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Consenso y Educación

miércoles 10 de agosto de 2011, 07:38h
Durante su estancia en Sanjenjo (Pontevedra), el candidato del PP a la presidencia del Gobierno, Mariano Rajoy, ha comenzado a desgranar sus propuestas para la perentoria reforma del actual sistema educativo. Las directrices generales están bien encaminadas, orientándose hacia la libertad de elección en materia educativa, la implantación de una nueva Formación Profesional que compatibilice el trabajo en las empresas con el estudio, según el modelo alemán, y alcanzar, en su conjunto, un mayor grado de exigencia en la formación de nuestros jóvenes. Se trata de iniciativas acertadas que requieren, sin embargo, un mayor grado de concreción en las disposiciones específicas para corregir el inasumible fracaso escolar, integrar a los alumnos inmigrantes, así como para sacar la enseñanza preuniversitaria española de los últimos lugares del ranking mundial -tal como reflejan los sucesivos Informes PISA- y elevar nuestros centros universitarios y de investigación por encima del puesto gris que ahora ocupan en la escena internacional.

Los problemas que atraviesa la educación en España no son achacables a los profesionales que trabajan en ella ni su solución depende sólo –ni siquiera principalmente- de costosas inversiones. Nos encontramos, más bien, con un sistema mal pensado que no funciona y que ha demostrado sus gravísimas deficiencias en innumerables ocasiones, lastrado por una colonia de políticos y sindicalistas que estancan aún más las reformas. Por ello, una condición prioritaria e imprescindible para que éstas tengan éxito consiste en alejar la cuestión educativa de disputas partidistas e interferencias sindicales. Todas las indispensables reformas que requiere la educación exigen un firme consenso, primero entre los grandes partidos y después en el conjunto de la sociedad, de modo que el nuevo modelo sea estable y perdure en el tiempo. Los profesores deben gozar de la autoridad que su trabajo requiere y disponer de la colaboración de las familias, que han de ver en los docentes no enemigos con los que polemizar sino aliados con los que cooperar en la formación de sus hijos. Lograrlo presupone llevar a cabo un cambio de mentalidad general, restaurando valores últimamente muy erosionados: sobre todo, el de la responsabilidad y el del esfuerzo personal.

Habrá quien vea con escepticismo la posibilidad de un consenso entre los principales partidos en este ámbito. Sin embargo, el campo para el acuerdo es realmente muy amplio. Sería suficiente con que en las filas socialistas se rescatase su propia tradición educativa republicana, vinculada a la Institución Libre de Enseñanza, donde la pedagogía estaba íntimamente relacionada con la movilidad social y con un prototipo de enseñanza extraordinariamente exigente, fundamentada en el sentido de responsabilidad individual como base del esfuerzo y la excelencia. Un debate clerical trasnochado o la materia de una asignatura, no pueden ser obstáculos insuperables para un consenso que se fundamente en la calidad y la excelencia. Hay muchas cosas en juego: desde la cohesión social, hasta el perfil humano de nuestro país o el impulso de nuestra economía productiva dependen en gran medida de ese acuerdo.
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