provechoso que utilizáramos la voz no para protestar, si no para exigir de nuestros gobernantes que se ejecuten esas indeseables pero urgentes medidas de ahorro. Y que igual que Kof, el otro personaje humano de “¿Quien se ha llevado mi queso?”, dejemos de mirar para otro lado esperando a que escampe o de mirar para todas partes buscando un responsable, y entendamos, por fin, que cada día que pasamos paralizados intentando averiguar quién demonios se ha llevado nuestro queso es un día perdido en la larga y laberíntica carrera que nos espera para encontrar pronto un nuevo queso.