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PERSPECTIVAS

La muchedumbre solitaria

jueves 28 de julio de 2011, 08:34h
Soy asiduo desde hace muchos años de la NewYork Review of Books (lo mismo, por cierto, que de su excelente émula española, Revista de Libros), y debo confesar que, aparte de los brillantes artículos que la pueblan, me atrae, número tras número, la sección de anuncios. No me refiero, claro está, a los más explícitamente publicitarios, sino a los sorprendentemente elaborados y narcisistas, que dan que pensar sobre la identidad de sus redactores y aun sobre la verosimilitud de lo proclamado en ellos. Se trata, por lo general, de solicitudes de compañía amorosa por parte de personas desahogadas y de cierta edad que venden sus cualidades a lo largo de autorretratos hilarantes y a todas luces sobrecargados. Un botón de muestra:

“Fotógrafa apasionada, atlética, realmente atractiva, elegante, sonriente, vital, de corazón generoso y talento irreverente. Gran viajera y amiga, innovadora, caritativa y abierta. Aventurera, divertida, nunca pagada de sí misma. Curiosa, modesta, cinéfila, bailona, escaladora (en Nueva Zelanda y el País Vasco). Actividades favoritas: los partidos de baloncesto, los suéters de cachemir, los buenos restaurantes con amigos, los safaris africanos, las acampadas en Alaska, fotografiar animales salvajes, viajar y viajar por Europa”.

O, también, este otro:

“Delgada, graciosa, del todo resultona. Gran cocinera y conversadora (pero no las dos cosas a la vez, no sea que acabemos tomando mojitos con el ’coq au vin’). Espontánea reflexiva, bondadosa, amante de la naturaleza, sensata y dadivosa”.

En fin, una suma imparable de mirlos blancos que, de creerles al pie de la letra, resulta difícil aceptar que sientan soledad alguna. Pero si los anuncios se prodigan en un medio tan sofisticado y minoritario (distinto sería leer anuncios de ese tipo en periódicos sensacionalistas y/o de gran tirada), algo de relevancia han de poseer, más allá de lo anecdótico.

Siguiendo por esta línea de razonamiento, le viene a uno a la memoria la larga tradición de moralismo social en los Estados Unidos, de Riesman a Sennett, pasando por Bellah, Lasch y Putnam, que pivota, por lo general, en torno al aparente oxímoron de la “muchedumbre solitaria”, esto es, el contraste entre el gentío de la megalópolis y el radical aislamiento de sus habitantes (a lo que, en la era digital, añadiríamos el contraste entre la falsa sensación de comunidad de las redes sociales y el egocentrismo de sus usuarios).

La cuestión tiene mucho de tópico pero se erige igualmente en rasgo tendencial de todas aquellas sociedades que alcanzan un determinado grado de desarrollo. Reflexiónese, por ejemplo, sobre el reciente movimiento de “indignados” en España. ¿No buscaban sus participantes romper con la soledad de lo virtual y redescubrir, en la principales plazas del país, el contacto corporal y la dimensión tangible de la solidaridad? En mi opinión, y antes que cualquier otra cosa, sí.

Adonde quiero ir a parar es a la idea de que el modelo de convivencia por el que ya se clama en latitudes bien distintas del globo es, justamente, aquel que sea capaz de romper el oxímoron del que antes hablaba —y que, en el terreno de lo ’micro’, obsesiona a los chocantes personajes que recurren a los anuncios de la New York Review of Books. ¿Quiénes lograrán llevarlo a cabo? Hay quien desconfía de Occidente y sus excolonias de América, Africa y Oriente Medio en este sentido y mira hacia el Extremo Oriente, estimando que el actual cóctel de capitalismo salvaje y dictadura férrea, propio del gigante chino, dará paso tarde o temprano a una sociedad democrática en la que los lazos comunitarios serán muy fuertes. Es pronto aún para saberlo. Sin embargo lo cierto es que nuestro planeta no vive sólo una pavorosa crisis financiera. Sufre, a la vez, de una notoria crisis de civilización. Y, como en tantas otras etapas de incertidumbre histórica, la opacidad del entorno nos impide conocer el final.
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