Amigo lector del Viejo y del Nuevo Mundo ¿ha probado vino mexicano? no se prive usted de esa grata experiencia. Garantiza deleite, agrado, regusto y seducción. Ya que estamos en plena vendimia en el hemisferio norte, el tema resulta más que oportuno, pues el vino siempre prodiga placeres y degustándolo, ello encamina mi engarzada pluma a dedicarle unas líneas.
La cultura vinícola es concomitante al Hombre, palabra escrita con mayúscula. Como el pan, el queso y la cerveza, el vino –por decir, en la misma línea que aquellos– es un ejemplo imperecedero que a base de destreza y talento del género humano, implica grandes dones; dones traducidos en goce que nos recuerda que combina distintos elementos brindados por la madre naturaleza, conformando una formidable muestra palpable de portento creador y obsequioso para el paladar. Y tratándose de vino mexicano, nada más qué pedir.
Si hemos de llamar al pan, pan y al vino, vino, y recordando que se dice “quien vino a este mundo y no probó el vino ¿a qué vino?” ergo, por ende, no podemos sino poner el acento y sopesar aquello que determina en buena medida la bienaventuranza y los retos que enfrenta la industria vinícola mexicana, presente en estas tierras desde el cultivo de la primeras vides en el siglo XVI. Las viñas más antiguas son las situadas en la Baja California, aunque hay quien sostiene que son las de Coahuila.
Y nos preguntamos: siendo el mexicano el cultivo vinícola más antiguo de América ¿por qué no hay denominaciones de origen? Para saber y opinar no hay mejor camino que dirigirse a los conocedores en este ramo específico. Vale saber un dictamen y he consultado al experto sumiller, don René Rentería, quien me lo ha confesado en amena y aleccionadora charla –ya que de vinos sabe la mar– diciéndome que el vino mexicano es de gran calidad y que careciendo de una sostenida y prolongada industria desde antaño, de momento propiamente y a mansalva, per sé, no requiere denominaciones de origen para brillar, sino que las adquirirá cuando su solera esté firmemente acreditada y logré una perseverancia que, al menos, ya va siendo sostenida. Clarísimo.
Mas, deberá tenerlas, pienso, pues ayudará a ordenar poniendo rumbo en la industria vitivinícola mexicana, consolidándola, al ayudar a trazar su futuro en el mercado nacional y extranjero, cuando está pasando por tan buen momento de cosechas, no obstante su escasa antigüedad real como rubro económico. René Rentería me lo ha explicado con una clarificadora argumentación: han de conjuntarse –para obtener tales denominaciones– la tipicidad, la calidad y el transcurso del tiempo, faltando aún una tradición sostenida apenas centenaria digamos, que sea de consideración, acreditada por un consejo regulador, que –apuntaré–, necesitaría una alta autoridad para definir criterios.
Ciertamente, si la calidad empata con el reconocimiento y juega a su favor el tiempo, ergo con su transcurrir podrían obtenerse importantes denominaciones de origen. No menos cierto es que un proceso que se va unificando, robusteciendo la fabricación de caldos y fortaleciendo al mercado, consolidándolo; pasando por su óptima proveeduría de apoyos en unificación de reglas y uniformidad de criterios para incursionar en otros mercados, afianzaría un apoyo decidido. Requiere un plan de acción real y verificable en sus pasos, conectado todo con cadenas productivas y enoturísticas que poco a poco solidifiquen el gusto del público mexicano, creando un verdadero impulso a la industria vitivinícola nacional, que no acaba de asegurarse plenamente en los mercados mundiales. O como dice mi amiga Olivia: “sus partes, sus partes”.
Y es que hay que recalcarlo: en ocasiones apostamos en contra de nuestro propio producto. Dos ejemplos sirvan como tristes muestras ejemplificadoras.
Corría el año 1995 y en plena crisis derivada de la devaluación de 1994, llegaron las Fiestas Patrias acompañadas de la orden ejecutiva de cancelar las celebraciones en las embajadas de México por el mundo, por falta de presupuesto. Un alto directivo de la Asociación Nacional de Vitivinicultores salió al paso, diciendo “¡Hombre! siquiera que se sirva tequila….”. ¡Qué desastre proviniendo de quien hablaba! en vez de impulsar a nuestros vinos.
Peor anécdota es la me que sucedió en 2009, a mi regreso de vacacionar en Los Cabos, Baja California Sur. Estando en el aeropuerto internacional cuya zona de espera para vuelos al extranjero se confunde con la de abordar vuelos nacionales (era mi caso), ingresé a la Duty Free. Con sendas botellas de vino bajacaliforniano en mis manos, que no encontré en mi deambular por las tiendas de Cabo San Lucas, intenté pagarlas, pero la señorita cajera muy amable pidiendo mi pasaporte, dijo que tratándose de un vuelo nacional no podía expenderlas por el tema de la exención de impuestos en tales condiciones.¡¿Cómo?! Era una soberana burrada fiscal, turística y burocrática.
Que el ministerio de Hacienda de México y las respectivas leyes fiscales frenen así la venta nacional, es brutal. Repliqué sobre pagarle lo que fuera menester, si ese era el problema para no despacharlas. Ni así. ¿Cómo, pues, se puede impulsar nuestra incipiente industria vinícola, si nosotros mismos en vez de alentarla, nos metemos la zancadilla trapera? Ergo, no tenemos más remedio que buscar nuevas fuentes de suministro, distribución y promoción. Nuestros vinos lo merecen y la experiencia siempre será estimulante. Sea pues. Homenajeemos al vino mexicano, consumiéndolo y no frenando su venta.
Termino. En torno al arte vitivinícola, a mediados del siglo XVIII Juan de Iriarte nos regaló en un precioso ejemplar a modo de refranero, un fraguado fraseo de viejo cuño que salta por doquier en nuestro hermoso y galano idioma, el español. Nos obsequia como las vides, unos frutos inconmensurables en máximas como las que rezan “pan de ayer, carne de hoy y vino de antaño, traen al hombre sano” o “pan a hartura y vino a mesura”.Va por ustedes ¡salud!