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Jugando a morirse: la droga natural

miércoles 31 de agosto de 2011, 21:27h
Hormigueo, sensación de vértigo, mareo y entumecimiento de las extremidades. Son algunos de los efectos de la conocida como droga natural o de la asfixia, cada vez más extendida entre los adolescentes de todo el mundo y que esta semana ha llevado hasta el hospital a un quinceañero de Vigo. Si hace unos días nos sorprendíamos con la trágica muerte de dos jóvenes en Getafe, después de haber ingerido un jarabe venenoso a base de estramonio mientras participaban en una fiesta de varios días, todos iguales, a base de baile al ritmo de psicotrópicos, ahora toca quedarse de piedra al profundizar en el elevado número de adolescentes que han encontrado en la sofocación pura y dura un nuevo método para pasearse por el precipicio, en esa búsqueda insaciable de experiencias extremas que, a veces, parece ser el único medio para sacarse de encima el tedio de tantos lunes y martes y miércoles…al sol.

La adolescencia ya es un peligro en sí misma, a lo mejor hasta llega un día en que la prohíben igual que tantas cosas. Las dominantes hormonas distorsionan la realidad colocándola siempre en los extremos y si uno tiene la suerte de sobrevivir a la bipolaridad endémica de ese periodo de la vida, ya tiene mucho ganado en el futuro. Quienes ahora escribimos asustados de que alguien conteste sí a la pregunta, llegada normalmente en forma de e-mail que conecta a su vez con una página de Choking Game, o Juego de la Asfixia, de si te quieres estrangular un poquito, todavía nos acordamos de los compañeros de colegio o de barrio que nunca llegaron a salir de aquellos años en los que lo que entonces andaba de moda eran las jeringuillas y el “caballo”. De modo que si nos ponemos a echar la culpa así, sin más, a rimbombantes conceptos como la pérdida de valores o a la inexistente educación de los padres de hoy en día, simplemente estamos confesando que ya hemos llegado a ese adulto momento de la vida en que nos escuchamos decir lo que pensamos que nunca diríamos: ¡Esta juventud! No es malo, simplemente demuestra que tuvimos la suerte, la cabeza o sencillamente la oportunidad de no sucumbir a los cantos de sirena que tanto gustan de tentar al ser humano que acaba de empezar a volar en solitario sin ser consciente de la tremenda fragilidad que llena de peligrosas grietas el sentido más importante de todos, el sentido común.

Y si podemos decir alto que ahora las cosas han cambiado mucho respecto al tiempo de nuestra adolescencia, se debe, sobre todo, a la irrupción y al vertiginoso auge de las formas inmediatas de comunicación social. De repente, ese cuidado que ponían nuestros padres en ver con quien te juntabas en el cole o en la calle ahora da risa, porque el “mundo mundial”, como llamábamos de pequeños al entero universo, está al alcance de un clic, con todo lo bueno y, por supuesto, lo malo. No puedo ni siquiera imaginar el horror de una madre o de un padre que llama a la puerta de la “guarida” de su chaval para avisarle, por enésima vez, de que la cena ya es la tercera vez que se la recalientan y que, cuando por fin abre, encuentra su desmadejado y larguirucho cuerpo sin vida frente a la web cam que sigue retransmitiendo y con un pañuelo, un cinturón o, incluso, una corbata de papá alrededor del cuello. Esta vez, la cosa de estrangularse un poquito para flipar con el subidón que produce volver a inhalar de golpe y a sentir que “has vuelto” después de haber privado al cerebro de sangre a base de presionar las carótidas no ha salido bien. Al chico se le ha ido del todo la mano lo mismo que la vida que acababa de empezar.

El juego de la asfixia o del apagón, antaño asociado a determinadas prácticas sexuales o a las artes marciales, ya hace años que llegó a la red para encontrar a su público más arriesgado, ese que aún no ha madurado lo suficiente como para concretar el valor de lo que se puede llegar a perder y los primeros casos de desenlace fatal se confundieron, como no podía ser de otra forma, con inexplicables suicidios. Difícil comprender y aceptar el suicidio de la persona que quieres, pero ¿resultaba más sencillo imaginar que el cable que tenía alrededor del cuerpo y del que había tirado hasta morir había llegado allí sólo por un juego? A ver quién dura más ahorcándose. Hasta a la policía, que parece haberlo visto todo, al principio le costó aceptar que algunos de los casos que hasta el momento se habían cerrado como suicidios eran, en realidad, estúpidos y mortales accidentes acaecidos mientras los chicos jugaban a morirse.

Podría parecer descabellado pensar que practicar el juego en solitario es menos peligroso, pero lo cierto es que al perder la conciencia las manos obviamente ya no pueden seguir ejerciendo presión en el seno carotideo y las posibilidades de que se vuelva a la vida y, además sin demasiadas bajas permanentes entre las neuronas, son mayores que si aquel en el que se “confía” continúa presionando, aunque sólo sea unas décimas de segundos, después del irremediable desmayo. Creer inocentemente que jugar acompañado de otro puede minimizar el riesgo es mucho creer. Especialmente si tenemos en cuenta que la participación de más personas en el juego no se debe a la racional idea de que alguien te parará los pies si te van las manos, sino a que existen modalidades de esta ruleta rusa que precisan de la activa colaboración de otra persona. Es el caso del “abrazo de oso”, que consiste en inhalar con fuerza para llenar al máximo los pulmones justo antes de que el compañero de juegos presione eficazmente el tórax desde atrás, forzando la exhalación a la vez que se impide que el aire salga de los pulmones.
¿Alguien da más?

Alicia Huerta

Escritora

ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora

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