Extraña reconciliación
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 08 de agosto de 2011, 20:53h
El autor de uno de los libros de temática más sugestiva y notoria realización en la oceánica bibliografía sobre el conflicto fratricida de 1936 –Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939). Barcelona, 1994– echó su cuarto a espadas en la batalla de todas las batallas del reciente debate historiográfico -la polémica en torno al Diccionario de biografías españolas de la Real Academia de la Historia- con tonos jupiterinos sobre los defensores y apologetas del franquismo. El escritor al que se debe la obra memoriográfica más extensa de la literatura hispana –honor opacado por la grisaciedad de casi toda ella, sobre todo, la de los últimos volúmenes (18, a la fecha)- continuaba así firme en la ruta que se trazaza en el libro acerca de la contienda acabado de citar y en otro en parte complementario, bien que como antecedente: Los nietos del Cid. La nueva Edad de Oro de la literatura española (1898-1914). Barcelona, 1997. En ambos, el reputado crítico colocaba en las profundidades de su particular infierno axiológico y aretológico al autor de La crisis del humanismo. Por una extraña intermediación divina ya que, según confesión propia, no había leído sus libros, consideraba a Maeztu como deshecho de tienta y cerrado, así en el plano intelectual como asimismo en el moral. Con una carga bastante respetable de defectos y rasgos caracterológicamente repudiables, su ética y actitud frente a la vida no le iban muy a la zaga: “hombre ambicioso con deseos de intervenir en las cancillerías, en los consejos de ministros, en las repúblicas”, al tiempo que su paso por la república de las letras no pudo ser más devastador por la tosquedad y rudeza de su espíritu, asimilables a los de un “hortera del comercio”. Su radiante destino literario en la España franquista debíase al fácil expediente de los guías culturales de la dictadura de contraponer su asesinato en Paracuellos al de García Lorca, fusilado por los sublevados.
Las opiniones son, naturalmente, libres; pero cuando salen de los labios o la pluma de personas investidas de autoridad y de reputación ganada en el ejercicio de la inteligencia han de ajustarse lo más posible a la realidad, mediante el contraste de testimonios o la acumulación de pruebas. Los muchos seguidores e incluso admiradores de uno de los principales iconos del pensamiento conservador español contemporáneo –y, entre ellos, los hay de incontestable valor intelectual en la época más reciente, a la manera, v. gr., de A. Millán Puelles, G. Fernández de la Mora, M. Fraga Iribarne, A. Herrera Oria o J. Mª García Escudero- se sitúan en los antípodas del escritor susomentado. Su juicio en modo alguno puede ignorarse y despreciarse cuando se intenta retratar a un personaje mayor de la trayectoria cultural de la España contemporánea, que murió, además, asesinado por dar fe de sus convicciones. Sin que ello suponga tutela alguna del propio, resulta evidente que consenso tan compacto obliga, cuando menos, a huir de eutrapelias exageradas y contener la vis polémica y la vena del sarcasmo. Y más, desde luego, si la semblanza se pinta, plausiblemente, por un defensor a todo trance de la “recuperación” de nuestro pasado más reciente englobado en las fechas de la Segunda República. Lo cual sólo cabe hacerlo desde la reivindicación más absoluta de la verdad histórica y el ahincado deseo de servir con ella tanto a la comprensión de ese ayer como a un mínimo de concordia entre sus herederos. Otro planteamiento equivaldría a solicitar el concurso de los pirómanos para apagar los incendios que con nefasta recurrencia produce la consideración sesgada de la andadura de la España de los dos últimos siglos.