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Llamarse Himmler

sábado 03 de septiembre de 2011, 11:50h
Debido a que sus rizomas beben de la tierra del más exaltado materialismo, y por más que camuflen éste bajo diversos sucedáneos de “espiritualidad” que les sirvan de coartada, todas las utopías sociales arrojan un saldo ingente de seres humanos conducidos al matadero por una casta de burócratas. Hace ya años que Julián Marías se refirió a la burocracia como una estructura de raíces esencialmente satánicas por su aspiración, nunca negada del todo, a monopolizar el don de la omnipresencia –atributo divino- y, de algún modo, suplantar a Dios.

Los asesinos de masas suelen invariablemente ser –repásense los documentos gráficos, visuales y literarios del juicio contra Eichmann- burócratas de pulidísimo perfil racionalista. Todo eso del sádico descerebrado que “engaña” y lleva a sus millones de seguidores por donde “no desean ir” es un cuento chino que se pone después en circulación para que al menos unos cuantos oficinistas del horror conserven el cuello y no salgan tan mal parados en el ajuste de cuentas. No sé a ustedes, pero a mí me parece muy claro que, en la Alemania nazi, la URSS, la RDA o la Rumanía de Ceausescu, donde la delación y el acoso al disidente eran asignaturas impartidas en las escuelas, más o menos todo el mundo sabía lo que ocurría cuando, repentinamente, la casa del vecino quedaba “libre”.

Lo que es cierto es que esos burócratas, evidentemente, obedecen a alguien, y que llega un momento en que los peldaños se acaban. De ahí que apellidarse, por ejemplo, Himmler, deba ser, alcanzada cierta edad, trago difícil de digerir. En la década de 1950, el periodista alemán Norbert Lebert entrevistó a los hijos de varios de los principales prebostes nazis, sacando a flote sus traumas, vergüenzas, soberbia o sentimientos encontrados, según los casos. Décadas después, su hijo Stephan recuperó aquellas conversaciones y, tras contactar a su vez con los entrevistados, elaboró el libro “Tú llevas mi nombre”. Ahora, Katrin Himmler, nieta de un hermano del jefe supremo de la SS, ha escrito “Los hermanos Himmler. Historia de una familia alemana”, que ha publicado Libros del Silencio.

Si una se apellida Himmler, tiene dos opciones: o casarse con un judío, o entregarse de por vida a la ingesta de cerveza y el lucimiento de quincalla nazi cada aniversario de la muerte de Rudolf Hess. Sí, ya sé que estoy exagerando, pero nos entendemos. Con muy buen sentido, Katrin Himmler optó por lo primero (un hijo de Bormann se hizo cura, que tampoco está mal), además de entregarse a una investigación en los archivos familiares que le permitiera separar el grano de la paja y hacer las paces con el mundo y con sus fantasmas.

Y es que de niña -como, probablemente, también a su padre- le vendieron la burra de que el abuelito no había sido nazi, sino un honrado funcionario del Estado, víctima inocente de injusticias y agravios sólo por haber sido “el hermano de”. De la correspondencia familiar, claro, no se deduce eso. Ni de los archivos de la SS y del partido nazi. Ni de las fotografías. No, no se deduce eso cuando salen a la luz los cargos ocupados por el abuelito; o que fue uno de los últimos en salir del Palacio de Radiodifusión de Berlín, un día después de morir Hitler; o que vivió en una casa expropiada a gente “indeseable”; o que escribía a su hermano Heinrich pidiéndole que retirara la protección que estaba prestando a un militar judío… con las consecuencias previsibles para éste.

Todo libro que contribuya a poner al descubierto las trampas y argucias del totalitarismo es bienvenido (al menos, por mí). Y me parece particularmente importante, ya lo he dicho, insistir en el papel que siempre juega en todo exterminio masivo el previo desarrollo de una maquinaria burocrática: la misma que sirve, sí, para gestionar la recaudación de impuestos o el pago de pensiones. No en vano los campesinos, gente de proverbial buen olfato, han sabido siempre que la elaboración de un censo es cosa de mal agüero. En la China actual, tras la ejecución de un “elemento antisocial”, un funcionario público lleva a su familia la factura por el importe de la bala gastada en el reo. No puedo dejar de percibir, en tamaño celo funcionarial, aromas de aquella insistencia de Himmler en que había que hacer el trabajo sucio con “decencia”.

El de Katrin Himmler es, además, un libro valiente, por cuanto supone de exorcismo personal y de servicio a la verdad, por más incómoda y punzante que –como es comprensible en su caso- resulte la defensa de la misma. Hay veces, aunque cueste creerlo, en que la Historia se escribe, sí, con la verdad en la mano. Y esta es una de ellas.









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