www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Melonadas

Alejandro Muñoz-Alonso
lunes 05 de septiembre de 2011, 21:20h
El debate sobre la reforma del artículo 135 de la Constitución va a ser un hito importante y quizás decisivo en la historia de nuestra democracia. Habría sido deseable no haber tenido que llegar a esta difícil y compleja coyuntura que ha llevado a los dos grandes –y enfrentados- partidos a un pacto inimaginable hace veinte días. Pero parece que quienes todavía se oponen al fondo y a la forma de esta reforma no se han enterado de que España estaba –y, desgraciadamente, sigue estando- al borde del abismo. Un abismo hacia el que se ha venido caminando despreocupada e irresponsablemente durante estos últimos cuatro años. Se ha evitado lo peor en el último momento y eso es ahora lo que importa. Aunque nos quede todavía por delante una abrupta y complicada trayectoria. El doble debate de la semana pasada en el Congreso ha sido, sin duda, uno de los más interesantes de la legislatura; quizás el más interesante de estos tres largos años. Todos los grupos parlamentarios han puesto sus cartas boca arriba y hemos visto a un Gobierno que, al fin, se ve forzado a reaccionar ante la gravedad de la situación y que arrastra, con no pocas dificultades y dejándose muchos pelos en la gatera, a su propio partido. Hemos visto a un PP lógicamente satisfecho porque sus razones se han impuesto con la irrebatible tozudez de los hechos. Y hemos visto también al solitario diputado de UPN anteponiendo responsablemente los intereses generales de España a los particulares de su histórica región.

El espectáculo que nos han ofrecido el resto de los grupos parlamentarios ha sido francamente lamentable. La demagogia -que, por desgracia, se impone tan a menudo en las Cámaras parlamentarias- alcanzó la semana pasada sus más altas y bochornosas cotas. Los pequeños egoísmos particularistas, la insolidaridad más vergonzosa, el utopismo más estúpido e irresponsable, la arrogancia más increíble se exhibieron coram populo sin el menor rubor. Avezados políticos –y otros que no lo son tanto- se dejaron caer por la pendiente de la sinrazón, de la parcialidad y de la más enfermiza de las mezquindades. Los nacionalistas y los pequeños grupos de izquierda nos mostraron su verdadero rostro con la más absoluta inverecundia. Algunos nacionalistas nos querían hacer creer que lo que se debatía era una reforma de toda o casi toda la Constitución. “Se ha abierto el melón”, decía el representante del PNV, con frase que siempre me ha parecido detestable y carente de la mínima dignidad parlamentaria y constitucional. Y, como se ha abierto el melón, vamos a aprovechar para, a río revuelto, obtener algún beneficio sacando de nuevo a relucir esa estupidez del derecho a la autodeterminación y algunas otras aberraciones similares. El objetivo era intentar sacar tajada y, de paso, caer en el más bajo electoralismo. Notable ha sido la posición de CiU ya que si Durán y Lleida dijo en público el día que se conoció el proyecto de reforma que le parecía bien, después se transformó en su más empeñado debelador. ¿Cómo es posible que cuando se trata de poner un techo de gasto a todas las administraciones públicas, se pueda pretender que cada parlamento autonómico decida cuál es el techo para su comunidad autónoma? Y en esa línea se puede hablar de “choque de trenes” en tono netamente amenazador, explotando todas esas bajas pasiones que tan bien sabe explotar el nacionalismo étnico. De pena y de vergüenza ajena.

Aquí no se ha abierto ningún melón. Lo que sí ha sucedido es que en el doble debate de la semana pasada hemos tenido ocasión de escuchar una cascada de melonadas sin parangón. ¡Y en qué tono! Algunos de los portavoces parecían querer imitar a Cicerón con su quousque tandem abuteris patientia nostra, pero se quedaban en vulgares savonarolas condenatorios, a mitad de camino entre lo excesivo y lo ridículo. ¿Y qué decir de la señora Díez -única diputada de su partido- diciéndole a los dos grandes partidos “ustedes quiénes se creen que son”? Cuando se tiene poco más de un modesto –y siempre respetable- 1 por ciento del voto emitido, ¿cómo se puede uno encampanar ante quienes han obtenido, conjuntamente, más del 80 por ciento del voto emitido? Parece que estos parlamentarios –algunos de los cuales escenificaron su rechazo a la reforma con una retirada del hemiciclo, aunque sin llegar al Aventino- han olvidado la gravísima situación en que se encuentra España y sólo se preocupan de sus particularísimos intereses. Da toda la impresión de que, de pronto, se han dado cuenta de que se les podría acabar el anómalo chollo de que han disfrutado, sobre todo en estos últimos años, que les ha permitido condicionar o determinar las decisiones parlamentarias con su magra cuenta de votos, vendida contra sabrosas prestaciones. Hay muchos españolas –muchos más que sus limitados votantes- que se preguntan qué se han creído estas entecas minorías.

No deja de ser notable que los mismos que han clamado incesantemente que era necesario que los dos grandes partidos pactasen, cuando, por fin, se produce el pacto se rasguen las vestiduras parlamentarias. Un pacto, por otra parte, que no prefigura ninguna gran coalición ni nada por el estilo sino que es consecuencia obligada de la situación de emergencia en que nos encontramos. Recuerdo la tercera acepción que el DRAE da a la palabra emergencia: “Situación de peligro o desastre que requiere una acción inmediata”. Es bien triste que ni siquiera en estas graves circunstancias estos partidos minoritarios, asfixiados de demagogia, sean capaces de hacer un esfuerzo en pro de los intereses generales. Nunca se repetirá suficientemente que el segundo gran principio de la democracia es el respeto de las minorías. Pero ese respeto nunca implica la obligación de plegarse a sus puntos de vista. Pero tampoco hay que olvidar el fundamento de la democracia (su primer gran principio), que es siempre un régimen de mayorías. Las opiniones son libres, pero para influir en las decisiones se tienen que transformar en votos. El consenso siempre es deseable pero, lógicamente, hay que construirlo en torno a los mayoritarios. ¿O ponemos la democracia boca abajo y damos más peso a quienes menos apoyo popular consiguen?

Alejandro Muñoz-Alonso

Catedrático de la UCM

ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios