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Memoria del 11-S

sábado 10 de septiembre de 2011, 20:20h
Tal vez esta columna no debería ser escrita. Vacilo mientras busco las palabras que describan la sangre y las heridas, el olor, la mañana, los temblores, la muerte descendida en un instante. No las tengo. Puede que no las haya. Ante el horror, ante la instancia máxima del Mal, los verbos resultan ser balbuceos. Quizás debemos buscar otras formas de expresar este espanto que hoy recuerdo: la música, el cine, la danza... ¿Hay pintor que pinte esos cuerpos que caen al vacío? ¿Qué escultor puede esculpir ese amasijo de hierros y de carne torturada? No sé si debo seguir escribiendo. Recuerdo los paseos por Nueva York, la vista de la Isla de Ellis y tantas cosas... Echo de menos a mis amigos americanos y quisiera abrazarlos por encima del océano y del tiempo.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 ponen sobre nosotros la gravísima responsabilidad del recuerdo y de la reflexión. Por supuesto que la memoria nos conmueve. ¿Qué clase de seres humanos seríamos si nos dejasen impasibles las llamadas de los maridos a las esposas para dedicarles las últimas palabras antes de la muerte? ¿Quién no se estremece con los cuerpos en llamas y las voces en los contestadores? Sin embargo, debemos detenernos en silencio a pensar y sentir.

Hoy es un día de luto y de memoria. Nos han enseñado que debemos dejar que los muertos entierren a sus muertos pero en este caso hay miles de seres humanos que piden justicia y su recuerdo se yergue sobre toda la Historia reciente del mundo. Debemos recordar que nada justifica lo que hoy se recuerda. Ninguna víctima de los atentados de hace diez años merecía la muerte que tuvo. Ninguna víctima del terrorismo merece serlo ni existe causa alguna que legitime a los asesinos que matan, hieren, secuestran y roban mancillando un Nombre que es sagrado para miles de sus víctimas. Los asesinos del 11 de Septiembre sólo merecerían que su nombre se borrase para siempre de la Historia si tal cosa fuera posible.

Llegados a este punto la reflexión se vuelve peligrosa. Todos reconocemos el dolor de las víctimas y nos solidarizamos con ellas. Dejemos de lado el verbo que sugiere cierta comunidad en el dolor de las víctimas, en un sufrimiento intransferible, indescriptible, infinito. Todos compartimos, digo, ese reconocimientos de quienes han sufrido. ¨ Ahora bien ¨, piensan algunos, ¨ los americanos se lo buscaron ¨.

Llegados a este punto yo me enciendo. Esto ya sucedió hace diez años. Algunos bailaron en Gaza celebrando los muertos en Estados Unidos mientras otros decían que los Estados Unidos eran responsables de lo que les pasaba. Nunca falta quien culpa a la víctima de serlo. Aquí los pretextos son diversos: el capitalismo, la economía, el colonialismo, el neocolonialismo, el poder militar... ¿Se acuerdan de aquel titular? ¨El mundo en vilo a la espera de las represalias de Bush ¨ Como si fuese aquel Presidente el verdadero peligro para el mundo y no los terroristas que atacaron su país ni los Estados que los cobijaron ni los seguidores que los jalearon por doquier.

Ya he escrito muchas veces que Occidente tiene luces y sombras así que ahora no entraré a compensar con éstas la realidad luminosa que nuestra civilización representa. Jerusalén, Grecia y Roma alumbraron hace más de dos mil quinientos años un modelo de ser humano en el que seguimos creyendo. He aquí la cuestión. Aún hoy apostamos por la razón, la libertad, la democracia, los límites del poder y la responsabilidad individual. Todavía pensamos que cada vida es preciosa y única. Los creyentes afirmamos, además, que es sagrada. Sí, es verdad que nos traicionamos mil veces cada día y que nuestra civilización dista de ser perfecta; pero –a pesar de todo- seguimos confiando en que la vida es preferible a la muerte y la libertad a la tiranía. Nos siguen pareciendo verdades evidentes que todos hemos sido creados iguales y que estamos dotados de ciertos derechos inalienables entre los cuales están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Ahí andamos buscándola a trancas y barrancas cada día cuando nos levantamos porque confiamos que el día que comienza será mejor que el que terminó. Peguy tenía razón: seguimos manteniendo la esperanza.

He aquí nuestro mayor patrimonio. Creemos que la historia puede cambiarse y que un grupo de ciudadanos unidos pueden derrocar tiranos y crear un mundo nuevo. En esa confianza, durante siglos, los pueblos de occidente, que no es una lugar sino una civilización y un proyecto de ser humano que la sostiene, han navegado, han descubierto, han luchado y han muerto. Sí, la trata de esclavos la hicieron occidentales–junto a otros que no lo eran- pero también lo eran quienes se opusieron con firmeza a ella y al final ganaron la partida. William Wilberforce es la prueba de que siempre hay justos que –de algún modo- nos salvan a todos. Sí, el fascismo, el nazismo y el comunismo surgieron en Europa pero también fueron europeos quienes resistieron y, al final, vencieron. Sí, Occidente tiene muchas cosas de las que avergonzarse, pero son muchas, muchísimas más, las que puede exhibir como logros para la humanidad entera.

Hoy es un día para recordar a todas las víctimas pero la memoria sólo sirve si se proyecta hacia el futuro. Occidente sigue amenazado. La libertad, la democracia, el orden y la razón que nuestra civilización representa siguen suscitando el odio de los terroristas, cuya piedad se mide por el número de muertos que provocan. La sombra de las Torres Gemelas se cierne sobre nosotros como una interrogación por nuestro compromiso, ¨¿dónde está tu hermano? ¨ Los héroes del vuelo 93 de United Airlines, que se revolvieron contra sus secuestradores, demuestran que siempre hay alternativas contra la tiranía y la opresión. Si es cierto que quien salva una vida es como si salvase el mundo entero, aquellos hombres y mujeres nos hicieron nacer a todos de nuevo.

Por eso, debemos escribir y debemos hablar. Hemos de afirmar que nuestro modo de vida- ése que anhelan millones de seres humanos que sufren el azote del terrorismo- es mejor que el que pretenden imponer los asesinos del 11-S y sus seguidores de hoy. El silencio que hoy debemos guardar en nuestros corazones recordando el horror inolvidable debe ser el prólogo de las palabras de libertad y esperanza.

El 11-S nos enseña la miseria de los terroristas pero también la grandeza del ser humano. Ahí están los trabajadores del Pentágono que ayudaron a salvar compañeros, los bomberos de Nueva York, los policías, los oficinistas, la gente corriente que jamás fue tan excepcional como en ese día trágico; esos pasajeros que murieron salvando así las vidas de otros. Todos ellos –y tantos héroes de nombre desconocido de entonces y de ahora- son la prueba de que lo mejor del ser humano no ha muerto.

Por todos ellos elevo hoy una oración estremecida.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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