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El cocktail londinense

Francisco Jose Llera Ramo
martes 09 de agosto de 2011, 22:02h
El área metropolitana de Londres, con sus casi 15 millones de habitantes y su densidad de 9.400 hbs/km2 es la mayor aglomeración humana de la UE y está entre las 20 mayores del mundo. Pero, no solo eso, en ella viven más de 2 millones venidos de fuera y han crecido un 40 % en la última década. Su complejidad multicultural es también máxima, si tenemos en cuenta que se hablan 300 lenguas y están asentadas 50 comunidades de más de 10.000 miembros. Su composición racial, por áreas geográficas, la forman un 71 % de blancos, un 12 % de indios y el sur asiático, un 11 % de negros africanos y caribeños, un 3 % de mestizos, un 1 % de chinos y otro 1 % de ciudadanos venidos de los países de extremo oriente. El cocktail lo completa la diversidad religiosa: un 58 % de cristianos, un 16 % de agnósticos, un 7 % de musulmanes, un 4 % de hindúes y un 2 % de judíos, entre otros. Obviamente, en algunos barrios, como Tottenham, Brixton, Enfield, Walthamstow, Waltham Forest o Islington el aderezo es el hacinamiento, la degradación urbana, la falta de equipamientos y servicios sociales adecuados, el paro, sobre todo, juvenil, la exclusión social, la delincuencia, las bandas juveniles, la violencia, las tensiones raciales y toda clase de comportamientos antisociales.

Pero, este mismo Londres, con sus 343 de PIB por habitante en términos de paridad de poder de compra (siendo 100 la media de la UE-27), es el área más rica y, muy probablemente, en la que mayores desigualdades sociales se concentren, de toda la UE. Es de suponer que, si tanta gente se ha tomado la molestia de moverse para asentarse allí es porque era un lugar de mayores oportunidades sociales y de vida. El problema es que la sostenibilidad social de un mastodonte como éste, cuando las cosas no vienen bien dadas, se torna harto complicada hasta convertirse, simplemente, en un asunto de orden público muy difícil de manejar, como ya han demostrado otros estallidos violentos producidos aquí o en otras ciudades del Reino Unido en los últimos 30 años, antes de que el sábado pasado se armase la marimorena, tras la muerte del joven de color Mark Duggan por un disparo policial. Por lo tanto, hay una cierta cronificación de los desequilibrios sociales y raciales, que las sucesivas oleadas demográficas y las crisis sociales cíclicas, como la actual, no hacen más que agravar, máxime si la respuesta institucional no llega a tiempo o no es la adecuada. Por lo tanto, este coktail social y racial está muy lejos del idílico y deseado melting pot.

Nuestras sociedades desarrolladas están muy preocupadas por su sostenibilidad medioambiental, pero deberían estarlo mucho más por la sostenibilidad demográfica, urbana y social, tanto en términos de reducción de las desigualdades sociales y de mejora de las oportunidades vitales, como de la habitabilidad urbana o de la integración y la convivencia multicultural, allí donde ésta es un problema, como lo es en el caso que nos ocupa. Pero, la actual crisis económica global, al azote de desempleo y precariedad

sobre los más vulnerables, añade el de los recortes de los servicios y la protección social en las áreas más deprimidas y menos equipadas, por las nuevas políticas aplicadas para paliar la crisis fiscal y de deuda de nuestros Estados. Por si necesitaban más argumentos, el descontento instalado en amplios sectores de nuestras clases medias metropolitanas les sirven de cobertura discursiva y mediática globales.

Nuestras democracias de partidos tienen que hacer frente, sin duda, al problema de resultados que les plantea la crisis económica, pero no pueden seguir descuidando por más tiempo el malestar y la fatiga democráticos que su funcionamiento institucional y partidista están generalizando, sobre todo, entre las nuevas generaciones urbanas. Limitarse o verse obligados a sacar la policía a la calle cuando el asunto se convierte en un problema de orden público no es el camino y no hace más que acrecentar su descrédito. La mecha puede encenderse en cualquier otro sitio, porque los cocktailes explosivos se multiplican, aunque sean distintos y la red de redes los conecta y los potencia.
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