CRÍTICA
Bernhard Schlink: El fin de semana
domingo 24 de julio de 2011, 15:43h
Bernhard Schlink: El fin de semana. Traducción de Txaro Santoro. Anagrama. Barcelona, 2011. 232 páginas. 18,50 €
El polifacético escritor suizo Friedrich Dürremant actualizó para la cultura en alemán el conflicto entre la “ley” y la “justicia”, con pesimistas expectativas ante su posible armonización. Bernhard Schlink (Bielefeld, 1944), novelista, pero también profesor de Derecho y juez, entronca de nuevo con esa confrontación entre lo legal y lo justo, que alcanzó la fama internacional con El lector, novela merecedora de abundantes galardones -y llevada al cine por Stephen Daldry en un bellísimo filme-, que volvía a mostrar las tensiones y contradicciones entre “ley” y “justicia” en un proceso sobre la memoria histórica alemana. En El lector, Michael Berg, estudiante de Derecho, debe acudir a un juicio donde se reencuentra sorpresivamente con su madura amante Hanna, acusada ahora de crímenes de guerra nazis. El caso es claro y a la vez confuso, pues unos hechos que a los ojos de una ley genérica – y más aún, a los ojos de los juicios paralelos de los medios de comunicación sensacionalistas- exigen una expeditiva condena, la mirada de una auténtica justicia se encuentra con la inmensa complejidad del caso concreto, cuya resolución nos obliga a revisar todos nuestros principios y desechar todos nuestros automatismos y prejuicios esquemáticos. Aquí triunfa el Schlink novelista sobre el Schlink juez, sin que en ningún momento se deje de perseguir la verdad y dilucidar cuál es la auténtica justicia que merece una Hanna de poliédrica complejidad. El drama de la protagonista se resolvía con la categórica imposición de la ley y nos dejaba con la impresión de que la justicia había sido pisoteada en el caso concreto de Hanna, al unísono víctima y verdugo.
Ahora Schlink retorna a otra hiriente memoria histórica de su país, más cercana pero igualmente envuelta en tabúes y prejuicios, como fue la actuación de la Fracción del Ejército Rojo (más conocida como la banda Baader-Meinhof), grupo terrorista que nació a finales de los años sesenta en Alemania, responsable de numerosos atracos a bancos, secuestros y atentados, con resultados mortales, bajo la coartada de la lucha anticapitalista y antiimperialista, hasta que se disolvió en 1998. Así, en El fin de semana, un grupo de antiguos amigos se reúne en una casa de campo para pasar juntos viernes, sábado y domingo (cada uno de los tres capítulos de la novela se corresponde con esos días), rememorando viejos tiempos. Pero no es un encuentro cualquiera, pues uno de los asistentes es Jörg, ex miembro de la banda Baader-Meinhof, que, tras permanecer más de veinte años en prisión, acaba de quedar en libertad gracias a un indulto solicitado al presidente germano y que éste le ha concedido. La hermana de Jörg, Christiane, que parece profesarle una incondicional devoción, es quien ha organizado el encuentro. De esa forma, la “idílica” casa de campo alberga a una serie de personajes, además de Jörg y su hermana, muy bien caracterizados por Bernhard Schlink. Entre ellos, Ulrich, acaudalado empresario, con su mujer y su ingobernable y promiscua hija adolescente; Henner, periodista de éxito, Andreas, abogado de Jörg; Karin, pastora protestante y su marido; Ilse, profesora de instituto, que quiere dedicarse a la literatura, y en esos momentos está escribiendo una obra inspirada en los atentados del 11-S en Nueva York, y Marko, un joven radical que intenta convencer a Jörg para que vuelva a “la causa”. A estos se une Ferdinand, hijo de Jörg, criado por sus abuelos.
Lo que estaba ideado como un tranquilo reencuentro, tamizado por la nostalgia y la alegría de recuperar a una especie de “hijo pródigo”, va convirtiéndose en un explosivo cóctel, que encierra un cúmulo de tensiones y reproches –tanto directos como expresados a través de silencios, a veces más elocuentes que las propias palabras- perfectamente dosificados a lo largo del relato y que estallan con milimétrica precisión. Especialmente tirante es el enfrentamiento entre Jörg y su hijo, que simboliza un choque mayor entre generaciones. Es indispensable resaltar la acusación que lanza a su padre, pues toca de lleno esa exploración del pasado colectivo de sus compatriotas que Schlink realiza, y que tan patente está en toda su obra. No sólo en El lector y El fin de semana, sino también en El regreso –centrada en la historia de un soldado alemán, combatiente en la Segunda Guerra Mundial-, e incluso en la serie de novelas policíacas, protagonizadas por el detective Selb: “Tienes –le dice Ferdinand a su padre- la misma incapacidad para la verdad y el dolor que tenían los nazis. No vales ni un céntimo más que ellos, ni cuando asesinaste a esas personas, que no te habían hecho nada, ni después, cuando sigues sin comprender lo que hiciste. Vosotros os escandalizabais ante la generación de vuestros padres, la generación de los asesinos, pero os habéis vuelto igual que ellos. Tú deberías haber sabido lo que quiere decir ser un hijo de asesinos, y sin embargo te has convertido en un padre asesino, en mi padre asesino. Por lo que dices y demuestras, nada de lo que hiciste te produce lástima. Sólo lamentas que las cosas salieran mal, que te atraparan y tuvieses que ir a la cárcel, sólo te das lástima tú”. ¿Es cierta esta dura recriminación? ¿El ex terrorista Jörg únicamente se lame las heridas, con solamente un arrepentimiento formal para conseguir salir de prisión? En su caso, la ley se ha cumplido, pero ¿también la justicia? Ley, perdón y justicia entran de nuevo en una antagónica colisión ante la figura de este criminal.
Bernhard Schlink no hace simplificadoras novelas de tesis, huye de las figuras de cartón-piedra. Le interesa sobre todo remover las conciencias, situar a los individuos y a las colectividades ante sus contradicciones, confrontándolas a unas heridas del pasado que siguen muy vivas. Se ha señalado que los personajes de El fin de semana se acercan a los de una pieza de kammerspiel, movimiento teatral y cinematográfico alemán que buscaba la absoluta proximidad con el público. Esa proximidad, sin duda, la percibimos en este relato, y, en general, en toda la clarividente producción de Schlink, donde, ante todo, sobresalen la agudeza, pericia e inteligencia de sus diálogos. Los dilemas morales, los complejos interrogantes que desazonan a sus personajes son también los nuestros. Porque, más allá del caso concreto alemán que Schlink explora, en una sociedad donde la culpa está muy presente, aquello que plantea en sus novelas reviste un alcance universal: “Los estratos de nuestra vida reposan tan juntos los unos sobre los otros que en lo actual siempre advertimos la presencia de lo antiguo, y no como algo desechado y acabado, sino presente y vívido. Lo comprendo. Pero a veces me parece casi insoportable. Quizá sí escribí la historia para librarme de ella, aunque sé que no puedo” reflexiona Michael Berg, en El lector, poco antes de visitar la tumba de Hanna, su antigua amante. El filme de Stephen Daldry añadía algo más a través de una potente metáfora visual: convertía esa tumba en un dudoso lugar de espera donde recibir una definitiva justicia de una divinidad silenciosa.
Por Rafael Fuentes