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Una tragicomedia bufa

martes 26 de julio de 2011, 21:23h
Los más optimistas –que suelen ser también los más ingenuos- pensaban que la dimisión de Camps se iba a convertir, necesariamente, en una obligada referencia/exigencia para tantos socialistas metidos hasta las orejas en asuntos sucios en diversas regiones de la geografía política española. Muy especialmente, estimaban que los inequívocos responsables políticos del bochornoso asunto Faisán –el ministro de entonces y el secretario de Estado de entonces y ministro de ahora- se iban a sentir “aludidos” por el consecuente y elegante gesto del hasta ahora presidente de la Comunidad Valenciana. Pero se olvidaban de que, según parece, cuando se ingresa en las filas del actual partido gobernante se recibe un blindaje que les hace sordos e insensibles ante cualquier consideración de tipo moral. La ética de la dimisión, practicada por Camps, no va en absoluto con ellos ya que consideran el poder como una presa que hay que mantener contra viento y marea y diga lo que diga la opinión pública, el sentido común y la más elemental lectura de las normas materiales o procesales. La ética es una arma arrojadiza contra el adversario/enemigo nunca una serie de reglas a las que hay que acomodar la conducta, más que por imposición legal, por exigencia de la propia dignidad y por respeto al honor personal. Pero ¿qué digo? Ética, dignidad, honor…todos ellos son para los socialistas anticuados conceptos propios de una superada visión “burguesa” de la vida, de la sociedad y de la política que nunca pueden ser freno ante la desnuda voluntad de poder a toda costa y a cualquier precio.

El comportamiento del socialismo gobernante, sordo ante el clamor que exige que se vayan de una vez y que se convoquen cuanto antes unas elecciones generales refleja perfectamente ese mundo virtual -diseñado a su medida y ciego ante la inesquivable realidad- que tiene todas las características de una tragicomedia bufa que cada día que pasa hunde más a España en el insondable hoyo de la ruina, la mediocridad, el desprestigio y la ineficacia. Escuchando a los responsables socialistas, aquí no pasa nada y vivimos en el mejor de los mundos. Y lo que pasa no importa porque nos lo van a arreglar ahora mismo, dentro de un rato. Actúan como los bufones en una pantomima barroca. Rubalcaba se diseña una nueva personalidad política como si fuera un novato en estas lides y como si no conociéramos su larga trayectoria anterior. Pero ya saben aquello de la mona y su vestido de seda. De creerle, sería eso que llamaban antes “la gran esperanza blanca” de su partido y del país entero. Pero, ni vestido de arlequín, va a pasar inadvertido. Y mientras tanto la dócil fiscalía al servicio del Gobierno intenta dar una nueva definición del delito de colaboración con banda armada introduciendo el requisito de la adhesión ideológica a los fines de la banda. Feliz noticia para los vendedores de armas a bandas terroristas y demás traficantes con esta gentuza que casi se convierten en honorables negociantes. Y mientras tanto, se pretende echar por tierra una larga tradición procesal, arrancando el trámite de la instrucción penal a los jueces y entregándoselo a los fiscales, en un proyecto que parece copiado del estatuto de la “procuratura” soviética. Un nuevo golpe a la separación de poderes, básica exigencia liberal, democrática y constitucional, de la que en España van quedando ya sólo vagos residuos.

Las patentes pretensiones de Rubalcaba de halagar al llamado movimiento del 15 M explican por qué, si nada tuvo que ver con su creación (hipótesis que no está ni probada ni excluida), sí le dio su generosa ayuda permitiéndoles sus acampadas en la Puerta del Sol y en otros lugares, contra las más elementales normas de orden público y seguridad ciudadana, incluida las resoluciones de la Junta Electoral Central. Ahora aspira a que le paguen esa ayuda con sus votos y si, como auguran las encuestas, gana el Partido Popular el plan es que se conviertan en la fuerza de choque callejera que entorpezca cuanto sea posible la tarea de un Gobierno que tratará de hacer lo que el PSOE ha demostrado que es incapaz de llevar a cabo: La recuperación, esto es la salida de la crisis y la creación de empleo, que es la prioritaria urgencia nacional.

Esta estrategia de Rubalcaba, que supone una apuesta por el radicalismo de izquierda, tiene muchos riesgos que, hasta ahora, no parece haber tenido en cuenta el astuto maquiavelo de Solares. Es un axioma sociológico-electoral que en los países occidentales las elecciones se ganan en el centro y que los radicalismos no son rentables, hasta el punto de que si un partido trata de hacer “ingeniería social” y deslizarse por la cuesta abajo del radicalismo, lo oculta en la campaña y sus planes no figuran en el programa electoral. El caso de Zapatero es bien significativo al respecto. Por otra parte, Rubalcaba parece preso de la añeja idea de que una mayor participación electoral favorecerá siempre al PSOE, así como una mayor abstención favorecerá al PP. Pero después de las elecciones del 22 de mayo ya no es posible mantener esa tesis: Una alta participación ha favorecido al PP y le permitido una ventaja de 10 puntos sobre el PSOE, algo insólito en unas elecciones municipales. ¿Es Rubalcaba más listo que los demás o, sencillamente, anda tan perdido que no sabe a qué carta quedarse?

De otras maniobras en marcha, como esa pretensión de Durán de convertirse en “presidente por un día”, tras una moción de censura a la que dócilmente accedería el PP, transido de amor por el catalán que, a su vez se comprometería a convocar elecciones y después ya veríamos, es mejor no hablar. Otra bufonada más, una nueva confirmación de que vivimos en plena ópera bufa. Bufa y también triste por todo lo que está en juego. La conclusión parece bastante evidente: Camps parece ser que tiene tres trajes, pero toda esta gente del poder y aledaños está desnuda, como el emperador del cuento medieval. Pero los ciudadanos ya se han dado cuenta, mayoritariamente, de esa desnudez y las magias de la alquimia de Rubalcaba “el químico” no es fácil que consigan transformar el plomo de sus falsas fórmulas en el ansiado oro del poder. Aunque conviene no olvidarse de la sabia advertencia de Gracián: “Son muchos más los necios que los entendidos, páganse aquéllos de la apariencia y, aunque atienden éstos a la sustancia, prevalece el engaño y estímanse las cosas por de fuera”. Aunque las apariencias de Rubalcaba no sean, desde luego, para suscitar entusiasmos indescriptibles ni entre los más necios.
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