Los traidores pequeños del Estado
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 12 de agosto de 2011, 20:28h
En Roma había esclavos tan patriotas que traicionaban a sus amos cuando estos traicionaban claramente los intereses de la patria. En estos casos los cónsules ordenaban, por una parte, manumitirlos, por haber delatado a enemigos de la patria, y arrojarlos, por otro lado, desde la Roca Tarpeya, por haber traicionado a sus señores. Es evidente que con este sistema muy pocos esclavos delataban a sus señores cuando estos conspiraban contra el bienestar y la libertad de la patria, prefiriendo ser cómplices que patriotas, como buenos esclavos que eran y no hombres libres, lo mismo que los jueces corruptos que Montesquieu veía que permanecían mudos como estatuas de madera o de piedra ante la injusticia del poder político. Pues bien, en una tesitura parecida deben estar los funcionarios de los niveles bajos e incluso medios de nuestro Ministerio del Interior en eso que se pueden llamar las acciones de cloaca de nuestro Estado respecto a sus Jefes y los órganos superiores de dicho Ministerio. Las cloacas, etimológicamente hablando, eran los culos de las ciudades clásicas. Las cloacas del Ministerio del Interior son la sentina mefítica adonde van a parar los excrementos tras haber hecho digerir el Gobierno a dicho Ministerio una política de indignidad y claudicación ante los enemigos de la patria.
Existen ese tipo de cloacas (algunos funcionarios de los TEDAX que investigaron el 11-M, otros funcionarios policiales soplones en el “Faisán”, etc.) porque aún existe una razón de Estado que se resiste a ser domesticada por la moral, la dignidad y la lealtad a la ciudadanía. Por otro lado, Ministerios como el de Defensa o el del Interior son los ámbitos más propios para que los mandos sirvan de ejemplo de valor, moralidad e integridad a sus subordinados. En ningún otro Ministerio se mimetiza tanto por los subordinados la moral de los mandos como en estos dos Ministerios, en donde a menudo lo colectivo se tiene que imponer a la visión particular o el interés individual. Uno de los más grandes generales europeos de la IIª Guerra Mundial decía a los futuros oficiales en una Academia Militar lo siguiente: “Servid de ejemplo a vuestros hombres, tanto en el terreno militar como en la vida privada. No ahorréis sacrificios y haced comprender a las tropas que sois infatigables y no os amilanáis ante las privaciones. Mostrad siempre un tacto y una educación extraordinarios, y enseñad lo mismo a vuestros hombres.
Evitad la excesiva dureza o una voz demasiado imperiosa, signos ambos de que se tiene alguna cosa que ocultar”. Pues si tuviéramos que definir a nuestro Ministerio del Interior a partir del ejemplo moral y de dignidad dado por sus Altos Jefes nos deberíamos echar a temblar. ¿Bajo qué tipo de amparo policial estaríamos? ¿Bajo el modelo de la GESTAPO? ¿Bajo la STASI? ¿Bajo la KGB? ¿Bajo la SECURITATE? ¿Bajo la DINA? ¿Bajo la Policía Cubana? Ni tan siquiera la Policía Nacional de Chávez ha llegado tan lejos como la nuestra en el asunto del Faisán o del tenebregoso 11-M, con sus coches-fantasma y falsas mochilas aparecidas por encanto repletas de tornillos.
Por otro lado, el pensamiento que ve necesaria la existencia de las cloacas del Estado es un producto intelectual más bélico que pacífico, más militar que civil. Nada extraño en este septenario en el que no ha parado de recordarse la guerra civil, nuestra guerra civil. La inconsciencia mórbida de Zapatero ha hecho resurgir incesablemente las ya momificadas y fosilizadas cenizas de la Guerra Civil, cuando la pira de los crímenes de Franco recibió el fuego de la tea de los asesinos de Calvo Sotelo y de los que incendiaban nuestras iglesias. Si transigimos con las Cloacas del Estado que se extienden por el Ministerio del Interior y el de Justicia acabaremos perdiendo como ciudadanos las garantías mínimas que demanda el más tímido Estado Democrático. El caso Faisán, las oscuridades tenebrosas del 11-M, los malos tratos que recibe nuestra población reclusa según Amnistía Internacional, y algunos famosos casos de cohecho ocurridos en la cúpula del Poder Judicial, son todos ellos síntomas de la misma enfermedad: la falta de control que tiene la sociedad sobre aquellos que se les ha encomendado la defensa de nuestra libertad y de la elección de nuestro destino propio y el colectivo. Y la única medicina que puede curar esta enfermedad de desafuero ya la hemos recetado muchas veces: la introducción del espíritu liberal en la Administración del Estado; esto es, la profesionalización de los cuadros medios del Estado, la competencia técnica de los funcionarios como único criterio de reclutamiento de los mismos. Es decir, más oposiciones libres y menos criterios políticos e ideológicos de selección.
De lo contrario, la corrupción masiva de una parte del poder hará caer al régimen entero.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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