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Desorientación europea en la crisis libia

jueves 18 de agosto de 2011, 07:37h
Da la impresión de que el transcurso de los acontecimientos en Libia sorprende continuamente a la opinión pública y a los responsables políticos europeos, quienes parecen dar golpes de ciego con una notable desorientación. Sorprendió la movilización popular de febrero tomando de improviso a servicios diplomáticos que no habían detectado una agitación de tal calibre. La diplomacia europea juzgó entonces que los tumultos en Libia iban a seguir un camino parecido a los experimentados en Túnez o Egipto, dando por hecho que serían por sí mismos suficientes para derrocar la tiranía instalada en Trípoli durante décadas. No se evaluaron las fuerzas realmente en juego y los dirigentes europeos se vieron sorprendidos de nuevo por la criminal represión emprendida por el coronel Gadafi.

Llegado ese punto, la inmovilidad europea se percibió no solo como un error de cálculo sino, también, como una colaboración por omisión con los crímenes del régimen libio, por lo que se consideró que debía pasarse a la acción. De nuevo, la desinformación, la pésima coordinación y la falta de determinación en una política exterior europea salieron a relucir con toda su crudeza. Se quería el derrocamiento de Gadafi ayudando a los insurgentes que comenzaban a organizarse en milicias. Pero la contradicción se hacia patente –otra vez- cuando no se quería hacer una guerra sin exponerse a baja alguna. Contradicciones de tal envergadura son difíciles de conjugar. ¿Cómo conseguir ambas cosas a la vez? Se obtuvo un mandato de Naciones Unidas para crear una zona de exclusión aérea justo en el área del conflicto para que fuese gestionada por fuerzas aéreas de la OTAN, con una participación mayoritariamente europea, en la que se incluyen cazas españoles, evitando de este modo tropas sobre el terreno. La doctrina oficial de la resolución de la ONU justificaba esa zona de exclusión con el propósito de defender a la población civil de la feroz represión ordenada desde Trípoli. Sien embargo, en la práctica, esta actuación se transformó en un apoyo aéreo a las milicias que se enfrentaban por tierra al ejército de Gadafi. Apoyo ,empero, a todas luces insuficiente.

Las sorpresas e improvisaciones no acabaron ahí. En los últimos meses sorprendió la aparente ineficacia de los constantes bombardeos que no conseguían que las tropas opositoras al régimen lograsen derribarlo. Sorprendió la consistencia del ejército libio. Sorprendió que las milicias sublevadas ajusticiasen por colaboracionista a su jefe militar. Cuando la situación se dio por estancada y la diplomacia occidental pensó que solo quedaba una salida negociada, sorprende ahora la ofensiva rebelde en el este, en el frente de Brega, y más aún en la zona oeste donde parecen estar próximos a cercar Trípoli cortando su última vía de aprovisionamiento a través de Túnez.

¿Pero estamos realmente ante el desenlace de los acontecimientos? ¿Los dirigentes políticos europeos pueden asegurar que no habrá otras grandes sorpresas donde se han involucrado militarmente a medias? ¿La diplomacia europea ha valorado con realismo lo que estás sucediendo? ¿De vencer las milicias insurgentes, se tiene idea de qué planes llevarían a cabo después de haber sido ayudadas decisivamente por las fuerzas aéreas occidentales?

Si se sabe, poco ha trascendido, porque los Gobiernos implicados no se han caracterizado por proporcionar una información diáfana de la actividad bélica. Las contradicciones, los sobresaltos, la indecisión europea ante un conflicto desencadenado ante sus puertas deberían servir para tomar conciencia de lo perentorio que es alcanzar un consenso en doctrina y mecanismos de ejecución mejor informados y más eficaces ante otras posibles crisis de mayor envergadura. De no hacerse así, en un futuro la seguridad del conjunto de Europa podría estar en juego.
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