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CRÍTICA

Juan Marsé: Caligrafía de los sueños

domingo 21 de agosto de 2011, 01:50h
Juan Marsé: Caligrafía de los sueños. Lumen. Barcelona, 2011. 496 páginas. 22.90 €
Barcelona, años 40. Un barrio en plena posguerra, un adolescente y una historia de amor. Los ingredientes a partir de los que Juan Marsé construye su última novela podrían parecer típicos y tópicos a simple vista. Sin embargo, si el joven protagonista no es uno de los enamorados sino discreto testigo, empezamos a acercarnos a la original trama de Caligrafía de los sueños. Y si en Ringo –quince años, perenne soñador con ínfulas de músico y de escritor– se deposita la responsabilidad de decidir qué rumbo ha de tomar la peculiar relación entre la cuarentona señora Mir y el enigmático señor Alonso, tenemos ya uno de los pilares de la última entrega del escritor catalán Juan Marsé.

Los escritores no se cansan de repetir eso de que “en toda autobiografía hay algo de novela y en toda novela hay algo autobiográfico”, pero en este caso Marsé ha querido enfatizar deliberadamente el elemento personal en su Caligrafía de los sueños. Son bastantes las conexiones que podemos encontrar entre la figura del joven protagonista y el pasado del autor de Si te dicen que caí...: la infancia en la Barcelona de la posguerra, el empleo en un taller de joyería, la vida bohemia y el gusto por el cine, la vocación de novelista. Y un detalle que el mismo Marsé ha calificado de “demasiado íntimo” y que se trata con exquisita delicadeza en la novela: el de la adopción, que forma parte tanto de la existencia de Ringo como de la de Marsé. Si bien algunos de los ambientes y motivos que aparecen en Caligrafía de los sueños estaban presentes ya en obras anteriores como Rabos de lagartija o El embrujo de Shangai, podemos afirmar que esta vertiente tan claramente autobiográfica es nueva en la narrativa de Marsé.

En la última novela del Premio Cervantes 2009, acompañamos a Ringo en su periplo diario por un barrio de la Barcelona de los cuarenta. El joven pasa gran parte de su infancia y adolescencia en el bar de la señora Paquita, desde donde contempla, detrás de un libro, las complejas relaciones que existen en el mundo de los adultos a medida que él mismo se va transformando en uno de ellos. A través de sus ojos nos acercamos a un personaje fundamental en la novela, Victoria Mir. Estrambótica y todavía sensual, la señora Mir espera una carta del hombre con el que cree que hubiera sido feliz, una carta que deberían depositarle en el bar del barrio, pero que parece no llegar nunca. Cada día Ringo asiste a la desesperación que destilan las palabras y los gestos de la señora Mir preguntando por su carta. Y comprende que, en nombre del amor, pueden llegar a cometerse las más insólitas excentricidades, como arrojarse a las vías de un tren cuyo servicio lleva años suspendido. Victoria Mir, tan tierna como ridícula, y cuya existencia resulta una paradoja de su nombre, será uno de los personajes que en mayor medida marquen la adolescencia de Ringo.

También resulta significativa la relación del protagonista con su padre, que evoluciona notablemente a la largo de la obra desde la sincera admiración hasta una cierta censura. Ringo se refiere a él bajo el sobrenombre de El Matarratas, dado que su trabajo consiste en exterminar “plagas de ratas azules”, curiosa especie de roedor que Ringo, con enternecedora inocencia inicial, asegura no haber visto jamás. A través de este personaje, Marsé se acerca a la actividad de los movimientos antifranquistas en Barcelona y a la importancia de enclaves cercanos a la urbe como Canfranc para el aprovisionamiento de los grupos anarquistas de la zona.

A pesar de la fuerte carga ideológica que se vierte de la mano de El Matarratas y su entorno –y que ralentiza su ritmo en exceso en ocasiones–, Caligrafía de los sueños es, por encima de todo, una historia de amor, de perdón y de ilusión, profunda pero carente del sentimentalismo que el autor siempre pretendió evitar. Asistimos al despertar de Ringo y su círculo de amigos al amor, a la sensualidad, al sexo, al no siempre sencillo paso de la niñez a la adolescencia. Uno de los pasajes esenciales de la novela acontece en el marginal Barrio Chino, en el que la miseria y la prostitución ofrecen un refugio a la desesperación, pero también a la esperanza. Se encarga allí a Ringo la tarea de entregar una carta que puede cambiar la vida de más personas de las que él cree en un primer momento, y que le hace comprender el sentido de la responsabilidad y las consecuencias últimas de cada una de sus acciones y decisiones.

La última novela de Marsé es un canto a la ilusión, al esfuerzo, a la necesidad de soñar siempre, aunque sea desde el interior de un ambiente opresor y hostil que poco tiene de onírico. Ringo pasa mucho tiempo soñando despierto: con sus clases de piano, recientemente abandonadas por los rigores de la economía familiar, con convertirse en un músico profesional, a pesar de haber perdido un dedo en un accidente laboral, y con el cine y sus deslumbrantes imágenes, que contrastan con el ambiente gris de algunos barrios periféricos de la Ciudad Condal en la posguerra. El Séptimo Arte permite al joven contemplar el mundo que le rodea como si fuera el protagonista de uno de los filmes que tanto admira. Juan Marsé rinde con esta obra un particular homenaje a un género que ha adaptado con desigual acierto muchas de sus novelas, entre ellas Canciones de amor en Lolita’s club, El amante bilingüe o Si te dicen que caí...

La caligrafía de los sueños de Ringo y de su entorno demuestra estar irremediablemente sujeta al azar. En la novela, pequeños detalles, insignificantes pormenores, podrían haber modificado sustancialmente la existencia y anhelos de algunos habitantes del barrio. La casualidad juega un crucial papel en lo que somos, en lo que no somos y en lo que nos gustaría haber sido. Y quizá sea ese el principal descubrimiento de la aventura de la vida Ringo.

Por Lorena Valera Villalba
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