www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La Coca Cola, los indignados y la chispa de la vida

miércoles 10 de agosto de 2011, 20:42h
La Coca Cola se inventó en 1885 y comenzó a comercializarse en 1886. A España, uno de los países en los que primero se comercializó, le cabe el honor de tener el primer eslogan registrado: “Disfrute Coca Cola”. En los EE.UU. el primero que se registró fue en el año 1904, “Delicious and refreshing”. Para que luego nos hablen de derechos de autor y sociedades de registro. Si es que nosotros somos un país de eslóganes... La publicidad de la refrescante bebida alcanzó su zénit en los años 80 con “La chispa de la vida”. A lo largo de su historia, la Coca Cola ha sido luz, alegría, diversión, chispa, sol, realidad, pura luz, vida, ola. Se diría que estamos hablando de un ser sobrenatural casi. Un pasaporte para la felicidad.

El otro día, tras el renacimiento de Sol y el campamento de verano de los indignados, decidí pasarme por allí. Iba con mi pequeña indignación a cuestas, que cuido en verano con sumo tiento, regándola al amanecer y al atardecer con dulces gotas de agua, para que ni se seque ni se ahogue. La indignación es en mí lo que el martini bianco era en el dry martini de Buñuel o de Frank “La voz”. Un sombra, una gota, el paso de un rayo de sol a través de la botella dorada y que luego incide en la copa de ginebra. Un eco, un sombra, un minúsculo grano de pimienta. Pero necesario.

El caso es que me acerqué con ese pequeño grano necesario y abordé a una chica que estaba en una choza/stand/tienda de campaña/infravivienda y que tenía muchos papeles para firmar y adherirse a diversas causas, todas relacionadas con la indignación. Había papeles contra los bancos, contra el FMI, contra el congreso... Yo, tímidamente, le pregunté si tenía algo contra el funcionariado.

Aquí necesito hacer un pequeño excurso. No es que yo tenga nada contra los funcionarios; pero sí contra el funcionariado, contra el sistema de funcionarios como selección del empleo público. Me parece que un sistema que define toda una vida laboral por un simple examen es anacrónico en una sociedad basada en los méritos y en la educación. Comprendo que haya pruebas de entrada, pero creo que el curriculum, los méritos personales deberían tener mucho más peso. Además, no creo que haya examen de un día, o de tres, que legitime un contrato vitalicio. Sería partidario de contratos de cinco años, pongamos por caso, renovables con ciertas facilidades en función de necesidades y rendimientos. Pero el sistema actual me parece injusto, arcaico, ineficiente y contrario a lo que me parece que debería ser una sociedad sana: una meritocracia.

Aclarados mis principios, continúo. La chica indignada y parcialmente rastafari me miró indignada ya completamente:

--¿Contra los funcionarios? ¿Y qué te han hecho?
--No nada. Me he explicado mal. No es contra los funcionarios, sino contra el sistema de empleo publico, el funcionariado, actual. Me parece que va contra la meritocracia, que es una rémora y una lacra para los jóvenes, sobre todo para los más formados.
--¡Pero qué dices! ¿Contra los funcionarios? ¡Si yo soy funcionaria!
De repente, la realidad tomó otro color. ¿Funcionaria? ¿Y qué hacía allí a las doce de la mañana? ¿Era acaso una extendida pausa para el desayuno? No le tuve que preguntar. Siguió:
--Pero estoy de baja ¡eh! Que no estoy cobrando ni ná.
Me quedé con el ná. Sin duda, tenía razones para estar indignada: no estaba cobrando ná. Me pregunté por la naturaleza de su baja. Parecía un ser humano bastante sano, con una buena carga de vital indignación. No le pregunté detalles, ni falta que hacía. Estaba lanzada:
--¿Contra los funcionarios? ¡Vaya ideas! Contra los que hay que ir es con esos que andan por aquí --y lanzó una mirada hacia sus colegas en la trastienda, rastafaris/pecho al aire/botas ecológicas de montaña que se arracimaban en un corro, acuclillados-- y que beben Coca Cola. Contra lo que hay que ir es contra la Coca Cola.

De nuevo otra dimensión de la vida se abrió ante mí. El sistema de funcionariado daba igual, pero la Coca Cola era censurable. Me di cuenta de varias cosas: evidentemente, aquella joven funcionaria de baja e indignada no sabía lo que era “la chispa de la vida”. No compartíamos experiencias vitales. Ella era funcionaria, yo no; ella estaba de baja y yo no; para ella, las botas de senderismo con calcetines gruesos estaban bien en verano y en la ciudad, a mí me parecían folklore y marca; para ella la bebida definía al bebedor (una interesante metonimia), para mí no. Al revés, me la definía mucho más el hecho de ser funcionaria. Salí de Sol con la sospecha de que quizá me había equivocado y había pasado por un acto folklórico, uno más de los bailes y danzas regionales de pasado innombrable. Pensé en llegar a casa y tomarme una Coca Cola para celebrar la breve visita a ese pasado. Pero no lo hice; la verdad es que yo soy mucho más de té hecho al sol, y tomado frío, con limón.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+

0 comentarios