Crisis de expectativas
martes 16 de agosto de 2011, 19:23h
Cuando se crearon las bolsas de valores, su principal objetivo era el de agrupar capital para que las empresas pudiesen desarrollar grandes inversiones y negocios que hubieran sido inviables con los medios de un único capitalista o de un conjunto limitado de ellos agrupados en una sociedad mercantil. De esta forma, las sociedades por acciones podían crecer más rápidamente y afrontar retos hasta entonces impensables. Las bolsas fueron muy importantes para el progreso de las industrias de la segunda revolución industrial, de los transportes y de la banca comercial e industrial. La gran siderurgia o el ferrocarril, por ejemplo, necesitaban un volumen de capital para hacer frente a las inmensas inversiones necesarias para poner en marcha sus negocios que hubieran sido imposibles de realizar sin sociedades cotizadas en bolsa.
Este modelo de capitalismo financiero centrado en la inversión productiva a la espera de unos beneficios empresariales se fue transformando desde finales del siglo XIX y –movido sobre todo por los bancos, que a la vez movían a pequeños y grandes accionistas– se convirtió en un negocio donde lo importante era, cada vez más, no el beneficio esperado sino el precio de la acción para poder venderla. Evidentemente, el precio de la acción estaba en relación con el beneficio esperado.
El Crac del 29 mostró que en la base de toda crisis económica hay una crisis de las expectativas generadas. Muchos inversores pensaron entonces que el crecimiento económico llevaría a un alza constante del precio de las acciones y, por tanto, de su riqueza, aunque la experiencia acumulada del juego de la economía capitalista mostraba que había factores tangibles e intangibles que podían desestabilizar el mercado: una contracción de la demanda, una superproducción que pusiese más bienes en el mercado o mayor competencia y bajase los precios..., y, sobre todo, una crisis de expectativas. Cuando ésta llegó, la bolsa neoyorkina y con ella muchas otras se desplomaron porque los inversores habían olvidado que en todo lo humano juega un papel fundamental la libertad.
El capitalismo financiero, a pesar de las malas experiencias del Crac del 29 y de las otras crisis que desde entonces se han producido, ha seguido una vía en la que la desconexión entre la realidad económica productiva y las expectativas virtuales bursátiles es cada vez mayor. La semana pasada varios países europeos, incluida España, siguiendo la política fijada por las autoridades alemanas hace meses, prohibieron las operaciones a corto plazo sobre acciones del sector financiero para impedir los vaivenes a que estaban siendo sometido el precio de las acciones de la mayoría de bancos europeos, que habían perdido varios miles de millones de euros de su valor en bolsa en sólo unos días.
Los productos financieros que se han creado en estos últimos años, y que han destapado para el gran público la crisis de las subprime, muestran, por un lado, la gran capacidad de invención humana a la hora de hacer dinero y, por otro, cómo las bolsas se van desligando cada vez más de lo que algunos economistas llaman economía real o productiva. La verdad es que algunos de esos productos son más apropiados para la tenue luz nocturna de un casino que para una economía productiva.
Las autoridades políticas nacionales e internacionales deberían poner freno a este tipo de productos capaces de desestabilizar los mercados con el movimiento de cantidades ingentes de dinero, que puede producir tan magníficas ganancias privadas como estupendos desastres en las cuentas públicas y, en definitiva, en la sociedad. Entre otras cuestiones, los estados y las autoridades internacionales deberían luchar eficazmente, de una vez por todas, contra los paraísos fiscales si no queremos que, a casi un siglo de la Revolución Bolchevique, Lenin tengan razón en su crítica al capitalismo financiero.
La crisis que vivimos es, fundamentalmente, una crisis de expectativas. Se pensó que el precio de las viviendas podía subir ilimitadamente y servir como colchón para el mantenimiento de un elevado nivel de consumo. Lo creyeron incluso los bancos que daban hipotecas alegremente –cubriéndose, no obstante, las espaldas con garantías hipotecarias y avales– a quienes tendrían dificultades para pagarlas si su economía empeoraba un poco. Lo creyeron esos mismos bancos y otras entidades financieras que hicieron fondos de inversión con esas hipotecas basura, que a su vez aseguraban y reaseguraban en una espiral de productos financieros cada vez más complejos y desconectados de la realidad, pero que servía para jugar a hacer dinero en una economía bursátil de casino, que al tiempo ofrecía también otras muchas mesas en las que jugar a la baja o al alza. La experiencia de la crisis de expectativa de las teleco pocos años atrás no había servido de nada. E insistimos, mientras somos incapaces de dar respuestas a nuestra crisis moral que permite que miles de personas mueran a diario en el cuerno de África y en otras muchas partes del mundo.
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Profesor de Historia del Pensamiento Político
JAVIER ZAMORA es licenciado en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en Derecho por la Universidad de León, ha completado su formación con estancias de investigación en el Massachusetts Institute of Technology, el Max-Planck Institut für Geschichte y el Colegio de México.
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