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PERSPECTIVA

El árbol de la ciencia un siglo después

viernes 19 de agosto de 2011, 08:31h
José Lasaga elogia al escritor Pío Baroja y destaca su capacidad para dar vida a hechos, acciones y personajes a través de los años.
Nuestros escolares, quizá por poco tiempo, siguen leyendo esta novela compuesta por Baroja en unos pocos meses, probablemente en la primera mitad de 1911. Son sus recuerdos de juventud, cuando estudiaba en la Facultad de Medicina de San Carlos y asistía a la vida castiza y desangelada de un Madrid que rehuía las galas de gran ciudad europea. Ahí estaban los chulos y las modistillas, los bohemios, los mozos de cuerda, los señoritos, los funcionarios cesantes y los guindillas, en fin, una ciudad en la que todo parecía ocurrir entre la Puerta del Sol, la calle Alcalá y, a lo sumo, el paseo del Prado. Parecía tener Baroja conciencia de que a ese intramundo que cabía en una zarzuela le quedaba muy poco futuro. En efecto, queda poco de aquella España de la Restauración a la vez amable y sórdida, graciosa y siniestra, insensible y crítica. Y me pregunto si los estudiantes que lean El árbol de la ciencia pueden sacar algo en claro para su propia experiencia vital… ahora, cien años después.

Pero Madrid no fue más que un decorado muy vívido en la pluma nerviosa e impresionista del narrador. La historia que cuenta la novela es una tragedia personal, la de su héroe, Andrés Hurtado, un muchacho que no pudo crecer derecho, doblegado por la miseria moral y la ausencia de oportunidades de la sociedad en que tuvo que resolver su vida.

Con un estilo único capaz de acercar la ficción a la vida, Baroja consigue que hechos, acciones y situaciones cobren presencia y le hablen al lector a través de los años… Es un maestro a la hora de encerrar el instante que pasa, atrapar al vuelo las cosas fugaces de la vida —la luz de un paisaje, la oscuridad en que se mueve el instinto (hoy se prefiere el término “emociones”), que sin embargo se impone a la razón, los caminos misteriosos por donde aflora la piedad, la simpatía o la indignación y el resto de los sentimientos morales…

Lo que ha envejecido del libro es cierto lenguaje racista muy apoyado por las entonces respetables ciencias experimentales biomédicas, según las cuales cosas como la raza o el temperamento tenían realidad. Recuérdese que las ideas que acaparaban más atención eran las de médicos como Lombroso o Nordau al que Baroja leía con creciente interés. En la novela estos prejuicios resuenan con fuerza, cuando, por ejemplo, dice que los pueblos semitas son buenos para inventar ficciones y falsedades que luego se configuran en religiones, pero que los pueblos del norte, con su inteligencia preclara, inventan la ciencia y la verdad experimental. En suma la obsesión naturalista y el determinismo racial prendieron en la visión del mundo de Baroja, versión pesimista del darwinismo que se desarrolló con el fin de siglo en torno a la idea del “atavismo” y del miedo a una degeneración que podría llegar tanto por la mezcla de razas como por el envejecimiento de las mismas.

Pero no son las ideas filosóficas que Baroja infunde en sus personajes o las magistrales descripciones de la España fin de siglo que ya hemos elogiado, lo que hay de perdurable y actual en la novela sino su protagonista, Andrés Hurtado. Construido con las vivencias del joven Baroja, estudiante en el Madrid del desastre del 98, al que se alude en la narración, el autor consigue trascender la anécdota y darle alcance universal a las penas del joven Andrés que siente como se le termina la adolescencia en un mundo indiferente e inhóspito y tiene que decidir el camino a seguir, sin ilusión, sin entusiasmo, sin convicciones. Pero no estamos ante una más de las novelas de formación como las que gustaron de escribir los románticos, desde Las afinidades electivasde Goethe a La educación sentimental de Flaubert. Baroja cambia algo esencial: no se trata de una búsqueda espiritual o sentimental sino de una exploración de lo que uno quiere ser en el mundo real pero vacío de ilusiones e ideales: una búsqueda existencial en los tiempos del nihilismo. Hurtado es uno de los primeros héroes existenciales europeos porque encarna en su curso vital el choque entre el anhelo de ser, de existir, no de cualquier manera, y la resistencia de un entorno que no le ofrece ninguna facilidad para su proyecto de vida. La desolación no viene del yo, del alma, sino del mundo. En este sentido, El árbol… es un relato que reinventa el género de la novela de formación al dotar al héroe de una conciencia de autenticidad, centrada en la “verdad de lo que quiere llegar a ser” que se enfrenta con la falsedad del mundo. El rechazo termina por doblegar la voluntad del héroe o abocarlo al fracaso. Esta es la urdimbre de novelas como Tonio Kröger de Thomas Mann, El retrato del artista adolescente de Joyce, Niebla de Unamuno o Las tribulaciones del joven Torless de Robert Musil posteriores todas ellas a El árbol de la ciencia a excepción de la primera, que resulta ser un notable precursor de esta tendencia cuasi universal de la literatura del siglo XX.

Hurtado ama la vida pero aún más la verdad y la libertad, concebida como independencia de criterio y autonomía frente a lo social. Su buena suerte es su inteligencia acerada y su curiosidad. Y su mala suerte es su sensibilidad enfermiza frente al dolor y el haber nacido en un país amodorrado por la desidia de la costumbre, cerrado a cualquier cambio. Lo que queda en el recuerdo del lector, junto a las descripciones esperpénticas de los profesores, de los compañeros, y de los hombres y mujeres del pueblo llano y de sus críticas inmisericordes es su búsqueda incesante en lecturas y empleos, en discusiones con su tío el también médico Iturrioz, hombre sabio y desesperanzado que aconseja a su sobrino que rebaje sus exigencias de pureza y transija con la dura realidad. Y por un momento así parece que va a ser. Por entre las brumas de melancolía y mal humor que las costumbres chabacanas, la ineptitud de los políticos y el estado de la profesión médica le producen, Andrés encuentra el hueco de una esperanza en el amor generoso e incondicional de Lulú y en el empleo de traductor científico que le permite ganarse la vida con gusto y decoro.

La novela no termina en este “happy end”, no entiendo bien porqué. Es verdad que el azar existe y que se complace en golpear a los que menos lo merecen. También que Andrés Hurtado había sido concebido como un personaje trágico. Como los cambios de camisa que experimentan las serpientes, acaso los escritores tienen el privilegio de inventarse un yo de ficción al que suicidar para poder ellos seguir viviendo.
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